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Brasil por segunda vez, 1996

Virgilio López Lemus, 22 de marzo de 2013

La segunda vez que fui a Brasil, con la misma invitación desde Bento Gonçalves, en Rio Grande do Sul, a su Festival Internacional de Poesía, ya me hallaba un poco más experimentado en asuntos de encuentros internacionales y el país no era para mí una incógnita. Tampoco esta vez resultaba una llegada insólita para los brasileños, tenía algunos amigos allí y todo fue planeado para tener una visita en calma, y aprovechar para darme un viaje de una semana a Buenos Aires, lo que hice.
 
Tras un largo vuelo en Cubana de Aviación, que atravesó la Amazonía de día y me pareció que a menos altura, llegué esta vez a São Paulo a las ocho de la noche, en seguida abordé el vuelo que me llevó a Porto Alegre, donde me esperaban José Eduardo Degrazia y su esposa Virginia. Seguí por carretera hasta Bento Gonçalvez, donde me hospedaron en plena madrugada en el Hotel Dall’Onder.

Llamé a Sergio Faraco en Porto Alegre, y a Susana Boéchat en Buenos Aires, para coordinar sendos viajes a Alegrete, sur extremo del Brasil, ciudad casi hispánica, y a la capital de los argentinos. Como la poeta Susana vendría al Festival de poesía (Congresso, lo llaman los gaúchos), la noté algo dispersa sobre mi visita a su ciudad, y llamé a mi querido amigo el poeta bonaerense Jorge Ariel Madrazo, a cuya casa me iría el 24 de agosto, y con quien pude tener un diálogo más preciso.

Enseguida me reencontré con conocidos de 1992: el poeta Carlos Nejar entre ellos,  con quien la amistad de interés común por la poesía había madurado un poco más. Allí conocí al poeta alternativo y experimental uruguayo muy destacado en esas lides, Clemente Padín, con quien hice una inmediata relación amistosa. Este año participé con entusiasmo en todo el desarrollo de la muestra Internacional de Poesía Visual y aumentó mi relación con los poetas. 
       
Ese sábado aún no se iniciaba de lleno el Festival, me fui en la noche a la casa del anfitrión António Bacca. La noche era fría, habría 6º C en el invierno del sur, mientras en mi Isla en ese momento tendríamos 34 grados. Mientras los poetas brasileños hacían una viva y loca tertulia en la casa de Bacca, el cansancio del viaje me tiró a dormir en  el sofá, en un salón menos concurrido del buen apartamento, mucho mayor, en que ahora vivía el director del Festival. Junto con Padín, el portugués Fernando Aguiar y el brasileño Hugo Pontes nos fuimos al Hotel casi a las 2 de la madrugada.

En la  tarde del domingo me vinieron a buscar para un gran churrasco en la casa de los padres de Bacca; muy grato todo, la familia fue muy amable, los recuerdo cuando nos tomamos algunas fotos colectivas, el gran grupo de unos quince poeta y la familia del anfitrión, otros quince. Como era un almuerzo abundante en carnes, comí en representación del pueblo cubano sumido (quizás mejor decir zumido) en el período especial. Mano Melo amenizó allí mismo una performance colectiva con uno de sus poemas, un diálogo entre el sexo y el marxismo realmente simpático e irreverente. Me tocó declamar enfática y burlescamente la parte que correspondía a Cuba, el sexo y Marx, apoyado por los poetas Tánia Diniz y Jiddu Saldaña, quien en verdad es un mimo, un artista fabuloso. Regresamos al Hotel en la caída de la tarde y pasé la noche en solitario, viendo TV brasileña, nada mejor que las de otras partes del mundo… Hasta que pusieron un programa de discusión popular amenizado por un matrimonio gay. Supe que en Brasil de 1996 solo el 37,7% de la población apoyaba las uniones entre personas de un mismo sexo, advertí la fuerte reacción homofóbica de muchos colectivos y personas entrevistados, y comprendí mejor reacciones ya advertidas entre los poetas del país presentes en el Festival.

