Arrufat y el río de Heraclito
«Tu Niagarita», le dije en broma alguna vez a Antón Arrufat (1935), para comentarle cuánto me había gustado su poema «El río de Heráclito», que él fechó al pie como escrito en 1969, pero que yo leí en La huella en la arena (1986). Sabido es que el «Niágara» de José María Heredia es antologable per se, dentro del corpus de la poesía cubana, de modo que la broma ya poseía una magnitud valorativa oral.
No sé bien si este es el poema de mayores dotes antológicos que haya escrito Arrufat, o entre los que aun le faltasen por escribir o por publicar, pero sí comprendo la trascendencia de este texto, dado a la reflexión desde la emoción, si bien contenida. Como buen poeta de la corriente coloquialista de la poesía cubana y de la Generación de los Años Cincuenta, comienza su «diálogo», o «testimonio», o confesión pública, con un verso que lo sitúa en el espacio: «Meditaba estas cosas en el ómnibus», de manera que el pasajero del autobús, el apretado hombre común en los breves espacios nunca vacíos de las guaguas habaneras, ya «abordados» por otros poetas de la misma corriente, hace algo que sus colegas líricos no confiesan: «meditar». Se nos pone en guardia acerca de un poema meditativo.
Y, en efecto, lo es, pero sobre las cosas llamémosles comunes del hombre citadino, que establece una relación con su ciudad, sintiéndola eterna, pero «con la certeza de que nosotros nos vamos/ un día cualquiera»; de modo que la meditación adquiere tono existencial dentro del conversacionalismo propio de la estilística textual. Pasamos, sí, como el propio autobús-guagua lleno y veloz, pero que deja ver por las ventanas el exterior, que el poeta describe: casa, reja en la puerta, patio, los que a la larga recibirán a otros pasajeros, a otros visitantes. «Es el amor quien se despide», vuelve a decirnos el hablante lírico confesional que es sin dudas el propio poeta, mientras graba su nombre en las paredes o contempla la ciudad. La belleza del texto se despliega en la que debe considerarse su segunda estrofa, como todo el poema construido en decasílabos blancos, con sus doce estrofas bien armadas desde el compás expresivo. En la segunda nos «habla» del amor corpóreo: «Besamos el labio que va ser tierra», pero que, dispuestos los cuerpos en la sábana amatoria, «tenemos la ilusión de enredarla/ en los brazos y hacerla inmortal», con la gala de este precioso y preciso encabalgamiento.
La tercera estrofa vuelve al amor por la ciudad, La Habana que al parecer sí es eterna y nos «mira pasar», en contraste con el hombre que desde la ventana del ómnibus-guagua ve también el paisaje urbano pasando, quedándose detrás, mientras «era hermoso saber que todo perduraba». Y la meditación crece en el hombre en su «pequeña muerte diaria», y cree hacer perenne a la ciudad, «sacándola de su costilla»: ciudad-Eva, hombre pasajero casi Adán, solo observador y meditativo sobre las cosas, sobre la urbe extensa, que él siente intensa e inmortal. Es el frágil hombre enfrente de los oficios y de las cosas: el panadero, la cochera, los jardines, un banco, una estatua, que le dejaban «su rastro invulnerable».
El poema no detiene al tiempo: «Volví a mirar. Se movieron de pronto. / Pasó la estatua […] los viajeros anónimos, desconocidos, / también se movían», y el poeta toma conciencia de esa movilidad, de ese sentido efímero de todo lo que pasa como volando a través de la ventana o dentro de la propia nave espacio-temporal. Él se siente como en un museo, las cosas están y a la vez cambian de sitio o de tiempos, o de ambos… Sigue, la guagua cruza una calle y él ve a dos hombres que en ese momento uno pone su mano en el hombro del otro, «y se van». ¿Es un fogonazo a la Piñera? ¿Una iluminación a lo Rimbaud? ¿Es una fotografía?: «Nada se detendrá», ni la mano ni los transeúntes fugitivos. Mira entonces a la casa, a los árboles, perduran, «Solo nosotros…» no nos quedamos, pero: «…Y esa casa y los árboles florecidos / entran al río de Heráclito», donde, claro está: no te bañarás dos veces, pues todo es fugacidad como el agua corriente. Solo nosotros decimos adiós, la cosas no, están allí fijas, como eternas, acaso lo sean, siempre con una relativa eternidad, pues todo entra en ese río que el poeta evoca. Así entramos en el quid del poema, en la frase inquisitiva central: «¿Nada que no permanezca / nos interesa ni podremos amar?» La respuesta es larga, perdón, la tengo que citar:
Busqué
unos ojos entre los pasajeros, el modo de nombrar
cuanto ocurría, de compartirlo, y vi que
también me buscaban y me hacían una señal.
Pero entonces: ¿lo saben? Estamos sentados
Diciendo adiós, recogiendo adioses, ¿y lo sabemos?
Al instante aquellos ojos fueron agua,
y los míos fueron agua para los suyos.
Un pájaro apareció entre los cristales
y sin detenerse cantó, y se fue, se fue cantando.
Ahora las cosas eran iguales a nosotros:
se acercaban a los cristales, se perdían después,
después no estaban.
Esta sensación perturbadora de la infinitud cambiante, del detalle esfumado, del ser finito y mortal, del adiós que constantemente estamos diciendo como desde un autobús, va mucho más allá del coloquialismo externo del día-a-día, del aquí y ahora, de lo presente como dimensión absoluta, y transpira intensa subjetividad existencial, diáfana por cierto, pero no por ello menos perturbadora. Arrufat mira al exterior, lo «testimonia», pero halla algo que no es común en el coloquialismo: la intrascendencia de lo externo es también parte del ser, ontología apretada en un pasajero que mira desde una ventana de guagua andante y todo lo eterno se le hace efímero, hasta la propia ciudad, ya enunciada como eterna. La poesía de la fugacidad de la vida es tan vieja como la vida, escrita o no; es la marca de la ruptura del mundo tras la explosión primigenia. A partir de ella, lo que fue eterno se disolvió en temporalidad, en materia fugaz, en energía que se transforma. Es el río de Heráclito, sin dudas, la fugacidad. Arrufat lo descubre desde una aprehensión diferente a la de los lakistas, a la de los metafísicos ingleses, a la del buen Dante o del Homero que lanzó a su Ulises a una odisea, remedable por la del pasajero en el autobús. El asunto del poeta, aquí y ahora, es decir adiós. El pasajero es el mismo y es otro por la sucesión de las aguas, la sucesión temporal, como las huellas del cangrejo en la arena que luego se borran por la avenida de la ola, y se las traga el mar. «Se apagaba el rumor de la eternidad en mi pecho».
¿Qué más puede hacer-decir el poeta sino: «Busco la ciudad en el agua de los cristales, / y la contemplo humana, fluyente». Sí, ya lo sabemos, nada es eterno, ni la ciudad, que también fluye en esa agua confundida con la de Heráclito, el oscuro. Ella no resulta una eviterna construcción del hombre-Adán expulsado de un Paraíso donde sí iba a ser eterno, pero la eternidad se frustró. Los mortales lo hacemos todo como inmortales, dice Arrufat. Hay que decir adiós:
Vuelve el pájaro a cantar y salen las estrellas.
Te amo al fin con el amor de quienes se abrazan
antes de regresar al viento, a la selva, al astro.