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Brasil por primera vez, 1992 (Segunda parte)

Virgilio López Lemus, 20 de febrero de 2013

A la partida de la feliz estancia en Florianópolis, con tres buenos amigos ganados: Alcides Buss, Joca y Salim Miguel, tuve un incidente no agradable: la joven médica cubana Livia Gadea me dio un sobre, una carta, para su familia en La Habana, que debía entregar a Hilda Gadea, ya sabemos que es una familia relacionada con el Che Guevara. Ella me esperaba en la puerta de salida del ómnibus, me dio la carta, la puse en mi bolsillo delantero, y en la confusión de la subida, la perdí. Estoy seguro que me la sustrajo alguien. Un señor, sentado detrás de mí, llevó una vigilancia visible de mis siete horas de viaje… Me dejó un sabor amargo esta situación que luego vi sutilmente repetida en Porto Alegre: me vigilaban. Fue tan visible, que Faraco quiso investigar a fondo por sus medios y sí, un oficial le explicó que algo podría estar ocurriendo, pero era para “mi seguridad”. Ciertamente había salido varias veces por la televisión local y varias fotos mías en la prensa de Porto Alegre y de Florianópolis.

El 8 de mayo tuve mi primer día libre y de descanso. Me fui con Faraco y con Cybele de compras, tanto de comestibles como de algunas cosas que yo quería. Me llevaron a tiendas demasiado caras y concluimos la visita a una “Loja americana”, donde encontré casi todo lo que pretendía comprar para la Cuba en período especial naciente. Pasé luego una necesaria tarde en familia, limpiamos un poco la piscina, recibí demasiadas llamadas telefónicas, pude prepararme mejor para la más importante conferencia que daría en Brasil, al día siguiente, en el Teatro Renascença…

Fue apoteósico: la sala estaba plena, ¿cuántas personas habría?, sentados en pasillos y de pie en los costados, calculé más de 500, no sé la capacidad de la sala, mi conferencia sería sobre “Literatura e Historia en América Latina” y me centré en la novela histórica, con punto de referencia en Alejo Carpentier. Me asombraba que entendieran al parecer muy bien “mi portugués”, que había mejorado algo en fluidez con el uso ya de dos semanas, pero que más bien y seguramente era “portuñol” refinado. Un profesor me presentó, hablé durante cuarenta minutos y luego recibí una andanada de preguntas durante dos horas y media. Me preguntaban de todo, recuerdo ya casi al final, cuando la sala ya no tenía personas sentadas en los pasillos ni de pie, una señora pregunta acerca de mi opinión sobre la Amazonía, tuve que decirle: “Oh, meus amigos, eu acho que voces acham que eu sou uma enciclopédia”. Algo le respondí sobre su necesaria conservación, y aquello cerró un diálogo donde recibí la mayor cantidad de preguntas de toda mi experiencia de conferenciante, jamás he superado ese récord. A la salida, me acompaño el ejemplar amigo José Eduardo Degrazia, quien desde ese día se convirtió en el más fiel amigo que he tenido en Brasil.

La apetencia por conocer sobre mi país tras la caída del campo socialista, las simpatías y antipatías por la Revolución cubana, me convirtieron en centro de interés: yo residía allí, no era un disidente, hacía críticas serias no mal intencionadas e informaba con entera sencillez, sin rebuscamientos intelectivos. Catia Correa me llevó al día siguiente a un almuerzo con el Rotary Club, fue algo muy protocolar, me llenaron de elogios por mis palabras en la prensa y en las conferencias que fueron reseñadas sobre todo en Zero Hora, y casi todos los interlocutores me decían que el gobierno cubano era bueno, pero muy mal asesorado. En fin, tuve la tarde más politizada de toda mi estancia y no salí muy contento de allí. No soy de los poetas que le guste hablar tanto de política.

El 11 de mayo paseamos Faraco y yo por la ciudad, comimos en un Mac Donald, visitamos una librería de viejo, la Biblioteca del Estado, el Parque de la Independencia, una linda antigua iglesia y un bello boulevard muy comercial. En la tarde ofrecí conferencia en la Pontificia Universidad Católica, donde debí conocer a Regina Zilbermann, notable ensayista, que no se presentó.

Al día siguiente lo pasé casi completo en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, donde di la segunda conferencia más concurrida de mi estancia. Fue ardua, sobre narrativa del boom, y tuve un diálogo no grato con un joven uruguayo.

El poeta Luiz de Miranda me llevó a conocer la “trova” de Porto Alegre en algunos bares del centro, como por ejemplo, el Bar Tivoli, célebre en la ciudad. Esa noche me quedé en la casa del simpático y extraordinario poeta Miranda, conversamos intensamente sobre poesía, lo que fue para mí un bálsamo, pues hablaba de asuntos políticos casi todo el tiempo con otros interlocutores. Recuerdo en Taquara el caballero que me dijo que jamás iría a Cuba, “pues allí hay comunismo, yo viajo con mi mujer, y en el comunismo hay que compartir las mujeres y eso a mí no me gusta”. Me dejó helado. Luiz de Miranda me reveló una cultura y una calidad humana de alto relieve.