El 12 de agosto hice una lectura entre otros colegas en un colegio de la ciudad, entre jóvenes de 14 a 16 años de edad. Salí luego con el grupo principal a escribir mensajes poéticos en las vidrieras de los establecimientos comerciales de la ciudad, salvo dos o tres que no dieron permiso para eso, y nos divertimos mucho haciendo dibujos «de poesía visual», y escribiendo versos, yo escribí un «mensaje» inventado allí: «Un corazón sin corazón, / ¿cuál será su razón?» Nos mezclamos sin querer a un gran acto en el centro de Bento, apoyando candidatura presidencial de Lula, que demoraría aún en ser el Presidente de esa Nación. Pasamos felizmente la mañana con el grupo de poetas performáticos italianos, pero el pequeño team de Tánia, Padín Aguiar y yo quedamos como inseparables. Almorzamos copiosamente, claro: un churrasco, y en seguida nos fuimos a pasar la tarde en el pueblo próximo llamado Serafina Correia.

Aquel lugar de unos diez mil habitantes era surreal: tenía en su centro un breve parque de inspiración italiana, donde hallamos una casa destinada a Romeo y otra a Julieta, al lado había una construcción en pequeño del Coliseo romano y ¡una torre de Pisa! Todo en dimensiones reducidas, pero habitable. En el teatro, repleto de público de un entusiasmo asombroso, Carlos Nejar hizo un recital muy exitoso, Jiddu  Saldaña se proyectó como el gran artista que es, Mano Melo sentado en el escenario leyó con mucho éxito, y los demás hicimos lecturas más discretas. En la noche tuvimos una cena copiosa y en seguida comenzamos actividades públicas muy movidas, yo me reuní con un grupo de interesados por la poesía y les ofrecí una conferencia en portuñol que fue rabiosamente aplaudida, de pie, como si hubiese dado yo un recital. Me asombró aquel ambiente distendido, grato, lleno de amor por la poesía en aquel pueblo riograndense algo perdido entre las montañas…  Culminamos con un gran espectáculo de dos actores y una actriz, y un estupendo recital performático de Clemente Padín. De modo que tuve una sorpresa enorme en aquel Festival devenido gran fiesta.

El martes 13 me avisaron de Porto Alegre que mi libro de poemas Cuadernos de otredad, publicado por la Editora Movimento y Tché, estaba a mi disposición en cifra de sesenta ejemplares. El narrador y buen amigo Faraco, deseó que yo conociera su ciudad natal, Alegrete; me iría hasta allí, me esperaría su hija menor y ofrecería dos conferencias, para esperar el ómnibus que me llevaría a Buenos Aires. Me pareció una idea estupenda.

En la tarde, los poetas amigos decidieron invitarme para celebrar en la noche el cumpleaños setenta de Fidel Castro. El día estuvo en calma y no me tocó hacer nada. Al día siguiente ofrecí mi conferencia sobre poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, y llegó mi libro, que distribuí generosamente en el lanzamiento fuera de programa que me preparó Bacca. Llegaron desde Buenos Aires Susana Boéchat y su amiga poeta Sara Maffei. Fue el día que recibí más invitaciones en mi vida: Nejar me invitó a que me fuera con él a Espírito Santo, Carlos Barros a Curitiba, Jiddu quería llevarme a Río de Janeiro, todo después del 18, cuando ya estaba planeado el viaje a Alegrete y luego a Buenos Aires. Tuve que declinar tanta alegre atención.  En la noche del 15 de agosto se inaugura la fin oficialmente el Congreso Internacional, me sentaron en la mesa presidencial y comenzó un ciclo de conferencias que ofrecería en los días sucesivos.

Me resultó muy grato conocer a Gilberto Mendoça Teles, erudito en asuntos poéticos, históricos, teorizador de la poesía experimental, profesor universitario y muy buen poeta. Dio una conferencia sobre el vanguardismo brasileño que me dejó fascinado. Susana partió de súbito por el aviso urgente de la gravedad de su sobrina en Buenos Aires, tuvo escaso tiempo para presentarle a Degrazia, llegado en la tarde para estar solo la noche y el día siguiente, y con quien luego ella haría una buena amistad. A cambio de la noche anterior, esta vez tuvimos una espléndida cena y un conjunto de recitales. Conversé largamente con Nico Fagundes, un experto en oralidad gaúcha, me habló del payador Jaime Caetano Braum, que compone en décimas espinelas y del poeta popular negro Aparicio Rillo. En Rio Grande do Sul se le llama trova, pero ya en el Nordeste se habla de repentismo, en tanto en São Paulo a este arte popular se le llama minero pau, con predominio de la copla y la sextilla o de la cuadrinha (redondilla). La trova riograndense se improvisa y canta en mi menor, en una polca de cantar que a veces sentí parecida al punto cubano, pero el payador improvisa a la manera de la milonga del sur, a la que suele llamar polca de relação. Fagundes promete traerme un pasquim o journal de fofoca, un periódico humorístico en versos.

