Carta para la reina de un reino: Josefina Diego
¿Quién nos hubiera dicho, Fefé querida, que al cabo ibas a alzarte con el prematuro y doloroso trofeo de ser la exclusiva sobreviviente, la única dueña de ese mundo encantado al que llamas “El reino del abuelo”?
Claro está que tus primos, los amigos de tus padres, y hasta los hijos e hijas de esos amigos conservamos también en nuestra memoria el aire festivo y único de Villa Berta; pero solo tú tienes el don de recrear aquellos años, de traer al sensorio de un montón de lectores(as) desconocidos(as) los aromas, colores, la música: las visiones palpables de un mundo mágico, que duró quince años según la aritmética pero que, en realidad, posee el don de la eternidad.
En cuarenta y cinco diminutas estampas (que suenan como poemas) transmites el ambiente irrepetible de ese lugar conocido como Arroyo Naranjo, sin ríos ni cítricos (seguramente no los necesitaba con tanto embrujo a su alrededor), y que más tarde Lichi retrató en su novela Esther en alguna parte.
Para disfrutar de la lectura de tu profundo y exquisito libro, no es necesario haber visitado la finca de tu familia (aunque quienes hemos tenido ese privilegio lo hagamos tal vez bajo un prisma más íntimo) porque tu evocación resulta altamente ilustrativa para todo el mundo. A través de las páginas de El reino del abuelo es posible adentrarnos, más que en la historia de una familia específica –la tuya, que sabemos delirante–, en un enorme universo cultural que pertenece sobre todo a Cuba.
En las palabras de presentación, dice Lichi que es un libro escrito por una niña. Sin embargo, yo diría que la mano que trazó los dibujos que adoptan formas de letras, para casi ochenta cuartillas, pertenece a una criatura que está de regreso. Sigue siendo una niña de acuerdo a la ingenuidad, hermosura y mirada desprejuiciada con que narra; pero al mismo tiempo es una criatura que, luego de dar un largo paseo por la vida, decidió regresar para refugiarse en sus memorias felices.
No solo porque están escritas en pasado me resultan antiguas las viñetas de este libro, sino por el hecho de que se requieren heridas viscerales para alcanzar el lirismo y la eficacia revitalizadora que describes en ese reino. En completa felicidad, durante la permanencia física en Villa Berta, no hubiera sido necesario reanimarla, ni serías capaz de hacerlo: no es posible vivir intensamente y al mismo tiempo contarlo.
En otras palabras: es necesario haber vivido y sobrepasado el período de la niñez, para lograr el testimonio de una adulta que evoca con calidad infantil su vida plena de lindas emociones. Será fácil decirlo ahora, pero se vislumbraba desde este primer cuaderno, Una hacedora de historias para niños y niñas, en lo que te convertirías desde que salió publicado por primera vez en México, en aquel gratificante año para toda tu familia: 1993.
La mirada tierna con que sueles vivir (o revivir o inventar, que es más menos la misma cosa) te ha conducido por el camino más lógico, ese que te permite continuar en una burbuja protectora, a pesar de todos los dolores que sé que sufres ante tantas pérdidas familiares: el mundo ideal que Eliseo quiso para sus tres hijos, lo continúas dedicándote a los más pequeños lectores, como si le hablaras a tus hermanos en susurros, todavía desde las ventanas de Villa Berta.
Consagrada a perpetuar la memoria de tu gente más próxima, levitas en una galaxia ajena a las punzadas de la realidad, y te entregas al Gato siberian husky, al Duende de tu jardín, y nos deleitas con tus Rimas y divertimentos.
Pero seamos sinceras: esos libros llegaron después. Primero vino El reino del abuelo, que será siempre tu “Niagarita”, tu primer y brillante paso en una carrera que no te atrevías a iniciar.
Ya con tres ediciones (México, 1993; Colombia, 2007 y España, 2012) resulta incomprensible que no aparezca en nuestro país, siendo nosotros(as) tu público natural. Mucho agradecerían nuestros lectores este testimonio nacido de la más honda franqueza, de tu corazón de niña crecida que se resiste a creer que objetos, sueños y personas se han ido a un sitio al que solo puedes llegar a través de tus palabras.
Créeme, Fefé querida: allá en las nubes, sentados como los monarcas que siempre fueron, están Bella, Eliseo, Cintio, Agustín, Rapi, Lichi, los abuelos y las abuelas acompañados de Tobi y de Maricusa, todos desternillados de risa. Una vez más, te felicito.
Laidi Fernández de Juan, diciembre, 2012.