Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 4:54 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 247 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Tercer viaje a Brasil, 1997

Virgilio López Lemus, 30 de abril de 2013

Este es mi viaje a Espíritu Santo. Me fui el 1º de diciembre de 1997 y debería regresar el 17 del mismo mes. Me dio tiempo a felicitar con un beso y un obsequio a mi madre, que ese día cumplía sus ochenta y ocho años. Como siempre en mis viajes, Alberto me despidió en el aeropuerto y todo marchaba sobre ruedas, o mejor sea dicho, sobre alas. El avión hizo escala de una hora en Curazao, lo que me permitió ver casi completa la isla desde el aire y escuchar en la escala el idioma local, el papiamento. En Caracas, escala para luego ir rumbo a Sao Paulo y luego a Rio de Janeiro, hice algunas gestiones para retirarme de la “Lista de espera” para el regreso, previendo inconvenientes. No fueron exitosos y continué viaje en Varig hasta bajar por fin en Rio, tras la escala de Sao Paulo. Con la ayuda del poeta Mano Melo, pasé al vuelo local que me hizo descender en el aeropuerto de Vitoria, capital del estado de Espirito Santo. Allí me esperaban mis amigos el poeta Ferdinand Berredo de Menezes, quien me había invitado, y el poeta y gran literato brasileño Carlos Nejar, cuyas casas compartiría en mi estancia. Berredo había sido Prefeito de la ciudad y conocía a todo el mundo. En breve, comencé mi ciclo de conferencias y fui declarado miembro correspondiente ad vitam del Instituto Histórico y Geográfico de Espirito Santo. Fue una brillante acogida.

Me hospedé en la casa de Berredo de Menezes en Vilha Belha. A ella llegué tras exactas 24 horas de haber salido de la mía en La Habana, pero la fatiga la pasé, como ya dije, en actos públicos a los que en seguida me incorporé. Había hecho tres cambios de aviones en Curazao, Caracas y Rio de Janeiro. Debía cumplir un plan de trabajo apretado que consistía en conferencias, tres, una de ellas en la Universidad Federal de Espirito Santo y otra con el Instituto que me hizo el honor de hacerme su socio permanente. Además, trabajar en la playa de Santa Mónica con Nejar, en la traducción avanzada de uno de sus más importantes libros de poemas: A edade da aurora.

A la mañana siguiente, tras admirar el esplendor con que vivía el amigo Berredo, ni millonario ni pobre, me llevó el propio Berredo a la Universidad, donde ofrecí una charla sobre realismo mágico y lo real maravilloso, entre García Márquez y Carpentier, que fue muy bien recibida a hemiciclo repleto, con un buen brindis al final, donde la decana de Letras me ofreció plaza de profesor: “Usted comenzará como lector, pero al año, con su categoría de Doctor, ya estará como catedrático”. Ella dejó aquella propuesta por sentada. Al regreso, Berredo me mostró un apartamento vacío, de su propiedad, me dijo que podría vivir allí, y si me casaba en Brasil y tenía un hijo, con las leyes brasileñas podría llegarse hasta presidente… Creo que los amigos se pasaban de mis expectativas.

También cuando me fui a vivir una semana con Carlos Nejar, para trabajar en la traducción de su libro, él me aseguró tener para mí un “gran futuro en Brasil”, podía comenzar con una plaza de traductor oficial en la Biblioteca Nacional de Rio, ya palabreada por él, o con otras especialidades que yo prefiriera, porque podría viajar el año próximo al país con mis padres, para residencia permanente. Con cuidado de no herirlo, le expliqué al amigo que eso no estaba entre mis planes.

La casa de Nejar, que el llamaba “Paiol da Aurora”, estaba frente al Atlántico en una lindísima playa y es una residencia de dos plantas de agradable confort. La playa estaba solo al paso de la calle y consistía en una suerte de pequeño golfo rematado por arena muy grata… a pesar del verano, el agua estaba bien fría por allí.

