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Brasil por primera vez, 1992
(Primera parte)

Virgilio López Lemus, 28 de enero de 2013

Me invitaron desde Bento Gonçalves, en Río Grande do Sul, a su Festival Internacional de Poesía, el segundo que celebrarían. En el billete aéreo que los organizadores pagaban, no incluía los impuestos de los aeropuertos por los que debía pasar, lo cual era casi un drama económico insuperable: en Cuba estaba penada la posesión de dólares, y claro está que yo no tenía ni uno. El total era escaso: siete en La Habana y cuatro en Río de Janeiro. Luego de largos trámites que incluyeron al Ministro de Cultura, conseguí los siete necesarios, y al llegar a Río pasé a la computadora para pagar el impuesto a la salida del país. Fueron muy amables en su aduana. Hoy me parece casi ridículo que mi primer viaje a Brasil estuviese en peligro solo por una docena de dólares.

Tras escala en Santo Domingo, cambio de avión en Caracas y llegada a Río de Janeiro. Esperé varias horas para el vuelo que me haría descender en Porto Alegre. Llegué en la mañana y me esperaban mis amigos de varios años de correspondencia: el narrador Sergio Faraco y su esposa Cybele, y el poeta José Eduardo Degrazia y su esposa Virginia. Un joven periodista aguardaba también para hacerme la que sería primera entrevista de muchas en un mes, para el diario Zero Hora. Ni en esta primera ni en las siguientes, logré despolitizar las preguntas. Era natural, las relaciones entre Brasil y Cuba estaban en proceso de restablecimiento, pocos cubanos visitaban ese país y yo era uno de los primeros intelectuales que llegaban directos desde La Habana.

No pasé dos horas con los amigos: un vehículo me esperaba para conducirme hasta Bento Gonçalves, donde dos horas después me encontraría con el organizador de todo: Ademir António Bacca, quien me recibió amabilísimo, y me hospedó en el cómodo Hotel Dall’Onder, donde tuve solo una hora para ducharme y salir para el Encuentro Nacional de Literatura en la pequeña y bella ciudad de Farroupilha. No conocía mi itinerario, de modo que me sorprendí a mí mismo de pronto sentado en una mesa presidencial entre varios prefeitos de ciudades vecinas y de la propia visitada, los cuales, cuando comenzaban sus discursos, se dirigían a mí saludándome con mucha solemnidad. Con 14º C de temperatura en aquel frío abril de 1992, y el agotamiento del largo viaje, no veía la hora de descansar, tras recibir tanto calor humano, tanta gentileza, tanta simpatía de las gentes brasileñas que constantemente quería buscar maneras para conversar.

Estuve varios días en Farroupilha, pero no la conocí más que en los alrededores del centro de conferencias. Mi parcial conocimiento del idioma imposibilitó un paseo: una dama local me preguntó si yo deseaba conocer la ciudad y le dije en perfecto portugués: “Pois sim”, pero yo no sabía que esta frase era de negación rotunda. Me di cuenta solo el día de la partida, cuando le dije que no habíamos hecho el paseo y ella me indicó que yo no lo deseé… Allí mismo aprendí el juego de los “pois não” y “pois sim” del Brasil.

