Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 5:09 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 247 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Proclama de Tallet

Virgilio López Lemus, 11 de septiembre de 2012

No sé bien si «Proclama», de José Zacarías Tallet (1893-1989) es un poema político, o una obra estrictamente cívica y social, en la que la experiencia de una clase, de un grupo emprendedor y decisivo en algunas sociedades, se enfrenta a las nuevas ideologías, especialmente al marxismo y al avanzado capitalismo monopólico, y ve llegar su fin. Por eso Tallet las llama «Gente mezquina y triste» desde la primera línea y les pide «escuchad la voz de uno que habla por vosotras». Una suerte de poeta-profeta ha de lanzarles su discurso. El texto resulta un poema a veces de duras quejas, en otros momentos hallamos lirismo atenuado, y en otros un ideario. Su importancia en el desarrollo de la poesía cubana no es poca, debido al «enfoque» lírico con el cual el poeta estrena un lenguaje de intención política, sin que ello sea el centro mismo de su mensaje, a veces derrotista, al menos para las clases medias, la por entonces llamada pequeña burguesía.

Poesía «clasista» ya habíamos tenido desde Regino Pedroso (Nosotros, 1934) o Manuel Navarro Luna, Nicolás Guillén y algunos otros poetas con los que se podía armar antología incluso en la época en que Tallet escribía su único libro de la República: La semilla estéril, publicado un poco tardíamente en 1951. Pero su obra poética era conocida, reconocida, se había dispersado en la prensa, la conocían poetas de todas las manifestaciones. Ha de suponerse que «Proclama», uno de los poemas centrales del libro, tuviese alguna acogida, conocimiento, lecturas desde la década de 1930. En «Proclama» se autodefine de una manera que no queda lugar a dudas:

Soy un hombre genuino de mi clase y mi medio,
soy el representante auténtico
de una casta que se va, que desaparece sin remedio.

La inestabilidad de las clases medias cubanas de entreguerras, de la época de la crisis norteamericana de 1929, y sobre todo la penetración en Cuba de las ideologías de izquierda nacidas en Europa, dan pie a que el poeta sea más rotundo:

Soy uno de los últimos que dicen,
trágicamente, «yo»,
convencido a la vez que el santo
y seña de mañana tiene que ser «nosotros».

Aunque el poema no esté fechado, es muy posible que sea posterior al "Nosotros" de Pedroso, pero su repercusión principal la iba a tener unos treinta años adelante, cuando triunfa la Revolución de 1959, y trae consigo una ola de colectivismo y la desaparición de todas las capas medias de la población, ya fuese por extinción de sus negocios o por emigración hacia otros países, principalmente hacia los Estados Unidos. El poema adquiere así un aire de «anticipo» histórico, que, además, se expresa mediante un tono ya casi abiertamente conversacional, que luego fue componente esencial de la corriente coloquialista de la poesía cubana.

Sin embargo, el poema adopta un sujeto lírico de primera persona del singular. Representa a una casta individualista, y por eso no puede hablar de ella sino como un «yo» quejoso o testimoniante: «soy de la estirpe de los hombres puentes». Tallet siente el avance del marxismo, al cual de diversos modos se afilia, y encuentra que su propia «casta» entra en contradicción con el desarrollo de las fuerzas productivas de un sistema que el poema anuncia sin mencionarlo: el socialismo, que más bien ha defendido como «imperativo de la historia». Es una casta que desde el yo se autodefine en relación con el tiempo, o que el poeta define desde sí: «…cegado por el resplandor de las hogueras del pasado, / no vislumbro el camino que me conduzca a donde se forja lo nuevo». Desde ese «yo» fuerte/débil, Tallet inaugura en este poema lo que años después sería llamada: «doble moral»: «Y gritando a ratos en voz alta “¡nosotros!”, / repito una y mil veces en voz baja “yo”».

Ese sentido de casta que pasa, de clase social que tiene fijada su fecha de extinción, lo acerca a un poema muy posterior de Dulce María Loynaz: «Ultimos días de una casa», que trata de una residencia para la cual «cualquier tiempo pasado fue mejor». Tallet marca la época en que esta casta de la que habla fue «progresista», o sea, tuvo un papel definido en la historia, pero de pronto comienza a verse «deshabitada», o «pasada de época», como la vieja casa de la Loynaz, dice Tallet:

Quise en mi tiempo romper unos cuantos eslabones,
y me expresé en mi tiempo con palabras distintas,
y fui precursor en mi tiempo de lo que era diferente y contrario de ayer.

Esa reiteración de «mi tiempo» certifica el destiempo de la casta: «Hoy estoy solo, absolutamente solo, / y no soy de mañana ni de ayer». Un hoy pesa sobre este grupo social que el poeta quiere representar, de modo que su queja vislumbra ya la elegía, el dolor de lo perdido, el sin sentido, el sin salida: «pero los de ayer me consideran de mañana / y los de mañana me juzgan un hombre de ayer». La angustia de ese hombre-puente se soluciona en «…la devastadora tormenta / que se produce al choque del ayer con el mañana!» Para no censurar a la casta en una derrota total en situación de suicidio, Tallet busca su identidad, esa que ayer le valió ser poderosa, esa que le mantiene cierta fuerza para sobrevivir:

Mas yo me yergo, altivo y arrogante,
cual pétreo monolito en medio del desierto,
y sé quién soy, y lo que soy, he sido y seré,
y lo que se me debe y lo que hice y lo que todavía puedo hacer.
Y sé que en mi tiempo di golpes de mandarria para quebrar cadenas,
Y si no pude romperlas fue porque no podía ser.
Y si otros vinieron detrás y las rompieron
algo menos duras las encontraron por los golpes con que no las pude romper.

Sin este fragmento, el poema hubiese sido desolador, sombrío. Tallet logra el orgullo, logra que ese ayer tuviese un significado, y el hombre-puente entre el hombre viejo y el hombre nuevo, siente su dignidad, su honor, su parte en la historia, aunque sea una casta destinada a desaparecer.

Nunca se sabe. No puede rotundamente afirmarse en la Historia si Tallet tuvo siempre la razón. Visto desde otras perspectivas ya no filológicas, quizás no fue tan simple ni tan completa esa «desaparición» de clase, y si ella hallaría un nuevo renacimiento, claro, en otras gentes, en otras causas e intereses, en otros tiempos. De cualquier manera, la razón poemática está de su parte y «Proclama» puede proclamar, como texto poético, su alta representatividad dentro del desarrollo multitemático y pluriformal de la poesía cubana. Su aporte es notorio y no por gusto en la década de 1960, Tallet tuvo un renacimiento como poeta, del aparente olvido a la comprensión de su aporte decisivo al desarrollo de la poesía de Cuba.

¿Un gran poema? ¿Un gran poeta? Esa no es la discusión, ese es el camino de la construcción siempre ficticia de cánones, puestos de moda por las enseñanzas de H. Bloom. En «Proclama» y en José Z. Tallet me interesa ver el tiempo vibrante dentro de su página y dentro del hombre peleando por existir (temas esenciales de su poesía: la vida, la muerte). «Proclama» es un poema-documento del mayor interés, del cual no se dirá en mucho tiempo la última palabra, Si un día logra hallarse esa definitiva expresión.

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21
Virgilio López Lemus, 2019-10-03
Virgilio López Lemus, 2019-09-15
Virgilio López Lemus, 2019-09-03