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«Faz»,  de Feijóo

Virgilio López Lemus, 10 de febrero de 2013

En su escritura del poema  «Faz» (1955), Samuel Feijóo deja escrito: «Completemos el sentido de la naturaleza». En su primera esencia, «Faz» es una gira (jira, prefiere él) campestre; el poema es el resultado de una peregrinación sobre la faz de la tierra. La palabra que le da título es plurisémica: faz del entorno, rostro de la naturaleza; faz del poeta, su rostro; faz de la poesía, el poema.

«Faz» consta de tres partes, y en ellas el poeta no recurrió a la estructuración alegórica, sino al discurso de sentido bastante directo, incluso de tono conversacional. La primera corresponde a la internación en la naturaleza, la aprehensión del paisaje, la belleza de la meditación temporal, pues el texto avanza desde el presente hacia el futuro, luego de haber explorado, entre ruinas, el pasado. En la segunda parte, el poeta «descubre» la naturaleza humana, o el hombre vivo en su hábitat con su sencillez, altezas, mezquindades y honduras; es la faz social, la que hace progresar  y progresista, progresiva a la poética de Feijóo hasta completar el sentido de la naturaleza por el ser ya no individual Beth-el» y primera parte «Faz», sino colectivo: el ser social, el otro, el prójimo. La segunda parte del largo poema es episódica, retrata al mundo, socializa su canto aunque aún con un ecumenismo idealizador en su sentido último. La tercera parte vuelve a ser filosófica: el poeta ha recorrido el tiempo de la naturaleza, y el tiempo humano, y se eleva a la reflexi6n sobre la poesía como experiencia.

Al adentrarnos en el poema, descubrimos que la primera estrofa es la del anti-faz, cuando se cae la «máscara marchita» de la naturaleza, por el otoño, que es el momento en que el poeta entra en el entorno, en el paisaje. Un recurso estilístico de secuencia adjetival («pequeñas… secretas... amadas cosas», «vagos, cansados y llenos pensamientos») presenta sustantivos clave: las rosas, los objetos, los pensamientos, el ser para la reflexión. En seguida «Faz" concede la dimensión del desplazamiento poético: describe el pasado entre ruinas («El tiempo / de la desolación se aposenta / sereno sobre las piedras muertas») y avanza, muchos versos adelante, hacia el futuro («...El ojo fatigado / contemplará el final estrago fijamente». El yo-poeta (el «Amante») se interna en la noche, y volvemos, como en «Beth-el«, a hallar el sueño, sólo que aquí resulta una duermevela, una ensoñación meditativa.

Se consuma la meditación en el entorno. El silencio de lo vivo deja al poeta pensar sobre el pasado, pero no acerca del pasado, sino de lo trascendente poético. El enfrentamiento del poeta con el tiempo, con el pasado, le ofrece una dimensión diversa de la belleza que la que dona el solo fulgor de la naturaleza.

La naturaleza vegetal se posesiona de las ruinas pétreas y el poeta «entiende las costumbres de sus tonos», y traduce esa sobreposición temporal en poesía, que se ofrece al encender una hoguera, rodeada de sensorialidad: los leños «huelen a resina»; un pastor, a lo lejos, extiende su mirada; se escuchan rumores «del murciélago y [de] los animales blancos en la sombra [que] acompañan el chirrido de la fogata». Es la dimensión temporal de la belleza también captada por los sentidos. Esa dimensión no sólo se expresa por la reflexión presente-pasado-futuro, sino que en el poema percibimos su transcurso al anochecer, durante la noche, en el alba y ya, en la luz del día renovado.

La poética de Feijóo asume el ritmo del desplazamiento temporal; el tiempo es una dimensión mucho más importante que en «Beth-el», porque en «Faz», Feijóo va a darnos la más amplia dimensión humana de su sistema. No es raro entonces que en la soledad agreste de la primera parte de «Faz» irrumpa, con el día, el ruido de la vida, con su pobreza campesina: miseria, niños mendigos, viejos enfermos, el hambre, forman parte ahora del vocabulario. El poeta halla que «a los pies del breve soñador se detienen las despedidas / del genio turbado en la distante noche». Pero, al final de esta parte del poema, la noche vuelve, y con ella el poeta regresa a la ciudad, a la charla de los amigos, a la cercanía del mar, a diferenciar los astros desde las calles lloviznadas. Es «una poesía de belleza irónica». Y en la ciudad queda el poeta, quien desde la tercera persona del singular penetra, con la segunda  y prodigiosa  parte de «Faz» al conocimiento de los hombres.

