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“Si hubiera sido posible”, de César López

Virgilio López Lemus, 08 de marzo de 2013

Ahora no me importa demasiado si “Si hubiera sido posible” es el mejor poema o el más representativo de la densa y notable obra poética de César López (1933), porque quiero ir directamente a su contenido, que trata de un asunto medular de una manera valiente y sin que el texto se convierta en un panfleto: la homofobia. El poeta no le da título al poema en su Segundo libro de la ciudad (1989), y he sugerido uno a partir de la primera frase del primer verso. Aunque se haya publicado al final de la década de 1980, sabemos que es un texto mucho más antiguo, de épocas en que todavía la condición de homosexual podría entrañar campos de trabajos agrícolas, recogidas públicas en camiones militares en las ciudades, cárcel por “peligrosidad¨, escarnio público e incluso repudio en el seno de la familia cubana, algunos de cuyos rasgos discriminatorios eran, por supuesto, más antiguos que la Revolución, y crecieron y crecen aun en el machismo ambiental, el grave prejuicio y la discriminación humana.

“Si hubiera sido posible” es un poema bastante típico de la corriente coloquialista de la poesía cubana, sobre todo en sus atributos formales: sus amplios versos libres alcanzan a ser versiculares, su tono conversacional es de franqueza y no de introspección, el lenguaje es llano y de comunicación directa de un testimonio, de un suceso que se narra de paso, como constituyente del intratexto, no exento de elementos tropológicos, como el símil, su lenguaje no es nunca barroco y quiere comunicar, es fecundo en idea, alcanza un también un tono discursivo a veces enfático.

Posee una introducción, que se soluciona en ese “Si hubiera sido posible” detectar a tiempo la oculta femineidad de un joven expulsable del grupo social por ser diferente y poseer el atributo vital que San Pablo llamaba “abominación”, haciendo gala de su espíritu persecutorio y represivo, sobremanera selectivo en una nueva ética, la judeo-cristiana, impuesta luego por la propia tradición paulista. La Revolución no pudo romper con esos lazos éticos milenarios, y muchas veces sus propios dirigentes excluían sin reparo a todo aquel que les pareciera confuso, débil o fácil de captar por el enemigo, con lo que en verdad ganaba el desafecto de una parte de la sociedad que se sentía, como en la salvación del alma, excluida de entrada, sin apelación.

El poema de César López marca la existencia de estas personas que “se multiplican y perturban donde menos se piensa”.  Allí están, son inevitables pero combatibles, hay que reivindicarlos con fuego y látigo, hay que expulsarlos de todas partes, no hay sitios para ellos; el hablante, que podemos llamar sujeto lírico, observa tal existencia y recrimina, enarbola sus valores, o sus desvaloraciones y ve en el grupo social preterido a “los acusadores que se alzan contra muchos”, figurando a esta rara especie humana nunca en extinción como traidor, delator, en un rasero igualitarista de esencial facilismo, como si en el mundo heterosexual no existieran iguales y a veces peores hechos lamentables.

Pasa el poeta a hablarnos de un señor director de un centro de becados, que para llegar al cargo debió ser considerado de “carácter recio, una moral sin tacha”… lo describe, de manera tal que el sujeto lírico cambia, ahora a quien se pone en el centro del la mirada es al directivo “sin tacha”, duro por sí y apoyado desde las altas esferas, capaz de lanzar su agresión contra todo lo que no entienda como “normal”. Y “Entonces el alumno Juan Jacobo fue arrastrado / literalmente humillado, fuera de los suyos, llevado a extraños / lugares de hacinamiento y odio que nunca debieron existir”. El sujeto lírico ha sumido la crítica de la circunstancia, y ve en el joven expulsado a la víctima no solo de la época, sino también de lo peor persecutorio de la condición humana.

Juan Jacobo fue condenado. “Aquel indefenso muchachito / que conocía todos los lugares de la geografía” fue lanzado a “…el miedo / a no ser todo lo que el momento y él mismo le exigían”. Juan Jacobo iba  a ser luego el personaje central de la novela homónima del poeta Alberto Acosta-Pérez, ganadora de un Premio Razón de Ser de proyecto de libro, que aun se encuentra inédita, aunque la realidad en ella es mucho más cruda y fiera que en el propio poema de César López.  El poeta intertextualiza con un poema de Federico García Lorca, donde el grito de denuncia social pareciera universal invitación a la cacería: “¡También ese! ¡También!. Y es el grito que emplea el “señor director”, quien no teme ese tipo de "desviaciones”. El sujeto lírico, ahora sujeto crítico, precisa:

El alumno Juan Jacobo tenía apenas diecisiete años recién cumplidos.
Casi pudo haber muerto, además de su vida tronchada por un tiempo o tal vez para siempre.    
Mezclado a otras gentes ya no humanas.
Con las vergüenzas a cuestas- inútil. Víctima como tantos.

