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La casa deshabitada de Dulce María Loynaz

Virgilio López Lemus, 15 de enero de 2013

Dulce María Loynaz (1902-1997) trabajó estilísticamente su poema Últimos días de una casa (1958), con un tono para entonces novedoso, aunque se usase en poesía desde siglos antes: el conversacional. El versolibrismo de confesión e intimidad, y a la vez el omnipresente tono elegíaco, se ven reforzados en la estructuración del texto por medio de la selección del léxico. Pero publicó el poema en España y poco se divulgó en la convulsa Cuba, en la que, unos meses después, triunfó la Revolución.  De manera que el texto quedó diluido en la mar de acontecimientos históricos, y solo a finales de la década de 1980, con el re-conocimiento de la obra loynaciana, resurgió con asombro, por cuanto anticipaba.

En «La casona», del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, pudiera hallársele antecedente, pero al contrario de la casona loynaciana, la de Barba Jacob sigue viva, si bien llena de memorias. Sobre todo debe ser el tono que había empleado Eugenio Florit diez años antes, en «Conversación a mi padre», reeditado en 1955 en Asonante final y otros poemas, lo que debió facilitarle el camino a la Loynaz hacia el logro de su poema más largo y quizás más intenso.

Junto con el tono, hay una voluntad de hallar un léxico de la vida cotidiana, una deseo visible de no seleccionar palabras de más o menos elevado matiz lírico, sino de partir de la realidad circunsvivencial, y desde ella evocar el testimonio.

Pero el poema de la Loynaz llegaba como pre-nuncio de un cambio histórico mucho más trascendente que el derrumbamiento de una casa. Si Dulce María Loynaz presintió ese importante cambio nacional, si olfateó en el aire tales acontecimientos con su sensibilidad de poeta-profeta, si el «espíritu de época» habló a través de ella, son asuntos muy subjetivos para hacer una afirmación rotunda, pero lo cierto es que el poema de la dama de Jardín cerraba no solo una etapa creativa de la singular mujer, sino un capítulo de la historia de Cuba, y también de la evolución de su poesía.

No obstante, hay otro poema de Dulce María Loynaz que valdría la pena lograr establecer si es anterior o posterior a la escritura de Últimos días de una casa; se trata de «Cementerio de barcos», sin dudas relacionados por el tema y por el tono formal con que fueron escritos. Si decididamente creemos a la autora sobre el hecho de no haber escrito nada más en versos tras últimos días de una casa, entonces «Cementerio de barcos» es un brillante antecedente personal del poema más largo aquí comentado; ya desde los versos iniciales se advierte el parentesco:

Echaron –no sé quién y no sé cuándo—
el ancla  al mar en esta orilla incierta.

Soy un barco inmóvil,
y por tanto tiempo lo he sido
que he perdido
la memoria de rutas y de puertos,
la memoria de que una vez hendía el horizonte.

Si bien aquí no hay una casa hundiéndose, es un barco quien se despedaza corroído por el tiempo y el abandono; la soledad se expresa también por los tonos conversacional y elegíaco; no se puede saber con precisión cuál poema antecede al otro en la escritura, pero el de tema marino estuvo muchos años guardado hasta que fue rescatado en Pinar del Río con la edición del libro  Finas redes (1993), y, hecho curioso, no fue incluido en los Poemas náufragos (1991), que compilaba la obra dispersa de la autora, señalando siempre ella que eran textos anteriores a 1960.  Sobre la base de tal aseveración, «Cementerio de barcos» podría ser el primer texto conversacional de la Loynaz.

En esa familia lírica de la propia autora, creció Últimos días de una casa.  El triunfo de la Revolución hacía abandonar a los poetas, que se asumían ya como coloquialistas, aquel tono elegíaco que venía acompañando al conversacionalismo.  De pronto el largo poema de la Loynaz quedaba en solitario, publicado en tierras lejanas, desconocido en su contexto, y tendrían que pasar también las décadas para que fuese «descubierto» por los poetas coetáneos. Ese redescubrimiento motivó asombro, e impulsó la revalorización de la obra loynaciana, con la saga de premios y condecoraciones que conocemos, con lo que la mujer concluyó su vida en medio de la fama y el cariño que los años anteriores le habían negado.  En España, el poema tuvo una edición limitada en forma de cuaderno.  Muy poca repercusión, no haber sido realmente conocido por los poetas postgeneracionales, pasar en verdad casi inadvertido, fue el saldo de un poema que no era un sencillo antecedente de una corriente lírica de la lengua española y en particular de la cubana, sino que estaba inmerso ya en las nuevas maneras líricas de las poéticas de las circunstancias, de lo conversacional, del «exteriorismo»...  Debió de tener una repercusión profusa, pero no la tuvo en el momento de salida, sin embargo, Últimos días de una casa ha quedado como la principal joya lírica de su autora y uno de los textos imprescindibles de la evolución del género en la Isla.

A la verdad lírica (casa hablando, suerte de metagoge de una casa personificada que puede hablar) se enfrenta la verdad histórica (los hechos sociales de la Cuba de finales de la década de 1950).  Una casa republicana en demolición, como macrohistoria, tiene a la residencia burguesa del poema como microhistoria, y ese curioso «enfrentamiento», no planeado por la autora, le ofrece al texto una trascendencia mayor.  El hecho circunstancial o circunstanciado tiene como marco el acontecimiento histórico trascendente, lo factual enmarca a la obra nada «quintaesenciada» de la Loynaz, que, tal vez sin proponérselo ella, adquiere un valor de poesía de la circunstancia, de testimonio más que sutil, y el poema se reviste de una plurisemia que le añade valor lírico.  Últimos días de una casa, además, está inmerso en una tradición poética nacional y en el devenir de ella, no es un texto descontextualizado, único, solitario, ni siquiera dentro de la propia obra loynaciana.  Pertenece a una tradición, es parte del desarrollo de ella y, dentro de ella, es un poema fundacional y no ya un mero antecedente del coloquialismo cubano.

Doy por sentado que el lector de mi contextual página analítica ha hecho la necesaria incursión «intratextual», o sea, ha hecho la «buena lectura», la insustituible lectura de últimos días de una casa, poema magistral en el que Dulce María Loynaz canta, cuenta, recuenta y:

Cuenta por cuenta, llegaría
sin darme cuenta a la del año
1910, que fue muy triste,
porque sobraban los juguetes
y nos faltaba la pequeña...
Así mismo: al revés de tantas veces,
en que son los juguetes los que faltan;
aunque en verdad los niños nunca sobren...

El suspiro final de la bella casa abandonada tiene también su autonomía poemática. No hay que buscarle marco referencial, antecedente o consecuencia, para disfrutarlo como un poema altamente logrado, escrito con naturalidad por una mujer poeta que había ya demostrado un dominio magistral de la prosa en Jardín y en Un verano en Tenerife, prosa y poesía entrelazadas, hacen de la Loynaz una maestra del idioma, por lo que un poema como Últimos días de una casa no es de ninguna manera una ruptura de sistema en su obra, alejada de un estilo lírico que se iba acrecentando con los prosístico y conversacional. El poema se lee con gusto y fluidez. Su existencia como obra de arte de la palabra, es una verdad objetiva.

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