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Pedro de Oraá: La sabiduría del poeta díscolo

Marilyn Bobes, 29 de enero de 2013

Siempre habrá que agradecer a Ediciones Unión la existencia de esos cuadernillos de poesía que se publican en la colección Vagabundo del alba.

Acostumbrados, como estamos, a que los concursos literarios en nuestro país exijan un determinado número de páginas a los manuscritos presentados, existen escasas posibilidades para los escritores que proyectan sus inquietudes en unos pocos pliegos, sin que por ello, en ocasiones, merme la calidad de una obra que, a pesar de su brevedad, cumple la función estética e ideotemática que su autor nos propone.

De esta manera, obras maestras de la literatura contemporánea, como los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, o Pedro Páramo, de  Juan Rulfo, o las sintéticas joyas del italiano Antonio Tabucci, no tuvieran ninguna oportunidad de ganar un premio de acuerdo a los requerimientos de las convocatorias cubanas y de otras partes del mundo.

Pero Ediciones Unión, mostrando su flexibilidad y su amplia gama de oportunidades para el autor cubano posee una colección para esos textos. Y, ahora mismo, acaba de publicar el exquisito libro de Pedro de Oraá, Dísticos Díscolos, en que la prosa y el verso dinamitan sus, a veces artificiales, fronteras para mostrar que la creación no admite encasillamientos cuando de buena literatura se trata.

Según reza en la nota de su solapa, estos textos “escritos en instantes diversos” se caracterizan por su “eficacia resumista” y aunque pueden encontrarse en los pareados que los componen altas y bajas, poseen la virtud de hacernos reflexionar sobre temas tan heterogéneos como el sexo, la religión, la política y la ética.

Su brevedad… ha de trasmitir eficazmente un concepto cabal. Quizás sea la forma poemática mínima que se conoce, tan reducida como el hai-ku, esa levedad japonesa, y más que su variante, la tanka, de igual procedencia.

Bienaventurados —nos dice al comienzo de sus pensamientos— los que se niegan a sufrir, porque de ellos será el reino de este mundo. Y es esa afirmación la que recorre subliminalmente la totalidad de unos dísticos elaborados desde la racionalidad, con la sabiduría que sobrepasa a la irreverencia, aun cuando Pedro de Oraá no ceda terreno en este cuadernillo a ningún tipo de autocensura.

A veces, los aforismos resultan un poco rebuscados. Pero casi nunca poseen la ininteligibilidad que es impida ser descifrados por un lector promedio, que solo debe poseer la experiencia de los años para identificarse o disentir con el emisor.

Nacido en 1931 y conocido, también, por su notoria labor como pintor, Oraá nos da pruebas de su madurez sin que sea solo el oficio quien le dicte las palabras que tan bien sintetizadas, nos inducen a considerarlo como una de las voces de la generación del cincuenta, poseedora de una trayectoria ascendente, al contrario de algunos de sus contemporáneos.

Como bien nos advierte él mismo: “Tiene la idea fuerza y peso propios. Si se impone por la fuerza es que carece de peso”.

El peso de la palabra de Pedro de Oraá queda demostrado en títulos de tanta excelencia como Cifras. La publicación ahora de estos  Dísticos… hace honor al viejo adagio de que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Menos mal que contamos con una colección como Vagabundo del alba para demostrarlo.