Tras la conferencia «épica de la poesía», en la que Carlos Nejar habló como casi siempre muy bellamente de sí mismo, me tocó el turno para hablar sobre la poesía cubana coetánea. Me fui al poco rato al «encerramento do evento», pero cuando llegué, ya esa breve acción de clausura había concluido.

Partí de Bento Gonçalves hacia la casa de Sergio Faraco, en Porto Alegre, para salir enseguida hacia Alegrete y desde allí, tres días después, hacia Buenos Aires. Ya estaba hecha la reservación del Bus en que viajaré, tipo leito, o sea, con los asientos como camas, pues viajaría durante toda la noche para llegar a Argentina al amanecer y a Buenos Aires en el mediodía. Salimos a comer fuera Faraco, Cibele y el hijo más chico, Bruno, nos encontramos con la pintora Ana Alegría y regresamos a la casa, alrededor de las 11 de la noche salí en ómnibus hacia Alegrete, pues eran unas seis horas de viaje.

A mi llegada, me esperaban Ángela Faraco (Dedé), hija del amigo narrador y la profesora Vera Alvarez, muy gentiles, me dejan en un hotelito de paso, bien poco cómodo y a las 9 y media de la mañana le doy a un grupo de unos ciento ochenta estudiantes de nivel preuniversitario mi conferencia sobre poesía latinoamericana, me hicieron una enorme cantidad de preguntas sobre poesía y sobre Cuba. Me había invitado la Fundación Educacional de Alegrete. Alegrete es una villa semejante a cualquiera hispánica, tiene un gran parque donde se sientan los jubilados, los jóvenes sin trabajo y pocas damas. Allí conversé un buen rato con los poetas locales Elvio Vargas, Hélio Ricciardi que era el propietario del diario de la ciudad y Luis Carlos Lopes. Me hacen una entrevista para la Radio Gazeta de Alegrete y unos días después salió en el municipal Diario de Alegrete una reseña de mi conferencia con noticias de mi labor como escritor. Supe que esta es también la ciudad de Mário Quintana, creo que ya Faraco me había comentado que eran coterráneos.

Angélica me dijo que la gran estatua de un general del centro del parque, era del abuelo de su madre Cybele. El poeta Elvio Vargas me había paseado el día anterior en su carro por barrios bien humildes, y creo haber visto todo lo que había que ver en el sitio. Sentado en el parque, unas horas antes de tomar el ómnibus que me llevaría a Argentina, me acordé el chiste versado que me habían hecho hacía poco: «Grácil palomita / que vuelas sobre cielo feliz, / ¡qué puntería que tenís!» Pero yo no tuve incidente alguno con las muchas palomas de Alegrete.

Regresé de Buenos Aires directo a Porto Alegre, pero también en autobús. Atravesé la frontera argentino-brasileña en la madrugada del 29 de agosto, y como solo me quedaban dos días de visado, los aduaneros me querían retener, tuve que mostrarles mi pasaje de regreso a Cuba desde São Paulo… Llegué a Porto Alegre a la media tarde y nadie me aguardaba, de modo que llamé a Faraco, que sabía de mi regreso, pero nadie contestó a su teléfono. Me comuniqué con José Eduardo Degrazia, amigo muy leal, quien dos horas después me recogió de la estación y me llevó a su casa. Al mediodía del 30 me despedí de Degrazia y de Catia Correa en el aeropuerto, e hice un feliz viaje de regreso al gran aeropuerto paulista, donde había no sé por qué un mar de confusiones y parecía que no habría vuelo a Cuba ese día. Logré aclararlo todo, sí lo había, pero no estaba anunciado. El vuelo era en la noche, al fin salí a las 8 y llegué a La Habana doce horas después, tras una larga escala en Rio de Janeiro.

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