Derivas de un seminario (I)
A inicios de octubre de 2012 viajé a la ciudad de Tunja, capital del departamento de Boyacá, con el propósito de impartir un seminario —sobre las metamorfosis de la escritura literaria— en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC), una institución pública llena de cordialidad, grafitis y arboledas. La cordialidad (con la cortesía, la sencillez y el respeto cariñoso) era esperada. Yo nunca había visitado Colombia. Además, los colombianos y las colombianas expresan su amable franqueza del mejor modo: en una insuperable norma oral del español. En cuanto a los grafitis y las arboledas, digamos que entre ellos hay un diálogo singular: la naturaleza por un lado, a casi tres mil metros de altura, entre cerros y macizos de flores relucientes, y por otro lado un conjunto, virtualmente infinito, de textos de diversa índole, escritos en los muros y paredes con brocha o atomizador. Muchos, muchísimos textos, casi todos de inspiración y talante revolucionario. Textos “de izquierda”, por así llamarlos, y de pura rebeldía. La rebeldía se entiende bien en un sitio colmado de jóvenes. La izquierda, allí, creo que germina en un utopismo reluciente, donde la “relectura” es imprescindible. Me refiero al repaso enfático, y no desprovisto de miradas muy personales, de los credos y las obras de hombres dispares y, sin embargo, unificables: Simón Bolívar, Carlos Marx, José Martí, Ernesto Guevara, Camilo Torres.
Ahora viene a mi mente algo que experimenté y conocí como la “semana de la indignación”. Indignación de carácter social, claro está. Palabra libre, enunciados libres, críticas libres, reuniones libres. Una noche de mucho frío, cuando esa “semana de la indignación” estaba a punto de terminar, me acerqué a una fogata donde había música, pequeños discursos y un brebaje (repartido comunitariamente) llamado agua de panela, que es una bebida energizante hecha con eso que los cubanos conocemos como raspadura de caña.
La invitación que se me hizo en términos académicos provenía de la Maestría en Literatura, específicamente de la profesora Juliana Borrero, quien mantuvo conmigo, antes de mi llegada a la UPTC, un diálogo práctico, en términos profesionales, y otro diálogo, el mejor, sobre los misterios y las pulsiones de la creación, la inquietud del lenguaje y la escritura, el proceso de armadura de los textos y los tropismos de la lengua literaria dentro de la ficción y fuera de ella. Con la profesora Juliana, persona clave en la reactivación de mis preguntas en torno a las derivas de la escritura y sus mutaciones, ese diálogo se constituyó, allí en la UPTC y en la ciudad de Tunja en general, en un arropamiento sin pausas. Nada mejor para un escritor lleno de interrogaciones tan perentorias, que hallar un interlocutor de esa naturaleza: entre la pasión del misterio y el deseo de expresar todo eso en forma de inoculación, ante un grupo de alumnos receptivos, algunos de los cuales ya estaban zarandeados por la necesidad de escribir y escribirse.
Mi seminario, uno de los proyectos más extraños que he concebido, y el único con una premeditación estrictamente docente, tenía ciertas características: estaba hecho en especial para esos alumnos, su forma tenía que ver más con el viaje iniciático que con la academia y sus rigores y esquemas, y los ejemplos prácticos provenían de mis mundos creativos y mis referentes culturales. Explicar las cosas así puede dar la impresión inmediata de que fui a Colombia a hablar de mí mismo, pero en rigor fui a hablar (y a interrogarme públicamente, con los riesgos que eso trae) de algunos enigmas (que he hecho míos, claro) de la creación artística, la escritura literaria, la persistencia del lenguaje como liberación y como cárcel, y el asunto de la ficción en tanto correlato de los modelos que realizamos, consciente e inconscientemente, de nuestras lecturas y nuestra observación de lo real.
El carácter inigualable de mi viaje a Tunja, luego de pasar por Bogotá y pernoctar en la residencia-biblioteca (con baño, cocina y patio interior libres de libros, que conste) de mi viejo amigo Álvaro Castillo Granada —quien es, por cierto, el autor de las fotografías que acompañan a este texto—, se explica gracias a varias circunstancias. Juliana Borrero, mi interlocutora y guía, era la persona ideal, en varias dimensiones, para conducir mi vida en la UPTC, como ya he explicado. Y el propio Álvaro, librero y lector, coleccionista de textos autografiados y amante de la literatura, era, por suerte, otro de los invitados a la Universidad. En principio, ambos debíamos intervenir en el amplio programa de conferencias del 1er Congreso Internacional de Lingüística, Literatura y Semiótica. Y, así, nos hospedamos en la Casa Número 1 La Colina, una especie de barrio pequeño para profesores invitados.
La Colina es justo eso: una colina. A casi un kilómetro de la Plaza Central de la UPTC —que los estudiantes bautizaron como Plaza “Camilo Torres”—, llegar a ella exigía de mis pulmones un esfuerzo extra. Porque no es sencillo, para quien vive cotidianamente en una ciudad portuaria, empezar a respirar de pronto a casi 3000 metros por encima del nivel del mar, y más cuando hay un frío severo y uno trata de llegar a una elevación que está justo al pie de unos cerros.
El seminario, titulado “De mundo en mundo: literatura, cuerpo y otros lenguajes”, se configuró de modo natural como una exploración libre cuyo remate fue una especie de declaración, demostración o exhibición performática. De estructura modular y acumulativa —el contenido del primer módulo se adicionaba al del segundo, y, en el tercero, ya los tres módulos se articulaban hasta alcanzar una especie de “masa crítica”, expresada en un acto “fono-corporal”, por así denominarlo—, el seminario tenía tres ejes: 1) literatura y cuerpo, 2) literatura y cine, y 3) la relación de la literatura y lo literario con la instalación en tanto género mixto (mixto gracias a la hipervisibilidad del rizoma que se produce cuando la metáfora corporal es correlato de la metáfora linguoestilística —y viceversa— en una dramaturgia que también usa el sonido —la música— como punto de partida de la ficción, y la piel como soporte de graficación).