El yo-poeta tiene que desdoblarse o, mejor, situarse en la tercera persona del singular para intervenir como participante distanciado y captador del nuevo hecho poético. Desde la tercera persona puede relatar mejor, y si bien el poeta no ofrece el Libro de los Hechos, tampoco está en función de salmista. En las primeras estrofas presenta estampas: rápido ambiente de ciudad, entre el negrito y la prostituta; sube a la «loma» con una muchacha, con quien conversa largamente en medio del paisaje; el chino limpiabotas ocupa largo espacio, y luego, en el pueblo aparece entre artistas «y oye el bronco murmullo de los narcisos». Feijóo se deleita transcribiendo anécdotas rápidas, cuyos sujetos tienen raros nombres de la tierra, muy locales: Pipo, Sapingo, Caruco, Arino, El Cicuto, Cucumeco, Cachón, Bilito..., a veces un apellido: Medianilla; un nombre propio: Catalino, o un oficio como nombre supuesto: Fogonero. Pero predomina el apodo, el sobrenombre: Guagüí, Fifirifi. El rápido giro coloquial irrumpe con lexicalizaciones, frases populares como «La negra ajiguaguao se botó de peligrosa y tembló la tataguaya. / Aquello no tuvo nombre. ¡Se secó el guano!» Este lenguaje casi de argot queda muy bien fundido al discurso poético, sin costuras diferenciadoras. Aún así, parecen citas en el lenguaje depurado del poema, pero cuya naturalidad y basta necesidad de transcripción no irrumpe como algo insólito en el estilo feijoseano. Parece lógico que el poeta de la naturaleza se preocupe por los hombres naturales dentro de ella.

El «sentido de la naturaleza» se completa con los otros; el poeta los insta, y en conjunto forman un «guateque»; la música, como brota de la naturaleza misma, surge en el batacún: con un pito de calabaza, Guagüí «chifló un mambito»; «Pepe Cortés rascaba el carapacho de una Jaiba…», «Fifirifi se sacó el machete y lo hizo sonar a monte dándole con un clavo». La negra que se «votó de peligrosa» en verdad está bailando… Los elementos de la cultura popular tradicional campesina se integran a la poética de la naturaleza para ofrecer una música que parece hecha por el propio monte. Feijóo refuerza, o termina de «armar» su sistema poético con los elementos de esa cultura, de manera que los sobrenombres, las frases lexicalizadas, la música, el baile, los oficios, los instrumentos, el hábitat todo, crecen en la naturaleza y son la pretextualización. El método feijoseano consiste en crear el poema a partir de los elementos naturales del ambiente.

El acto de traducción: escribir un poema, aparece puro. Pero para creado, el poeta debe retirarse, entrar en soledad; la creación poética es acto de soledad, y es lo que había ocurrido cuando él mismo «comprende la soledad de la naturaleza», y «quiere sentir su solitario apartamiento», sin negar «a la bella vida que no puede ser rechazada». Si el acto creativo, la escritura, es solitario, el hecho poético se comparte: «Sólo, comprende la factoría humana circundándole»; a los otros dice: «¡Mirad, los montes azules se elevan aliados por la neblina! / ¡Mirad que la luz danza en los árboles que en la tarde moran!»

Entre comidas y lluvias, entre conversaciones agrestes y citadinas, entre la pureza campesina y el vicio del antro, entre los hombres que sufren y se aman, el poeta halla su materia prima, porque descubre sin ocultamientos a la poesía. La tercera parte del poema, reflexiva y ahondadora es la  más ancha, la más plena de esa poética.

Pero antes, el poeta se despide de la segunda parte de «Faz» con la presencia de la muerte, en un cementerio, «pequeño pueblo de los muertos», donde el propio poeta alcanza la conciencia de su sabiduría y donde vemos transformarse el pascaliano «junco que piensa» en «junco de sangre delicada y fina» (clara evidencia de lecturas de Pascal, pero de todos modos junco es materia arbórea, del hombre-árbol), que es el poeta mismo, con claro misterio, con destino no subdividido sino de vocación definida, que debe ser cumplida por sobre todo, incluso por sobre el propio dolor. El poeta debe «pagar» por el «crimen» de poseer hipersensibilidad, aunque es ella la que le permite esa «sabiduría» que es el saber de lo poético.

«Faz» resume la totalidad del entorno, y las relaciones del poeta con él. Es un poema de amplio escenario, de constante movimiento, sin anécdota central pero lleno de anécdotas. Tiene su propio epos, dado por el continuo acontecer, por el acto; epos de dentro de la lírica, epicidad de la creación poética, la poesía está en la vida y se resume luego en el oficio del poeta, el traductor de la belleza y de la complejidad de la vida; el resumen es el poema. El poeta «lo acepta todo naturalmente», y no salta hacia la lucha social, no es un luchador, un líder, pero alcanza la conciencia de la compañía del humilde: «[Entró en] toda la gama del paria, por amor y compañía. Comprende que en ningún lugar estaría mejor que entre ellos, los amadísimos, compartiendo el dolor y las palabras que despierta el dolor y los semblantes que el dolor otorga».

En «Faz» el tiempo del creador es el de la aceptación de su duro oficio de poeta, traductor del dolor y de la alegría del mundo, capaz de descubrir que también: «El silencio baña el Universo», que su misión en él es ganar la poesía de ese silencio: «bellas voces ganadas al silencio»; aún así, el poeta se sabe hombre, y como tal, superior a su oficio: entiende que el arte no alcanza su sacrificio. El ser para la belleza debe avanzar hacia ella para la justicia. En «Faz», la esencia misma de la poética no se halla entera, a pesar de que el sistema aprehensivo de Feijóo alcanza un poema capital. Quizás por ello el propio poeta, consciente de su obra, ve en «Faz» una situación de madurez, en la que logra perfeccionar sus «instrumento» para nuevas escalas. Así lo entendemos cuando lo presenta en Ser fiel: «El más importante de todos mis poemas, quizás, presentado como cosecha del ser en madurez, en el tránsito de épocas definidas, con la visión de vida entendida, atrás, en ella. Lúcido el tiempo, todos los instrumentos prestos».

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