Carta por el libro Sabeatierra
Aunque no he tenido la oportunidad de conocer en persona al filólogo Miguel Sabater Reyes (La Habana, 1960), agradezco su gentileza al enviarme el libro Sabeatierra, publicado en el año 2011 por Ediciones Vivarium, del Arzobispado de La Habana.
En la “Presentación” del libro, que funciona como prólogo, Sabater anuncia que los textos reunidos ya vieron la luz en la revista Palabra Nueva, durante los años que anteceden a la aparición de Sabeatierra, de modo que el público seguidor de sus estampas, ya los han disfrutado. Sin embargo, para la gran mayoría que no suele mantenerse al tanto de dicha publicación periódica, resulta una novedad el encuentro con estas crónicas que el propio autor califica del género costumbrista, con lo cual, mediante la interrogante: “¿los escritores costumbristas brillan por su ausencia o su ausencia se debe a que no se propician espacios para difundirlos?” (p.6) se esboza un complicado asunto.
Si bien coincido con Sabater en el poco empeño que las editoriales dedican a la literatura humorística en general —dentro de la cual se halla el costumbrismo—, debe reconocerse que en fechas recientes se constatan esfuerzos en tal sentido.
La Editorial José Martí, por ejemplo, abrió un espacio importante para este tipo de narrativa a través de su colección A reír, donde ya hemos visto títulos cuyos autores (Jape, Carlos Fundora, y próximamente Berazaín) complacen al público de dicha literatura, largamente postergada.
El Centro Promotor del Humor, por su parte, ofrece posibilidades de debate de cualquier expresión humorística a través evento teórico del Festival Aquelarre. La literatura, como es natural, integra en primerísimo orden la lista de prioridades de dicha fiesta nacional del humor, y se auguran amplias posibilidades para la publicación de los trabajos que el jurado considere más significativos. Ofrezco estas buenas nuevas al autor del libro Sabeatierra, como muestra de que no todo está tan abandonado, aunque, reconozco que le asiste la razón en cuanto a la demora inexplicable de las colecciones humorísticas.
Dicho esto, pasaré a comentar algunos de los cuentos que integran el libro, dejando al público lector la decisión de si se trata de costumbrismo o si en realidad el autor muestra aquel precepto que enunciara Jorge Mañach y al cual me he referido en más de una ocasión al comentar otros libros humorísticos, acerca del enamoramiento hacia el entorno que deben padecer los escritores que se dedican al costumbrismo. Si me preguntaran mi opinión, diría que Miguel Sabater muestra con elocuencia la otra parte de la definición de Mañach: el disgusto, aunque sea ésta también una modalidad válida al enfrentarse a la cotidianidad.
A mi juicio, el cuento “Alaska” sobresale del resto de los veintidós que componen la antología. Precisamente debido al vuelo humorístico y literario que alcanza dicha narración, la descripción de la rutina diaria se hace soportable, lo cual no sucede con otros cuentos (“Esperando al carnicero”, “Verdadera historia del bache, el diente y el barco”, “Hasta Sherlock Gómez se corrompe”, “Las estrategias de la ilusión”), en los cuales es notoria la necesidad de denunciar males sociales por encima de una elaboración artístico-literaria.
En “Alaska”, sin embargo, aunque no se abandona dicho afán, el absurdo (una doctora de nombre Alaska levantaría suspicacia hasta al más ecuánime de los seres), matiza la crudeza del mal trato que se ofrece en el establecimiento médico adonde acude el protagonista, lográndose la hilaridad que exige un buen cuento humorístico.
“Los quince”, otra narración destacable, coloca sobre el tapete una cuestión social irresuelta debido a la incongruencia entre los ingresos salariales y la costumbre ancestral de celebrar dicho cumpleaños, como si se tratara de un compromiso de la realeza.
Tratado con gracia y respeto hacia las familias que mantienen dicho conservadurismo, el tema sale airoso de la prueba de sostenerse mediante la voz de una tercera persona que se abstiene de emitir juicios.
“El jefe” es también un cuento que, aunque en menor medida que “Alaska”, sobrevuela la terrenalidad de los otros, en tanto se concentra en un conflicto puntual (el funcionamiento de un baño colectivo), logrando lejanía de lo que pudiéramos llamar el “anti-teque”, entendiéndose por tal la insistencia en desnudar males sociales, que todos conocemos y sufrimos. El “teque” sería entonces todo lo opuesto: la falsedad de mostrar la bonanza que no existe, la abundancia que no hay, la complacencia hipócrita de una sociedad que es imperfecta, como somos todos.
En ese sentido, señalo que tanto el “teque” como el “anti-teque” resultan insostenibles como factura artística. Puede ser signo de valentía participar del primero (después de todo, a los “tecosos” los repudiamos) y osado atreverse a desarrollar el segundo (hay quienes sostienen que serán condenados en el presente), pero ambos padecen del mal del tedio, y ninguno será perdurable como obra artística. He aquí una diferencia que considero fundamental: no se trata de refutar una idea por considerársele falsa, errónea; sino de distinguir entre la realidad y el arte; entre una frase verosímil y otra culturalmente valiosa.
Tal vez me sea difícil expresar esta dualidad que se refiere a la distancia que existe entre la verdad y el arte. No basta con decir, por ejemplo: el pan está duro o el transporte es insufrible, para que se construya una obra de arte con estas frases. Los maestros del costumbrismo cubano del siglo XX —Eladio Secades, Enrique Núñez Rodríguez y Héctor Zumbado— bien lo sabían. Sus escritos, insuperables hasta hoy, poseen el don de la buena literatura aplicada a la realidad más inmediata, del humor en función del repudio combinado con amor hacia el entorno social en que vivieron.
Como es sabido, cada autor(a) marca su propio territorio literario, establece estilos distintivos, desarrolla un sello particular y único, de manera que se hace respetable cada propuesta, y todas resultan válidas.
Es obvio que Miguel Sabater ha creado su público; de donde se infiere que ha alcanzado una suficiente popularidad que estimule sus escritos. Celebramos la aparición de Sabeatierra, con particular énfasis en los cuentos analizados en este comentario.
Laidi Fernández de Juan, septiembre, 2012.