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Carta a Miguel Sabater

Laidi Fernández de Juan, 09 de noviembre de 2012

Alberto Yarini Estimado colega:

Aunque hace poco comenté su libro de cuentos Sabeatierra, y debería dejarlo descansar de mis observaciones, no me resisto a la tentación de escribir algunas palabras acerca de la novela que tan generosamente me obsequió.

Flores para una leyenda
(Colección La rueda dentada, Ediciones Unión y Boloña, 2005) me ha impresionado favorablemente; y aun sin saber las disponibilidades actuales del libro, recomiendo su lectura al público lector, sobre todo a quienes gustan de las recreaciones históricas o historias noveladas, como bien señala en el prólogo Eusebio Leal al catalogar su texto.

El recurso de transcribir (y, como es obvio, modificar) las memorias que le dictara un antiguo amigo, cumple el objetivo fundamental de la novela: ofrecer la visión personalísima de una Cuba que fue nuestra hace muchos años, mediatizada  por la experiencia, en este caso, de un obrero que tuvo el privilegio de haber conocido figuras transcendentales de nuestra historia.

A pesar de que Alberto Yarini —personaje devenido leyenda y aun misterioso en muchos aspectos—, ocupa gran parte del libro, es más bien el ambiente habanero de principios del siglo pasado lo que acapara la atención del lector(a). 

La descripción urbanística y sociológica del barrio San Isidro permite la ubicación temporo-espacial que se requiere cuando nos transportamos, espiritualmente, a un tiempo y a un entorno que, por mucho que nos hayan contado, no conocemos de primera mano.

El malecón de aquella época, el bar Delirio, el Parque Central y sus alrededores, los vínculos ilícitos con los franceses, la ignominia de los marines yanquis deambulando por nuestras calles, la floreciente prostitución, el carácter lacayo de los gobernantes y otras bajezas humanas, aparecen con la fuerza vívida que logra transmitir su novela.

Volviendo a la figura de Yarini —cuya historia es mucho más fuerte que cualquier otra que se pretenda develar en el libro—, dicho personaje funge como soporte narrativo para mostrar que su vida, si bien incomprensible según su origen social, estuvo sujeta al ambiente de la época, convulsa por sí misma. La dosis de suspense que se recomienda para esta complicada trama, nos mantiene en vilo, de forma que la lectura, además de amena, se realiza casi sin descanso.

Señalaría que el capítulo que funciona a manera de epílogo, "Breve historia de una obsesión", resta intensidad a la dramaturgia que marca al libro en su totalidad, aunque ha de respetarse su necesidad de dejar plasmadas las razones que lo conminaron a dedicarse a escribir la novela.

Tampoco estoy de acuerdo con su criterio de " ... la amistad es un hecho raro en nuestros tiempos, casi milagroso", con el cual cierra la novela, pero, repito, respeto sus motivaciones personales.

Agradecida por la historia que regala Flores para una leyenda, lo saluda cordialmente,

Laidi Fernández de Juan.

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