Trabajé duro con Nejar, a toda hora del día y la noche. En una semana, el libro quedó listo en su segunda versión ya revisada con el autor, y solo tendría que darle en La Habana la revisión final para dejarlo apto para ser editado, lo que sucedió muchos años después (en Cuba, en 2004, como La Edad de la Aurora. Fundación del Brasil; Nejar hizo otra edición previa en Brasil, bilingüe, que no tuvo en cuenta mi revisión final, sino aquella segunda versión incompleta). Solo tuvimos dos salidas de la casa, porque Nejar y su esposa Elza son maranatas, una iglesia protestante brasileña, proveniente de la Pentecostal reformada. El primer culto fue grato, de iglesia sin paredes, solo separada del medio natural por un techo y una pequeña cerca de ladrillos, adornada con plantas. El culto me pareció un poco como aquellas asambleas de crítica y auto crítica que padecimos en la primera década de la Revolución cubana, de modo que recuerdo a una chica de pie criticándose por haber salido en estado fuera de matrimonio y a sus padres, asimismo de pie, tomando humildemente la responsabilidad del pecado. Luego los esposos Nejar me llevaron a otra convención maranata, en una suerte de enorme teatro, a donde la mayor parte de los fieles concurrían vestidos de traje y corbata, y como era un encuentro de iglesias, debe de haber habido unas dos mil personas allí, contándome a mí, que no sabía qué era ser maranata. El último fin de semana que pasé con los Nejar ya fue de paseo, pues habíamos terminado el trabajo, nos bañamos en una playa muy bonita llamada Guaraparí, cercana a Santa Mónica, un enclave turístico muy concurrido y lleno de tiendas… Regresamos tras un copioso almuerzo de carnes de todo tipo. Entonces Nejar me propuso una beca de la Biblioteca Nacional, cuyo director a la sazón, Eduardo Portela, viajaría a Cuba entre enero y febrero. Nunca jamás vi a aquel señor ni a la famosa beca de traducción. En la casa de Nejar, tras la cena, los esposos se retiraban a sus habitaciones, y yo a la mía, a ver televisión brasileña, que no me dejó para nada complacido.

En la tarde del 8 de diciembre me fui para la casa de Ferdinand Berredo de Menezes, quien vino a buscarme poco después de la hora de almuerzo. En la mañana, conversamos con Nejar y su esposa (abogada) sobre Maquiavelo y sobre pasajes bíblicos. En la casa-apartamento-piso de lujo de Berredo conocí al fin a toda la familia: su segunda esposa, Dulce y sus dos hijas menores de diez años Flavia y Melina, su cuñada Vilma con su hijo Fernando. Nos fuimos a la agencia de Varig a solucionar el problema de mi viaje de regreso “en lista de espera”, el joven funcionario anduvo un poco en su máquina y dijo que ya todo estaba solucionado, nos dio un itinerario de viaje, y salimos satisfechos, luego comprobé en Rio de Janeiro que nos había engañado y no me sacó de la referida lista, por la cual casi no puedo viajar a Cuba días después. ¿Será que los amigos contaban ya con que me quedaría en Brasil para siempre?

Esa noche, Berredo me llevó a una convención de la Academia Femenina de Letras de Espirito Santo, que me resultó sumamente aburrida, llena de discursos, en un rápido portugués brasileño que no siempre podía comprender en su totalidad. Hubo un fino coctel, todo el mundo sumamente elegante, y también recibí deferencias de todos estos gentiles amigos nuevos.

En la noche siguiente,  nos fuimos a cenar con Miguel Tallon, Presidente del Instituto Histórico y Geográfico de Espirito Santo, a quien ya había conocido cuando me hicieron miembro correspondiente. De allí salimos para la casa de Berredo y el muy grueso Tallon (moriría al año siguiente, infartado), volvió sobre el asunto de que me quedase a vivir en Vitoria, pero no se hizo énfasis en ese diálogo ya de asedio cariñoso, y hablamos de poesía francesa y brasileña.

Habiendo cumplido mi plan de conferencias, al día siguiente paseamos y hasta nos bañamos en la playa con la familia de Berredo, quien prefería derretirse en la sauna de su edifico y salir de súbito y lanzarse a la piscina fría. Lo hice con él, me decía que aquello revitalizaba el cuerpo. En verdad, esa fue la tarde de mi conferencia ante el Instituto Histórico y Geográfico de Espirito Santo, con un público todo doctorado, escritores del estado, profesores universitarios… unas cuarenta personas de la élite intelectual del estado. Luego llovió como llueve en Brasil, muy copiosamente, casi sin espacio entre las gotas de agua.

