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Antologías al minuto

Marilyn Bobes, 23 de abril de 2013

La profusión de recopilaciones de textos que se ha puesto de moda en los últimos años, no solo en Cuba, sino en todos los grandes y pequeños mercados editoriales del mundo, me hacen recordar el título de aquellos valiosos libros gastrónimos que la estelar cubana Nitza Villapol, artista de la alimentación desde la década de los cincuenta, titulaba Cocina al minuto.

Y pienso que muchos hemos olvidado que una selección o un panorama, ya sea de cuentos, de poemas, de ensayos o de cualquier género literario, no puede denominarse propiamente antología, puesto que, en mi opinión, esta constituye algo más que una recopilación arbitraria y desordenada sobre un tema, muchas veces elegido a partir de motivaciones ajenas a la calidad.

Cierto es, que aun las más logradas muestras de lo que se considera “lo mejor” en términos de valores literarios, suele también ser parcial; pero siempre he considerado que la labor del antologador es un ejercicio investigativo y de criterio que requiere tiempo y dedicación, y difícilmente puede realizarse de manera apresurada o para complacer a un lector que merecería un poco más de respeto, cuando se lleva a su casa algo que le debería servir para aprender y disfrutar, reflexionar o al menos acercarse a lo que el autor de una compilación le propone.

Y he ahí otra de las aristas que todo seleccionador debería tener en cuenta.

Considero que una antología es también una tesis. El  modo de mostrar una opinión que puede ser errada, pero siempre un punto de vista. La objetividad con que se demuestra la hipótesis, mucho contribuirá a que el receptor pueda captar el mensaje que el emisor propone. Aun cuando discrepe. Y es por ello que también debe cuidarse mucho la sinceridad con que los autores seleccionados han escrito sus textos, porque sin esa sinceridad no hay literatura posible por muy bien puestas que estén ordenadas las palabras y por muy esmerada que hayan sido la edición, el diseño y los demás elementos que hacen del libro un objeto de colección.

Hay lectores que gustan también de las recopilaciones o los panoramas. Pero una Antología (y utilizo aquí mayúsculas para destacar el término) es otra cosa. Requiere paciencia, dedicación y mucho esfuerzo para quien pretenda dedicarse a la ardua labor de confeccionarla.

Incluso esa “cocina al minuto” que la Villapol nos legó como testimonio de cultura y  cubanía,  contiene recetas que necesitan mucho más de sesenta segundos para su elaboración.

Lo atractivo de un título y la fascinación que nos hace “engancharnos” con él,  no están reñidos con el rigor. A veces es necesaria para llamar la atención de determinados lectores. 

Pero no nos engañemos. Podemos pecar de subjetivos pero nunca de mentirosos. Debemos ser muy cuidadosos cuando intenten, los antologadores, hacernos pasar gatos por liebres. Pongamos a cada cosa su nombre y dejemos que el mercado diga la primera o la última palabra, pero no llamemos antología al afán de lucro o al deseo de ser lo que no somos. Y en esto incluyo a los tres factores que deberíamos tener en cuenta: autores, antologadores y lectores. La mágica tríada que hace de un volumen algo verdaderamente útil y enriquecedor.