De regreso a Bento, logré descansar, hablar con los amigos de Porto Alegre y coordinar un viaje en los primeros días de mayo a Florianópolis, capital de Santa Catarina, donde me invitaba su universidad para ofrecer unas charlas. En seguida salimos para un congreso similar en Nova Prata, donde debía dar mi primera conferencia: “La poesía cubana contemporánea”, que me pidieron que por favor diese en “portuñol”. La experiencia fue muy buena, advertí que fui comprendido y logré mantener la atención durante cuarenta minutos. Al final me di cuenta de que era la conferencia central del evento. Allí conocí al poeta Luzeiro y su esposa y al buen Luiz de Miranda. A partir de este congreso y de los encuentros posteriores en Bento Gonçalves conocí una gran cantidad de escritores, sobre todo poetas de este enorme país, algunos célebres y otros modestos o más conocidos en sus comunidades locales. Una noche espléndida me fui con Luzeiro, Miranda y el amable Hugo Pontes a ver un espectáculo de danzas tradicionales gaúchas, que me impresionó vivamente. Por allí conocí a Fred Maia y a Mario Pirata, poetas gaúchos muy jóvenes, retadores, extrovertidos. En Bento, ¿o fue en Farroupilha?, tuve ocasión de admirar una “oficina literaria” de Pirata. El joven se desdoblaba en actor, en alguien que gritaba textos, gestualizaba, armaba una performance participativa, se sentaba sobre los espectadores, saltaba con mucha agilidad y no dejaba ni un segundo libre al auditorio mientras comunicaba su programa. La poesía dejaba así de ser texto para aplicarse al contexto, pasaba del espectáculo al simple juego, y de él al relato escénico. El poeta-actor, situado en el centro, dominaba a los espectadores de manera total, si alguien hablaba, él lo colocaba en el centro de atención de todos. Era una “oficina” (taller, diríamos en Cuba, pero taller en Brasil son los cubiertos para la cena) muy surreal, plena de invención, improvisación oral y reiteración de textos.

Pero por las edificaciones y el gran número de descendientes de italianos y alemanes, a veces parecía que estaba en Europa. A mi regreso a Bento, viajé con el magnífico poeta Recife Marcus Accioly, muy interesado en el “fenómeno cubano”, me dijo ser funcionario cultural del gobierno de Collor de Mello, asesor o consejero. Dice ser muy antinorteamericano y que “Fidel Castro es el dictador más necesario del Continente”. Curioso concepto.

Poco a poco me iba dando cuenta de que Brasil es más surrealista que mi propia isla natal, lo que es casi exagerado. Los bruscos cambios de sitio, de temperaturas, de excesos de relaciones públicas y de charla sin cesar y mucha lluvia, me conducían a una gripe que me duraría todo el mes. Cuando el 29 de abril me dispuse al amanecer para irme a una conferencia a Nova Roma do Sul, ya estaba casi afónico. Ofrecí en aquella villa perdida entre montañas y poblada casi solamente por italianos o sus descendientes, mi segunda “palestra”, invitado por el Prefeito. Tuve bellas atenciones allí, a mi llegada al salón donde me aguardaban, me dieron un aplauso inolvidable, solo por recibir a un cubano, seguramente por primera vez desde la fundación de la villa. Pasé un bello día caminando por las calles, visitando casas, entrando en las despensas de ricos sótanos cargados de fiambres y vinos y quesos. No vi ancianos y pregunté. La respuesta fue para mí extrañísima: aquí el consumo de carnes es tan elevado, que el promedio de vida baja debido al cáncer de esófago. Quedé atribulado. Pero el viaje a Nova Roma es precioso, la carretera era de tierra, o sea, un ancho camino entre bellas montañas con un paisaje casi de selva, ríos, cascadas, precipicios…

A mi regreso a Bento había cambio de hotel, pasamos a uno menos cómodo, más dentro de la ciudad, comíamos siempre churrascos en un restaurante próximo y yo compartía la habitación con el escritor Francisco Gregorio Filho, funcionario de la Biblioteca Nacional en Río de Janeiro. En pleno congreso de poesía de Bento, un poeta de Goiás me hacía varias veces el mismo chiste: “¿Cuál es el país más sexual del mundo?: el cubano, pues comienza por cu y termina por ano y tiene un b parada en el medio.” Creo que el poeta debería haber sido psicoanalizado.  En breve estuve rodeado de poetas: César Pereira, Catia Correa, amiga inseparable allí, Carlos Nejar, quien luego llegó a ser uno de mis mejores amigos del Brasil.

