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Carta a Emilio Comas Paret

Laidi Fernández de Juan, 25 de enero de 2013

La necesidad de testificar tus vivencias de una guerra, después de treinta y seis años, explica la estremecedora novela Desconfiemos de los amaneceres apacibles, con la cual obtuviste el Premio UNEAC 2011 (testimonio). Recién acaba de ser publicada por la editorial de dicha institución, y ya tus recuerdos ficcionados circulan entre nosotros, originando, por suerte, diversas reacciones.

En más de una ocasión he escuchado decir que se trata de un libro de lectura corrida, sin posibilidad de abandonarlo una vez iniciada la misma. Por múltiples razones, confieso haberme sucedido lo contrario: la verosimilitud de la narración, lo escalofriante que resultan algunas descripciones, la cercanía de los sucesos (aunque muchos lectores no habían nacido en la época de la guerra de Angola), y también porque me hace revivir  pasajes personales de mi ilusionada juventud. Entonces me permití un descanso entre un capítulo y el siguiente, una tregua entre las sucesivas muertes y la violencia visceral del contexto.

Tu novela, amén de estar cuidadosamente escrita, resulta un documento necesario que los internacionalistas de entonces debíamos al público lector de hoy, a nuestra memoria histórica, al panteón de los miles de muertos y de desaparecidos cubanos cuya sangre fue ofrendada por exigencias circunstanciales.

Narrados con absoluta honestidad, aparecen el carácter despiadado de entrenadores y jefes militares, algunos de los cuales se comportaron como verdaderos mandamases despóticos frente al grupo de jóvenes inexpertos que se incorporaban al sagrado deber que demandaba el momento, y al mismo tiempo destacas la valentía y actuación consecuente de los Comandantes, ya fuera en las peligrosísimas travesías por la selva de Cabinda o en el dramático cerco a Buco Zau. El contraste que se establece entre la mezquindad del teniente Gallo (por ejemplo), y el coraje del Comandante que dirigió la resistencia al cerco, cuando la vida de los escasos combatientes que lograron resistir cambió para siempre, aporta elementos que escapan de la mera literatura para integrar la insospechada dureza de la existencia humana.

Aunque toda la novela está impregnada de una fuerza melódica  poderosísima, es a partir del capítulo dieciséis en que, a modo de una sinfonía macabra, las notas adquieren los tonos más elevados, más agudos, más terriblemente presagiosos. Los cambios radicales de la naturaleza psíquica y corporal, que demandan situaciones realmente límites, son descritos magistralmente, sin excesos ni falsos efectivismos:

…Por el día uno se pone extraño, le pierde el miedo a la muerte porque cree que está muerto ya, que no hay nada que hacer, que el final es inminente…nos hemos convertido en bestias peligrosas, no luchamos conscientemente. Es una pelea contra la Muerte, estamos matando la Muerte…que logra convertirte en hombre-bestia ya para toda la vida. No hay hambre ni sed… Somos muertos que aún corren, disparan y matan. Un soldado enemigo se entrega, levanta las manos. Alguien le suelta un rafagazo en el vientre. Si mi propio hermano viniera con ellos, lo destrozaría con mis manos.

Los personajes construidos en aras de concentrar las anécdotas, (El Niño, Confucio, Chubasco) aportan pinceladas de nuestro legítimo temperamento e intrínseca cubanía, de nuestro humor hasta cierto punto filosóficamente salvador, de aquellos rasgos que nos identifican como cubanos. Lo anterior contribuye a que Desconfiemos de los amaneceres apacibles no sea una novela más de guerra: no sea Trampa 22, ni Adiós a las armas, ni Sin novedad en el frente, por citar tres ejemplos conocidos.

Tu obra es la deuda que teníamos con el pueblo que brindó sus hijos, la conversión literaria de una tragedia familiar que contribuyó a la estabilidad de un mundo que se encontraba al borde de un cataclismo. 

A tantos años de aquellos días tenebrosos, seguimos necesitando la luminosidad de un consuelo, aunque por el momento tengamos que conformarnos con el resumido soplo de ciento sesenta cuartillas que nos entregas como quien se despoja de una gema sagrada que tiene forma de alma, para lo cual se abre un tajo en el pecho y permite que un manantial de sangre acumulada nos salpique a todos.

Laidi Fernández de Juan, enero, 2012.