En tanto, “el señor director fue promovido”. Pero a César López le gusta subrayar las paradojas en su poesía, y ahora encontraba una inequívoca: mientras el joven sufría el escarnio y el apartamiento: “un teatro de la ciudad lleva el nombre de un maricón famoso”.

La lectura del texto es lineal, no hay enrevesamientos, lo que se quiere decir, se dice, primero con un supuesto sujeto lírico envuelto en la ironía y la frase tajante, y luego con el verdadero sujeto, el que ve el suceso, el que lo denuncia, el que no tiene otro medio para luchar contra la injusticia que apelar a la paradoja, a las propias contradicciones dela época, en tanto el joven Juan Jacobo perece sin salvación posible, porque el sujeto lírico no puede encontrar la vía directa de trabajar en contra de la corriente excluyente, al favor del joven, a favor del viento libre que no muerde la cola de la serpiente repetitiva, capaz de hallar en el mundo muchos otros jóvenes, y no tan jóvenes, a los que excluir por medio precisamente de lo que supuestamente condena: “los acusadores que se alzan contra muchos”.

Aunque parezca un discurso de ideas antes que una comunicación lírica del mundo, este poema que también se pudo llamar “Juan Jacobo”, no tiene complejidades comunicativas, es directo, relata, enfatiza, ironiza, denuncia, observa, critica, y en su substrato mejor, condena esa actitud deformada que apela a la exclusión del “distinto”, por el solo hecho de su inclinación, variante o preferencia sexual. Visto así, es sin dudas un texto funcional, en el sentido de inmiscuirse en asuntos éticos que deben ser reformados. El poeta no habla de la necesaria exclusión de la exclusión, no se refiere a la enfermedad de la homofobia, que en lapsos del desarrollo humano tomó caminos de exterminio o de castigos crueles, injustos. No ofrece solución, solo observa y copia en su hoja de poeta aquel elemento difícil de la sociedad en que vive, una sociedad que busca la justica social desde el enunciado martiano “Con todos y para el bien de todos”, aunque pareciera que ese “todos” solo incluye a una porción y no a la real totalidad. El poeta ve esa injusticia, es amarga, su trasfondo fiero también es poético, está del lado de la poesía destructiva, del lado oscuro de nuestra especie, la especie humana depredadora, que se depreda incluso a sí misma.

El poeta no se conduele, no llena su poema de sentimentalismo, no apela a la lástima sino que compara a un viejo director de becas con un joven en la flor de la vida, uno ascendente por sus atribuciones persecutorias y de ejecución “ética”, el otro agredido en la flor de su edad, por una razón que no está en sus propios fueros excluir de su personalidad naciente. El valor del poema va más allá, pues, de sus propios recursos expresivos y de los brazos cruzados, incapaz de acción en contra, del poeta que observa, pero que no cuenta con el poder suficiente, o necesario, para corregir un mal discriminatorio que no se soluciona en un caso, en el triste destino de Juan Jacobo, sino en la praxis social, donde un poeta no puede mas que anotar en su hoja el hecho, dejarlo allí como una semilla, para tratar de que germine.

Cierto que es un texto anti homofóbico. Cierto que César López se adelantó a batallas que serían de décadas posteriores, y que incluso cuando escribo esta nota, no ha podido ser solucionada a nivel mundial, con oposiciones eclesiásticas que mal interpretan a San Pablo con demasiada fe en sus epístolas, que adolecen como todo lo humano de los credos y razones de su propio tiempo. El “problema” no es solo de una Revolución que apostó por redimir, desenajenar al hombre y a la mujer de su medio social, sino una asunto de la condición humana, un asunto que tomará todavía décadas en ser asimilado. Pero el poeta no pudo dejar de ver la crueldad del suceso paradojal, en medio de una revolución liberadora: la liberación no era para ese grupo humano, sin derecho a entrar en el santo sitio de la dirigencia, de la toma de decisiones, o de la sencilla construcción de una nueva sociedad. El poema se abre así como una ofrenda: avizora la injusticia dentro de la justicia. El joven Juan Jacobo se torna en paradigma y el señor director no deja de serlo, en medio de un visible repudio del sujeto lírico. Pero las cosas son como fueron, pueden ser rectificadas, pero ya sucedieron. El poema de César López “Si hubiera sido posible”, es una contribución en la búsqueda de la luz y de la vida sin exclusiones por razones de género. La desenajenación humana comienza a la altura de los prejuicios, de las rupturas con conceptos milenarios que las ciencias contemporáneas descalifican. De modo que “Si hubiera sido posible” es también un poema social y de combate.

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