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Padura, el controvertido

Marilyn Bobes, 19 de enero de 2013

El otorgamiento del Premio Nacional de Literatura al controvertido escritor cubano Leonardo Padura ha sido quizás, uno de los hechos más comentados durante el recientemente finalizado 2012.

Y es que el autor de El hombre que amaba a los perros, entre otras muchas obras que lo definen, según sus propias palabras, como el autor más trabajador de su generación, disfruta de un éxito editorial que algunos atribuyen  a factores extraliterarios y otros, a una sinceridad raigal que lo ha convertido en el más leído de los autores cubanos de las últimas décadas.

Lo que sí parece innegable es lo que afirmara la lúcida ensayista Grazziela Pogolotti, durante la Semana de Autor que la Casa de las Américas le dedicara en noviembre pasado.

Padura—afirmaba la autora de Examen de Conciencia—desde la perspectiva del desarrollo de la literatura cubana toma distancia de su propia generación que arrancó muy centrada en el regreso a la infancia, en lo que pudiera llamarse educación sentimental.

De igual manera, opina Pogolotti, toma distancia de los que le sucedieron, permeados por la postmodernidad, enfocados en el abandono del metarrelato o por la fragmentación.

También parece cierto lo que en el mismo contexto expresara el joven investigador Carlos Velazco: “ningún otro autor cubano vivo, salvo él, mantiene un diálogo tan vital con sus lectores naturales, ni es tan buscado, seguido, necesitado”.

Opino que la creación del personaje de Mario Conde dio un giro a la novela policial cubana y transformó este género dentro del panorama nacional, para ofrecer al receptor una imagen más humana del investigador o detective, abriendo el espectro hacia una indagación social a la que no estábamos acostumbrados, hasta la aparición del primer volumen de la tetralogía Las cuatro estaciones.

Narrador, ensayista, periodista y guionista cinematográfico, Leonardo Padura nació en La Habana en 1955, y es uno de los más jóvenes escritores, como lo fue Miguel Barnet en su momento, en recibir el máximo galardón de las letras cubanas que otorga el Instituto Cubano del Libro.

Su obra ha sido traducida a un sinnúmero de idiomas y engloba casi todos los temas con los que se identifican los cubanos. Sus ensayos abordan desde el béisbol hasta la música o la presencia china en nuestro país, sin olvidar los que ha dedicado a un escritor que parece interesarle sobre todos los demás: el inmensísimo Alejo Carpentier.

Siempre he pensado que el periodismo de alto vuelo debería considerarse como un género literario y en este sentido, el autor de La novela de mi vida ha desplegado una constante y meritoria labor.

Padura ha confesado que durante la época en que trabajó para el periódico cubano Juventud Rebelde (1983-1989) descubrió que con estructuras, lenguajes y recursos propiamente literarios se podía hacer un periodismo diferente.

Un poco antes de la obtención del Premio Nacional de Literatura, que ha recibido con agrado, había dicho al periodista José Luis Rodríguez Reyes del boletín digital Esquife, que esperaba alcanzar este galardón algún día, aunque no le importaba demasiado.

Todos los premios son cuestionables ─afirmaba─ desde el Nobel hasta el de la Ciudad de Santa Clara. Algunos piensan que el éxito de mercado de Padura es el resultado de concesiones. Quizás, una concepción elitista y, en mi opinión, equivocada de ciertas capillas de “iniciados” solo valora aquella literatura santificada por académicos y “entendidos”.

Coincido ─¿cómo no hacerlo?─ con nuestra Grazziela Pogolotti, cuando decía que el mercado es un fenómeno que no se puede satanizar ni tampoco glorificar críticamente.

Solo el tiempo dirá la última palabra sobre la validez de este autor a quien personalmente admiro, y a quien auguro un lugar importante en la historia de las letras cubanas. Como  también lo hará con todos los que, antes y después de 2012, han recibido o recibirán este reconocimiento que cada año otorga el Instituto Cubano del Libro, con la intención de enaltecer la obra de una vida que, por cierto, puede ser breve pero fructífera o felizmente larga y menos imperecedera.