Al día siguiente nos fuimos a una enorme shopping, consumismo desaforado, llena de gentes que compraban de todo. Mis amigos me protegían tanto, que como en Porto Alegre, nunca me pude mover solo para conocer la ciudad, para sentirme un visitante, pues en verdad la vi casi toda en carro, y pocas veces caminé por alguna calle para ir aun sitio predeterminado. Compré algunos obsequios para Cuba, según mis magras ganancias de la ocasión, y al día siguiente partí con Berredo a su finca de reposo, en una sierra colmada de árboles, el mato atlántico brasileiro. Pasé allí los mejores dos días de todas mis estancias en Brasil, bella casa de campo, comedero para todo tipo de aves, colibríes por docenas en los comederos de agua azucarada, pequeña y cómoda piscina y, claro, una sauna. Silencio y soledad. Escribí algunos poemas que luego aproveché para mi libro    Cuerpo del día, entonces en ciernes. Me salió hasta un hai-ku imperfecto, que nunca publiqué: “Los pájaros apenas precisan / ser alas, versos, / canciones de la inmensidad”.

Allí leí por primera vez con detenimiento la gran poesía de Manoel de Barros, su magnífico Libro de las ignorancias; también Berredo me mostró mucha poesía suya inédita, de veras de calidad, a veces de una concisión asombrosa. Como vivió muchos años en Francia en su juventud (y ya tenía entre sesenta y seis y setenta), mantenía un influjo fuerte de la poesía francesa y sobre todo de la japonesa, que leía a través del francés. Buen poeta, mejor que decenas de los que conocí en los festivales de poesía de Bento Goncalvez, Berredo no era un poeta nacionalmente conocido, y tenía méritos para serlo en su obra ya extensa. Había ganado numerosos concursos literarios estaduales (provinciales).

Al regreso, recibí desde Florianópolis por correos un obsequio del escritor Salim Miguel: dos tomos bien gruesos del poeta Cruz e Sousa, de quien habíamos “conversado” en nuestra correspondencia. Eran muy voluminosos y pesados y no podía traerlos a Cuba por mi equipaje, de modo que Berredo los heredó en buena lid. No sin antes dedicarles una sesión de lectura. Salim me sugería que yo podría hacer unos poemas escogidos y traducirlos para Cuba. Desde Porto Alegre me llamó José Eduardo Degrazia, y pude así tener contactos con amigos gaúchos.  Era casi mi día de despedida, por eso hicieron en la casa una muqueca típica y arroz con camarones y vino blanco alemán, y nos fuimos a la playa frente al edificio donde moraba la familia Berredo, nos bañamos, salimos luego al centro de Vitoria, olvido su catedral y el propio medio urbano, pues lo bello de la ciudad es su situación marina, su bahía parecida a la de Rio, y sus magníficas playas, que según Dulce, la esposa de Berredo, se llenabN de “bichas” en las noches, modo de llamar a los homosexuales...

Salí de regreso el 17 de diciembre, me despidieron en el aeropuerto Berredo y su familia, Nejar, y Tallon que llegó con una enorme cesta de bombones y caramelos y mieles y otras golosinas locales, imposible de llevarme, peor algo de lo  mejor puede colar en mi equipaje… al llegar a Rio: desconcierto, Mano Melo, el buen poeta amigo, no me aguardaba ya, mi billete seguía siendo de lista de espera y no me querían embarcar hacia Caracas. Al cabo de dos horas, todo se solucionó y puede viajar no sin preocupación por las horas que pasaría en la capital venezolana, de tránsito, con la inseguridad del billete aéreo. Tampoco hubo problemas en Caracas, salvo un registro a fondo de cada pasajero antes de subir al avión, nunca supimos por qué. Sano, salvo y con experiencias nuevas, llegué a mi ciudad preferida: La Habana, oscura en la noche, pero acogedora siempre. 

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21
Virgilio López Lemus, 2019-10-03
Virgilio López Lemus, 2019-09-15
Virgilio López Lemus, 2019-09-03