Barnet y los peregrinos del alba
Con pies de gato (1993) incluye un «antiguo» poema de Miguel Barnet (n. 1940), que es a todas luces antológico, tanto por su valor poemático intrínseco, como por su tema, que se vuelca en una muy vieja tragedia de las naves negreras, vivida por la Siempre Fiel Isla de Cuba hasta la abolición de la esclavitud, en 1889. Se trata de «Peregrinos del alba», poema en el que el propio título introduce una ironía negra: no podemos considerar a los negros arrancados de sus tierras africanas por la mano esclavista, como «peregrinos», tal y como el término se ha usado en los anales de diferentes comunidades eclesiásticas, cristianas, musulmanas o de otras congregaciones religiosas.
Estos peregrinos viajaron a la fuerza, no sabían a dónde los llevaban, se morían en las apretadas arcas de las naves de fiebres, paludismo, «malaria y el tifus» (dice textualmente Barnet), y sus tragedias individuales conforman una de las aventuras más escalofriantes de la historia nada pacífica de la especie humana. Barnet tuvo la inteligencia de advertir el tema y sacarle su lado lírico: la tragedia, odisea tremebunda que amenazaría con un largo poema épico, se torna diálogo, llamado, coloquio con un «extranjero, tú que no pudiste ver los ahorcados / abuelos, padres, alucinados alguna vez, constructores / del marfil de Ifé o Benin…»
¿Quién es ese extranjero a que apela el poeta? ¿Yo? ¿Tú? ¿Aquel que con el tiempo se convirtió en un lejano señor (o señora) que no puede ni siquiera imaginar los tormentos indecibles de las naves negreras? El extranjero es el receptor del mensaje, el posiblemente pasivo hombre o mujer que escucha el relato y debe imaginarlo en su horror.
Barnet le «habla» a un «tú que puedes imaginar este mar lleno de muertos», con quien establece la complicidad de lo sabido o lo imaginado en calidad de ente solidario. Y digo Barnet, porque el sujeto lírico es compatible con la identidad de autor. El asunto va más allá, porque el «extranjero» se está enfrentando al testimonio de raíz histórica cuando se le dice: «Quiero que conozcas la impiedad del yugo / que te avergüences también / de la sangre aminorada». No establece la identidad del extranjero, pero sí la propia: «En nombre de mis antepasados blancos / yo te hablo». Y en seguida, procede a incorporar al poema una cita, una intertextualidad «En nombre de Canoon, el negrero», por medio de la cual se entera el extranjero y nos enteramos los lectores, cómo el negrero cambiaba en las costas africanas piedrecillas y telas de tafetán por negros y negras fuertes, en tanto ellas ya iban asegurando ser «paridoras». El valor y el precio no coinciden, el negocio de la trata, hoy espanto del pasado humano, establece la diferencia del valor ontológico del ser con su precio como mercancía, y el segundo queda por debajo de toda categorización de una misma especie con diferentes colores en la piel. No es que en el siglo xxi haya desaparecido ya para siempre el comercio de seres humanos, las tratas de blancas, las ventas de niños secuestrados para complacer hogares infelices, arrancados de hogares que en lo sucesivo serán más infelices de lo que fueron quienes no los poseían. Pero el poema de Barnet no entra en tales argumentos, se centra en la trata negrera y viene a poner ojos de espanto ante el dolor de estos hombres y mujeres trasplantados a la fuerza a tierras en las que ni sus lenguas ni sus hábitos reinarían, sino la imposición de la esclavitud feroz y degradante.
El poema hace pensar en la travesía, pide al extranjero que piense en ella, y nos lo pide de manera más indirecta a nosotros los lectores de cualesquiera espacios o tiempos. Hay que imaginar al barco negrero viajando por seis meses con su carga entre la vida y la muerte, la enfermedad y el suplicio de cadenas infernales en sótanos mareantes, fétidos, con seres mal alimentados: «Piensa en la fuerza del mar batiente / y los cráneos amarillos abajo».
Salta, salta el poeta y pide caminar «por una calle cualquiera de mi ciudad»: «y oirás los tambores invocando la oración / y un dios mitad trueno y mitad palma / hablando por los caracoles». La supervivencia de aquella «peregrinación» se transmuta en religiosidad, en culto de música y palabra mágica, de caracoles hablando con voz de los orishas mudos, que solo «hablan» por fragmentos de cocos o por caracoles. La naturaleza conforma al dios que habla, «mitad trueno y mitad palma», en la que el ser mágico interpreta o escruta su destino incierto sobre la faz de la tierra, de esta tierra que es ya la suya, aunque siempre sea una estancia efímera, provisional.
