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Millas y millas de oscuridad pintada

Alberto Garrandés, 20 de diciembre de 2012

Hay una verdad contra la que no puedo sino asentir todo el tiempo: el cine podría ser mi destino final y mi abismo de reclusión. En un escritor cuya prehistoria es la de un pintor, y que concibe sus piezas (narrativas o ensayísticas) como artefactos modulables, y que oye música encontrando historias, cuadros y palabras, el cine sigue ahí, como una estancia en la que anhela estar.

Este viaje de Sexo de cine, lleno de visitaciones y goces, no es el de un crítico al uso porque realmente no lo soy ni pretendo serlo. Un crítico de cine hablaría, por ejemplo, de fenómenos propios de la lengua del cine, de la eficacia de un casting, de la edición, de la fotografía. Yo, más modestamente, hablo desde la configuración de relatos que se conectan con un tipo de visualidad capaz de ir más allá de la sala oscura, pero sin desprenderse de ella. Mi ruta subraya descubrimientos progresivos, pormenorizados, dentro de una operación cultural llena de texturas imprevistas, de geografías imaginarias y abrumadoras, y que me parece deleitable al resultar, al cabo, fascinante: la re-invención del sexo y el cuerpo en un espacio de concierto de todas las artes. Un sexo multifacético y que está hecho de cine.

Este es un libro sin principio ni final, puede empezar a leerse por cualquier parte, y tiene un origen que —más allá de mi laborioso vínculo con la observación del sexo, el cuerpo y las articulaciones del deseo— acaso se delinea en estos encuentros que el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano ha propiciado, indetenible, desde hace ya muchos años.

En uno de ellos, en algún día luminoso de 1986, vi una película que me pareció deslumbrante por varios motivos: su absorta calidad cinemática, su proyección literaria desde lo ensayístico, su dominio de las palabras y la luz, su temeridad compositiva: Yo sé que te voy a amar, del brasileño Arnaldo Jabor: un diálogo elástico, feroz, barroco, solemne, impracticable y misterioso sobre el amor, cuando el amor termina o empieza a terminar. O cuando renace luego de un epílogo impreciso. En el desenlace había una extraña secuencia: en una playa azotada por el mar, vemos a los amantes abrazados y envueltos por un pulpo enorme, que los aprisiona con una especie de devoción simbólica.

Yo recordaría más tarde, en retrospectiva, que ahí estaba, de cierta manera, la lectura polimórfica de un shunga japonés, un grabado de Hokusai que se llama El sueño de la mujer del pescador, donde un pulpo captura a una chica y tiene sexo con ella en un paisaje costero. Enseguida comprendí que en el final de la película de Jabor había un nudo cultural muy vivo, una suerte de rizoma de tiempos, espacios, cuerpos y sensibilidades, entre lo literario, lo ritual y el ensueño. Y comprendí, sin habla, que me habría gustado construir y materializar aquello (y otras cosas que pasan por mi mente) porque el cine, por su naturaleza, es una región de destino de ciertas tejedurías culturales que me interesan muchísimo y de ciertos intercambios cruciales —recónditos, irresistibles— dentro del sistema de las artes.

Este libro ha brotado de la coalición implícita, conmigo, de varias personas que confiaron en mi capacidad para darle inicio al proceso —un proceso de tan solo ocho meses— en el que fue escrito, discutido, editado, diagramado, protegido, cuidado e impreso sin contratiempos. Esas personas son: mi esposa, Elsa Obregón, bienhechora integral de mis escrituras, la mujer gracias a la cual puedo escribir; Mercy Ruiz, de Ediciones ICAIC, abridora entusiasmada de puertas y senderos; Rinaldo Acosta, el editor y diagramador, un hombre de una lucidez total, y Pepe Menéndez, responsable de la imagen de la cubierta y de la cubierta en sí misma, dos aciertos rotundos.

Y ahora quisiera terminar parafraseando a Alfred Hitchcock, cuando el American Film Institute lo homenajeó por la totalidad de su obra: Pido permiso para mencionar otra vez, por su nombre, a cuatro personas que me han dado todo su cariño, todo su reconocimiento, todo su ánimo y su inquebrantable y paciente colaboración. La primera de las cuatro es una lectora con excelentes ojos, la segunda es una mujer muy imaginativa que se ha transformado en mi Musa, la tercera es la madre de mi hijo, y la cuarta es una chica que prepara almuerzos y cenas obrando milagros en una cocina doméstica, mientras trabajo, sumergido en mis ideas. El nombre de las cuatro es Elsa Obregón. Si la hermosa señora Obregón no hubiera aceptado hace veinte años un contrato vitalicio, sin opciones, para convertirse en la señora de Alberto Garrandés, es posible que el señor Alberto Garrandés se encontrara, efectivamente, en esta sala esta tarde, pero quizás no estaría él en esta mesa, sino que sería acaso tan solo un escritor sentado en el público, entre ustedes, con poca obra, poco entusiasmo y poca ambición. Quiero compartir con ella este momento, como he compartido mi vida.

Millas y millas de oscuridad pintada, como dice, en Nightwatching, el Rembrandt de Peter Greenaway, el Rembrandt de carne y hueso, cuando unos hombres que han intentado cegarlo lo dejan solo, tirado en el suelo de su habitación, y su esposa se acerca y le dice, con una ternura henchida de firmeza, que abra los ojos y vea el rosado de la aurora que entra por los ventanales. Entonces él dice que había estado soñando con un andar prolongado por las calles de la ciudad, y que había salido a observar la noche para luego pintarla, mientras la oscuridad se poblaba de cuerpos, antorchas, gemidos y voces, la ofrenda secreta de la vida.