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Ernesto Cardenal: Amable figura del pasado

 

Marilyn Bobes, 22 de noviembre de 2012

El reciente otorgamiento del Premio Reina Sofía, por la obra de toda su existencia, al escritor nicaragüense Ernesto Cardenal trajo a mi memoria y supongo que a la de toda mi generación,  aquellos días de los sesenta y los setenta en que descubrimos a un autor que influenciaría, de manera determinante, la poética latinoamericana de esos años.

Y es que Cardenal, autor de libros viscerales como Hora Cero, Epigramas, Salmos y la insuperable Oración por Marilyn Monroe, fue uno de los poetas que revolucionó la lírica hispanoamericana con un movimiento que llevó por nombre “exterioriorismo” y que era la asimilación de corrientes hasta entonces ajenas a la literatura española como la nueva poesía estadounidense, el coloquialismo y la antipoesía, rupturas demoledoras  con el postmodernismo de Darío y con las vanguardias europeas.

De pronto, un estilo directo y antiretórico que esquivaba la metáfora y se acercaba con intenciones comunicativas al lenguaje oral, se apoderó de los textos de los autores de la época introduciendo temas como los de la historia y la política, en un género hasta entonces reservado a “lo sublime” o la pirotecnia formal que trajeron a su paso los “ismos”.

Tengo la impresión de que las últimas generaciones de poetas desconocen a Ernesto Cardenal, quizás porque sus expresiones rehúyen los efectos abusivos de aquellos epígonos que no llegaron a la altura de un escritor como Cardenal, cuyo “Canto Cósmico” bien merecería ser revisitado y revalorizado en su impresionante fusión de ciencia, misticismo y complejidades conceptuales, a pesar de sus enunciaciones simples y sus connotaciones políticas y religiosas.

No hay que rechazar la diafanidad del lenguaje. En un artículo del crítico mexicano Juan Villoro que alguien me envió recientemente, éste declaraba que en ocasiones la confusión o el desorden verbal semejan profundidad: “debe ser algo muy inteligente porque no lo entiendo”, dice el desprevenido lector.

Afirmaba Villoro que una de las más asombrosas expresiones de la lectura consiste en entenderlo todo y permanecer sumido en el misterio. Y esa es precisamente, una de las características de la obra poética de Ernesto Cardenal.

Recordemos aquel grandioso final de la Oración por Marilyn Monroe, donde el poeta pide a Dios que haga contestar el teléfono, a quien quiera que haya sido a aquel a quien la desdichada estrella quiso llamar y no llamó.

Un texto como el citado, merece perdurar mucho más allá de todos los experimentos que pueda estar realizando un poeta de los dos mil. Porque, para citar otra vez al critico mexicano, captar el sentido de un libro no agota su significado. Por el contrario, si el mensaje es eficaz, trabaja después de ser leido.

Confieso que me emocionó el otorgamiento de este Premio a Cardenal. Recordé los días en que pude verlo decir sus poemas en La Habana con aquel aire de sacerdote heterodoxo que alternaba su pasión por la poesía con su dedicación a los humildes campesinos de la comuna que creó en Solentiname.

Cuando la reina de España le entregó el galardón, Cardenal dijo: “pero mi poesía no tiene verdadera grandeza, su mérito ha sido extraliterario. El de la dedicación a los otros, a los desclasados, lo que se ha llamado Teología de la Liberación o Teología de las Bases. A ella me he consagrado, principalmente”.

No hay por qué separar estas dos maneras de ser poeta. El nicaragüense lo es por partida doble.

Sacerdote, teólogo, escritor, traductor y político, Ernesto Cardenal no solo es, como algunos pudieran pensar, una figura amable del pasado sino un poeta insoslayable en el decursar de la lírica en lengua española, un innovador que sobrepasa las modas y tiene reservado su relevante sitio en la literatura de nuestro Continente.

Los que no lo hayan hecho, deberían leerlo para así comprobar que la poesía, cuando es auténtica, sobrepasa al tiempo y las modas para quedar en el misterio de su intemporalidad.