El 13 de mayo Sérgio Faraco me dio una enorme sorpresa: me llevó al Hotel donde residía el anciano poeta Mário Quintana, uno de los mejores del Brasil, y que yo había leído ya mucho. Él y Cecilia Meireles eran mis preferidos de la gran cantidad de poetas que ya conocía de la pléyade brillante, pero poco dimensionada fuera del país. Mário Quintana estaba en cama, muy pasado de los ochenta años, se levantó, me recibió con mucha alegría, charlamos sobre la Meireles que él adoraba, me dijo gustarle mucho la poesía cubana y advertí que realmente la conocía en sus voces mayores. Fue emocionante esta visita y salí de allí sumamente complacido y agradecido a Faraco, quien además de ser ya uno de los mejores cuentistas del Brasil, era amigo personal de aquel poeta anciano que poco tiempo después fallecería. Luego visitamos la Casa de Cultura Mário Quintana, armada en el antiguo Hotel Majectic, y que es orgullo de la ciudad. Me sorprendí en Brasil que allí ponen nombres de personas vivas a sitios, calles y edificios, incluso asistí a la revelación de un busto a un sacerdote, cuya comunidad lo premiaba en vida. Algo similar vi dos años después en Andalucía.

Lo más simpático y surreal de mi estancia se dio en la Feria del Libro de Taquara, pequeña ciudad a donde me llevaron invitado, me colocaron en un stand con mi nombre afuera: “Virgilio López Lemus, cubano”, sin que hubiera allí ni un libro mío. La gente pasaba, miraba el cartelito, me miraba a mi sentado adentro, y seguía. Tuve una sensación zoológica. Di una conferencia a poetas y gentes de la comunidad, concurrida pero muy informal, todos sentados en pleno piso entorno a mí. Al final, una señora me tomó del brazo y me llevó a su casa, próxima, extremadamente lujosa, de “nuevos ricos”, con mucha cristalería. No sé todavía para qué hice aquella visita, por qué, con qué objetivo, como no fuera la exhibición hogareña. Pero ella fue tan gentil, que me dejé querer. Por no sé cuál incidente en la piscina, me dejó un rato solo en su abarrotada sala de objetos de todo tipo. Descansé: un rato de silencio.

El 15 de mayo fui con Faraco y Degrazia a visitar al señor José Hilario Retamozo, por entonces Director del Instituto Estadual do Livro, quien me dio un poema suyo para que yo lo tradujera y luego me lo envió a Cuba publicado ya en una bella revista española que yo no conocía. Retamozo me prepuso la edición de un poemario mío, traducido por Degrazia, lo que al fin se hizo dos años después, bajo el título de Cadernos de otredad, en verdad se llamaba “La otra edad”, pero no gustó al editor ese título sobrio. Lo presenté en mi segunda visita al Brasil.

Ofrecí un poema recién escrito a Tarso Genro, cuyas muchas actividades no permitían más encuentros que una tarde en su despacho, cercano del hogar de Ana Alegría, allí le obsequié este poema que nunca he publicado:


PORTO ALEGRE XII
               Para Tarso Genro

La política corroe a la poesía
O la poesía socava a la política
O la política carcome a la poesía
O la poesía se come a la política
O la política aniquila a la poesía
O la poesía subyace en la política
O la política penetra a la poesía
O la poesía enamora a la política
O la política se deja enamorar por la poesía…
Iba pensando tales cosas
frente al Poder Municipal.


Con Catia Correa hice las visitas más extrañas de esta estancia: a la televisión cuando me declararon Ministro de Cultura, en una unidad militar al comandante de una Brigada de Voluntarios o algo así, al profesor de sus hijos, a su ex esposo médico, al Rotary Club y al despacho donde ella ofrecía psicoterapia…  Con las familias de Faraco y de Degrazia, debajo de uno de los aguaceros más densos que yo haya visto en mi vida, viajamos hacia un sitio de campo al que no pudimos llegar, y terminamos almorzando en un restaurante húngaro en plena campiña. Al regreso, entramos en una mueblería, donde Cybele compró un nuevo sofá para su hogar. Es noche del 16 de mayo nos fuimos Degrazia y su esposa Virginia a cenar a un bello restaurante típico, con danzas gaúchas, llamado la Taberna del Tío Joaquim.

En algunas cenas y reuniones privadas conocí a la escritora Lea Masina, al singular poeta José Mendoza Teles, hice muy buena amistad desde Bento Gonçalvez con Carlos Barros, un poeta “alternativo” de obra muy interesante. Recuerdo también a la fina poetisa Dolores Maggioni que conocí en Nova Prata, a Ricardo Aquino, a Celso Gutfreind, Paulo Cruel de Almeida, Rubem Appell, director de la Editora Movimento, Pascoal Motta, y tantos otros cuyos nombres se me escapan ahora.

El 18 de mayo salí en avión desde Porto Alegre a Río de Janeiro. Pagué mi impuesto de aeropuerto de entrada y de salida y viajé cómodamente hacia Caracas, donde me esperaban veinte horas netas para cambiar de avión hacia Cuba. Inenarrable el vuelo sobre la Amazonia, ver el Amazonas serpentear debajo, el verdor oscuro de aquella selva única... En Brasil dejaba ilusiones y desilusiones, amigos y alejamientos para mí inexplicables, la fuerte y firme amistad de Faraco y de Degrazia, quienes junto a Assis Brasil y a Catia Correa, me despidieron en el acogedor aeropuerto gaucho.

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