Participé en numerosas conferencias y mesas redondas en Bento, y visité centros de estudio, laborales, culturales. La propietaria del Hotel de Nova Prata, donde me hospedaba, se enteró que me gustaría conocer las muy distantes cataratas del Iguaçu, y una mañana me invitó a visitar una linda cascada cerca de la ciudad. En la tarde, ella misma me envió con su chofer a una boda rural. Quedé solo allí, fui muy bien acogido, pero me dio una sensación extraña verme sentado a una larga mesa entre varias, durante una verdadera orgía de carnes: el churrasco brasileño en su esplendor. Nadie me conocía allí, pero pasé bastante inadvertido, según creo, y debo haber aumentado de peso en aquella sola sesión. Me pregunto si serían las Bodas de Camacho.

La última noche del Congresso y Festival la pasé en Bento, en la casa de Ademir, entonces un pequeño apartamento, donde dormimos los poetas que aun quedábamos del ya finalizado Festival. Al día siguiente me fui con Pirata, Maia y el luego fiel amigo Melo hacia Porto Alegre; me aguardaban la amiga Catia y el escritor Faraco, a cuya casa me marché de inmediato. Ya hospedado en la casa de Faraco, recibí en la tarde la visita del escritor cada vez más implicado en política Tarso Genro, uno de mis más antiguos amigos por correspondencia en el Brasil. Llegaría a ser dos veces Gobernador del estado y luego Ministro de Educación en el primer mandato de Lula.

La bella casa de Faraco se puso en función mía, de mis visitas, tuvimos una bella cena de recibimiento en la que estuvieron la pintora Ana Alegría, el novelista Assis Brasil y su esposa, entre otros comensales. Faraco me hizo conocer un poco la ciudad, Porto Alegre es modernísima, de rápido y vital crecimiento. Catia me llevó en la noche a una entrevista de TV, muy grata, pero donde me presentaron como el Secretario de Cultura de Cuba, o sea, el Ministro, lo que tuve que rectificar de inmediato.

Al amanecer del 5 de mayo, tomé un nuevo ómnibus rumbo a Florianópolis. Seis horas de espléndido viaje por el paisaje de Santa Catarina. Apenas llegué, ofrecí la primera conferencia en la Universidad. Un joven prometedor escritor llamado Joca se ofreció para hacerme un recorrido por la ciudad. En la noche, una nueva entrevista de televisión local, un poco agresiva en los planos políticos. Al día siguiente tenía una entrevista con un ex militar  y buen narrador llamado Harry Laus  quien parece que no le gustó el tono de mis respuestas, y no me aguardó en su casa, pero allí estaba muy amable su hermana escritora, fina poeta, con la que charlé unos minutos de cortesía y me retiré. Joca se veía avergonzado por la ausencia del narrador, pero la verdad es que no le di mucha importancia al hecho. Lo que sí me causó una bella impresión fue el parque central de la ciudad con un enorme árbol de higuera en el centro, con ramas ya árboles ellas mismas que caían casi sobre el pavimento y creaban una extraña sensación en medio de toda aquella pequeña, moderna y bellísima ciudad. En Florianópolis el poeta Alcides Buss había preparado para mí un rápido y útil programa, que incluyó la formación de una antología de poesía cubana, publicada dos años después, y que llamamos Vinte poetas cubanos do seculo XX, la primera o quizás segunda que se haya publicado en Brasil. Con él visité en su acogedora casa al matrimonio de escritores formado por Salim Miguel y Egle Meleiros, con quienes sostuve correspondencia si bien no muy frecuente por veinte años. Esa noche tuvimos una concurrida cena con intelectuales de la ciudad, hablaban con rapidez sobre asuntos locales, por lo cual mi todavía escaso portugués estudiado diez años atrás, más mi estado gripal, me mantenían en situación difícil de agotamiento físico. La cena duró hasta la madrugada y me fui al Hotel, literalmente dormido. Al día siguiente ofrecí la segunda conferencia con un auditorio selecto de profesores. El tema era “Cuba hoy”, y el diálogo fue realmente muy respetuoso y comprensivo, en simpatía.

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