Barnet, el sujeto lírico, pide al extranjero que le permita darle sosiego a sus ojos extenuados, a su mente esclavizada por el remordimiento. El extranjero, el lector, el receptor al cual apela el poeta, debe ayudarlo a dar con una «salvación» e identificar cómo es posible que esta isla (a Cuba ha de referirse), posea estos «peregrinos inaugurando el alba siempre».
¿Qué es inaugurar el alba? Debe ser esencial, porque está consignada en el título del poema. De ella son estos hombres y mujeres tenidos como peregrinos, como venidos de otras tierras y asentados en esta, donde su libertad ahora consiste en identificarse con sus ancestros, con sus creencias, con sus rituales, con una fe invencible ante la batalla diaria, enfrentados al «destino». El alba aparece aquí como esperanza, como promesa, estas gentes a las que el poeta ve con remordimientos raciales, viven el alba cotidianamente, se abren al mundo como sobrevivientes de aquellos que fueron sus progenitores y que vencieron el viaje afrentoso, la esclavitud deplorable, el después de esfuerzo y discriminación y trabajo constante para salir adelante, sobrevivir o sobresalir, pero siempre con un pasado detrás que se halla en la noche, en tanto ellos heredan el alba.
Barnet trajo a la poesía de la corriente coloquialista cubana esta batalla humana, este ser-otro que parte de la etnia, del color de la piel, de la cultura trasplantada y transculturada, para integrarse a una nación mestiza, a un país que ayudaron a fundar. Parecerá mentira, dice en el poema, que esta isla tan sola como llave de un Caribe agresivo, posea una historia sobre todo post colombina, asentada en una violencia que convirtió al hombre y a la mujer sucesivos en algo más que sobrevivientes: en herederos, no precisamente de una cultura de alta economía que los haya exaltado.
«Acompáñame hasta el amanecer», hermoso verso que va más allá de la súplica y se yergue en simbólico destino, afán de hallar un futuro redentor. La carga del dolor ha pasado de las etnias negras llegadas a América a los hombres de piel ¿blanca? (¿Qué es lo blanco? «El color del papel? ¿Quién que es aquel que no tiene un color en su piel? ¿Quién puede ser transparente para ser distinto y puro en materia racial?). El sujeto lírico se identifica (identidad) como descendiente de antepasados blancos, ¿quizás alguno de ellos negrero, cambiador de canicas coloreadas por hombres de trabajo en las cacerías negreras africanas?
Y repito la idea de esa esencia expresiva: traer a la poesía coloquial el testimonio desgarrante de un ayer infeliz que saturó de gentes tenidas por subgentes a este mundo que hoy habitamos, nosotros, quizás los extranjeros del poema de Barnet. Es un aporte esencial de Miguel Barnet a la evolución de la poesía cubana, que no hace concesiones folk, que no busca congraciarse con un «negrismo» ya bien trabajado en la tradición de la poesía insular y caribeña. Su voz es fuerte y precisa. No es la única vertiente de la poesía de este creador diverso y singular, pero quizás sea su vía más sólida, su aporte más cierto, su ventura lírica de conocedor por la indagación etnológica y por la capacidad lírica para expresarla. «Peregrinos del alba» resulta, por ello, más que un simple «ejemplo» de poema representativo de vertiente que no solo Barnet ha practicado. Su carga lírica queda incluso entre líneas, es sugerente, no describe desolación, la hace sentir, la evoca sutilmente, y mira hacia el alba desde la negritud de la noche. El alba, siempre la esperanza, hacia ella todos vamos peregrinando, todos, negros y blancos, todos mezclados, bajo el dios del rayo y de la palma y el de la cruz o el del Profeta… Peregrinamos hacia el alba. Así va el sujeto lírico, así el autor Barnet, así vamos nosotros, lectores intemporales, con nuestra propia particularidad tempoespacial: hacia el alba, hacia la luz, hacia la vida, hacia el reto. Ellos del ayer sufriente y nosotros del hoy no menos doloroso: peregrinos, gentes que solo tienen fe en el alba, camino hacia el alba, salir de la negrura de lo peor de la condición humana.