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«Aprendiendo a morir», de Pablo Armando Fernández

Virgilio López Lemus, 17 de diciembre de 2012

Si en el poema «La cena» de Manuel Díaz Martínez, un muerto o toda la familia muerta concurrían al ritual de la alimentación, en «Aprendiendo a morir», de Pablo Armando Fernández (1929), es el propio sujeto lírico, el yo-poeta, quien deambula por la casa, entre la familia que no lo ve, porque se ha convertido en un fantasma.

¿Otra nueva incursión, excursión, dentro del ambiente doméstico, dentro del ámbito de la familia? Diría que sí, que este poema de Pablo Armando viene a sumarse a la variedad de enfoques de «La familia se retrata» o a tantas otras alusiones familiares en la poesía cubana, sobre todo desde la época de Orígenes (1944-1954), entre cuyos poetas reunibles en un grupo peculiar, a veces casi «inagrupables», el asunto de la familia y de la familia cubana y sus tradiciones, se repite sumariamente. Entre los poetas coloquialistas hay varias escenas familiares, casi para hacer una preciosa antología sobre la familia cubana, una antología o colectánea temática que muestre la frecuencia con que los poetas de Cuba, desde el siglo xix, se han detenido en el seno familiar, a veces a gritos (en las elegías de Luisa Pérez de Zambrana), y otras como ante una institución respetable o no.

El poema de Pablo Armando Fernández tiene otras connotaciones, un poco más espirituales, más dadas a las creencias sobre la sobrevivencia del alma, con grados de espiritualismo que se sumergen en el poema mismo, aunque también puede interpretarse como un sueño, como un ensueño en una noche de insomnio en que el poeta quiere ver la vida cotidiana de la familia, pero todos duermen, nadie se percata de su paso por cada rincón del hogar. Y creo que lo mejor del poema es esa anfibología entre la vida y la muerte, esa línea no bien trazada, que no realiza el margen de los compartimientos estancos, de los espacios (dimensiones) que se entrelazan en el tiempo.  El título mismo inclina más al ejercicio del sueño: «Aprendiendo a morir», aun el «protagonista» no lo está, vive su sueño, deambula, ve en ese sueño, duermevela, el rumor cotidiano del hogar, la hija que juega con una muñeca, el hijo que llega de la escuela y «suelta su cartapacio de escolar». También el poema detiene un poco al tiempo, como en una fotografía, pero como hay movimiento, será una suerte de pequeño filme, con procedimiento, y solo en el procedimiento, semejante al de «La cena» de Díaz Martínez.

«¡Aquí estoy!», repite el sujeto lírico. Se siente extraño por no ser visto. Los niños están en sus quehaceres, la esposa labora en la cocina y él tiene miedo a que se vuelva y no lo vea… La casa es un micromundo, desplazarse en él es vivir más allá que con los objetos, con la familia, con el afecto filial. Sentirse un fantasma es como haber partido, como dejar de participar en aquel ritmo que le es sustancial. Sueño o vigilia, el sujeto lírico (yo) juega con la muerte, se siente fantasmal mientras traspone las habitaciones y ve el ritmo cotidiano con distanciamiento, en otra dimensión invisible para los vivos, pero esa dimensión suya filtra la realidad externa, la capta, y lo deja viviendo entre los suyos, entre el amor y los olores de la cocina.

El poema, escrito en el mejor tono conversacional, desde el principio aclara que se desarrolla, sin embargo, en la realidad-real:

Mientras duermen mi mujer y mis hijos
y la casa descansa del ajetreo familiar,
me levanto y reanimo los espacios tranquilos.
Hago como si ellos –mis hijos, mi mujer—
estuvieran despiertos, activos
en la propia gestión que les ocupa el día.

El texto es, pues, una simulación. El poeta cree que más allá de la vida, podrá contemplar, con ojos de muerto, el mundo de los vivos, y anda «insomne (o sonámbulo)» escudriñando la vida: «pero nadie responde, nadie me ve».  El nocturno que es el poema mismo, desplaza los acontecimientos al sueño, como figura preambular de la muerte. En «El poeta en los días de su padre» crece la elegía, pero en «Aprendiendo a morir» Pablo Armando Fernández es el padre que entra a la figuración de la muerte como en un filme, en el que se mueve insomne y transparente, con cierta lástima por su irrealidad asumida, por su transparencia de fantasma que ya no puede tomar parte de la vida. En cierto modo, hay un tono también descriptivo, porque el poeta da fe del ritmo del hogar, y si bien lo observa desde el extrañamiento, lo que allí ocurre es la realidad cotidiana, el testimonio del día-a-día, la vida palpitando en su sentido familiar.

Pero, ¿ocurre?, ¿no se trata de una fantasmagoría, o un hecho de la imaginación del poeta ante la dimensión de la muerte? Allí es donde está lo espiritual: el poeta ve desde la trascendencia, desde la post vida, hay modo de «mirar» a la existencia en un «después» impreciso, y por eso el poema es una enseñanza o un aprendizaje, un «más allá» que está aquí.

Esas dos realidades se confunden en el peregrinaje dentro del hogar. El fantasma, el durmiente, el sonámbulo grita porque nadie responde, pero siente que todo es pasajero:

¡Estoy aquí!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Hasta que llegue el día y con su luz
termine mi ejercicio de aprender a morir.

Recupera la conciencia de la vida, el nocturno se deshace con la llegada del día, con su proximidad, y el día, la luz solar, representa el final de las sombras, donde se teje la fantasmagoría. La luz es la realidad y ella baña a la vida en movimiento.  El poema queda resonando, como no concluido, como fase previa al despertar, al renacer, a la resurrección. Finamente tejido, «Aprendiendo a morir» pareciera ser también un aprendizaje de la vida. Lo irremediable debe ser normal: la muerte, pero ella es también la soledad, la disolución de la familia. Hay que pasar por ese aprendizaje, antes de que llegue el final completo, como a su modo define Osho: «Esta personalidad morirá; lo que llamamos “vida” morirá también […] dentro de este “yo”, dentro de “vosotros”, hay alguien que no morirá nunca.» ¿Está en esa línea el aprendizaje de Pablo Armando Fernández? ¿Vale la pena responder a esta pregunta?

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