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Brasil por cuarta vez, 1998

Virgilio López Lemus, 30 de mayo de 2013

El 27 de septiembre de 1998, el poeta Alberto Acosta-Pérez y yo salimos al que para mí sería mi cuarta vez en el lejano Brasil, y para mi acompañante la primera. Nos fuimos al Festival Internacional de Poesía de Bento Gonçalves, Rio Grande del Sur. El vuelo de Cubana de Aviación salió con doce horas de retraso, debido al peligro potencial del huracán George, que en los días previos a ese 27 de septiembre dejaba lluvias y vientos en el occidente cubano. Con un ciclón en las espaldas, llegamos a Río de Janeiro al día siguiente, ya con el billete de avión pasado, lo que fue solucionado luego de varias carreras mías a la oficina de la línea Varig y llamadas a Bento Gonçalves. Llegamos a Porto Alegre a las 2 de la tarde, donde nos esperaba el amigo poeta José Eduardo Degrazia, quien nos condujo a la Rodoviaria y enseguida partimos en autobús hacia la montañosa Bento, capital del área vinícola de la región gaúcha. Sin almorzar ese día, llegamos a Bento a las 6 de la tarde.  Tras hospedarnos en el Hotel Vinocap, en la habitación 803, nos fuimos con Ademir António Bacca, presidente del Festival, a tratar asuntos de organización del evento, y al fin cenamos a las ocho de la noche. Buen día de ayuno para Alberto en su primera y única estadía en Brasil. Menos mal que fue un churrasco.

Al día siguiente tuvimos una entrevista en la emisora local: Radio Viva, de unos diez minutos. Recorrimos esa mañana el centro de la ciudad serrana. Recibimos llamada telefónica del poeta de Espirito Santo Ferdinand Berredo de Menezes, quien nos esperaba en su casa de Vitoria tras finalizado el Festival, o mejor sea dicho, tras mi estancia de una semana en Montevideo y de igual tiempo de Alberto en Porto Alegre, en la casa del poeta amigo Degrazia. El 30 de septiembre concurrimos a la inauguración de una exposición de fotos sobre el Che Guevara. La temperatura disminuyó a 4º C.

Esperamos al día siguiente, cuando en verdad comenzaban a llegar los poetas invitados, seis italianos que yo conocía, poetas visuales y performáticos. La radio Serrana nos hizo una micro entrevista de dos minutos a cada uno. El 2 de octubre nos fuimos a Porto Alegre para participar en una clase del profesor Luiz António Piccoli en la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande del Sur. Hablamos al estudiantado de periodismo sobre literatura cubana, a la par que leímos nuestros poemas. Tras el éxito de la conferencia y recital gratuitos, el profesor nos hizo un paseo en su carro por la ciudad y regresamos a la distante Bento con el poeta Hugo Pontes, ya de años de amistad conmigo. Es uno de los mejores poetas visuales y experimentales del Brasil. Fue también otro día de ayuno, pues en toda la jornada solo tomamos un té de manzanilla.

Estábamos envueltos en las elecciones generales de Brasil, y vimos-asistimos a varios mítines del PT, Partido de los Trabajadores, que llevaba de nuevo como candidato presidencial al más adelante mundialmente conocido Lula de Silva.

Por fin, el 5 de octubre, comenzó el Festival. Casi todo el espacio era para la poesía experimental, salvo los poetas Jordi Villaronga de Cataluña, Luis Eduardo Rondón de Colombia, Alberto y yo, los demás eran poetas de performance, como los italianos, un venezolano muy joven (Yucef Merhi), un argentino, el uruguayo Clemente Padín y un portugués. La apertura oficial se hizo en la Escuela de Agronomía, solemne como suelen ser los brasileños para este tipo de actos, formé parte de la mesa presidencial y tuvimos que escuchar alrededor de siete discursos de personalidades políticas de la región, luego intervino un coro. Tras las palabras del Prefeito de Bento Gonçalves, el Festival quedaba abierto a las sorpresas que se sucedieron. La noche siguiente tuvimos conferencias Alberto y yo, con gran éxito de público y lindos aplausos. Debido a su labor en el Gran Teatro de La Habana, Alberto fue invitado al Comité del Festival de Danza, que se desarrollaba simultáneamente en la ciudad. Asistimos a la noche de gala de «Bento en Danza», con tratamiento de VIP.

El jueves 9 fue la locura del Festival de Poesía: nos mudaron a todos del Hotel, por problemas financieros, o porque llegaban brasileños que tenían reservaciones hechas, y el grupo de poetas salió mal, los llevaron a una casa de campo lejos de la ciudad. Alberto y yo terminamos en una habitación de Hotel sin estrellas, donde no cabíamos él y yo y las maletas. Conocí allí las primeras cucarachas completamente blancas que yo haya visto. Esto hizo decaer al Festival, allí denominado «Congreso Internacional de Poesía», los amigos extranjeros se insultaron, la mayoría se fue de Bento, y quedó un ambiente tenso, pese al lindo paseo turístico «Los caminos de piedra», que nos mostró viejos molinos y residencias campestres de haciendas de la región.

Recuerdo como muy interesante el pueblecito de San Pedro, con un molino impulsado por el agua de un arroyo rápido. Pasamos una buena sesión de charla con un traductor de José Martí al portugués de Brasil, el poeta Sidnei Belmur Schneider, residente en Porto Alegre. Recibí la visita del ex sacerdote y narrador Giovenardi, de quien traduje para Cuba su novela testimonial El hijo del cardenal. Llegó desde Brasilia expresamente para este encuentro de trabajo sobre la traducción.

En medio de los laberintos en que entró el Festival, el profesor Piccoli, agradecido por nuestra conferencia en Porto Alegre, en la que ni cobramos ni comimos nada, nos invitó para llevarnos al lejanísimo Gramado, pueblo o pequeña ciudad sede de un importante Festival de Cine. En la entrada de la villa había un gran letrero confeccionado en piedra que decía «Aquí é Europa», seguramente por la rica colonia alemana e italiana que la habita. En verdad parece Gramado una pequeña ciudad italiana dedicada a su festival y al turismo.

Era la noche del 10 de octubre, se produjo un cierre nada oficial del Festival en una cena, en la que Padín y otros amigos de Bacca promovieron una discusión acerca de lo que había ocurrido primero con el desalojo hotelero y luego con la retirada masiva de casi todos los extranjeros. No fue grata la discusión. Sin glorias y con algunas penas, aquel Festival quizá haya sido el peor que tuvo que enfrentar su presidente y organizador, el amigo Bacca, quien me volvería a invitar en 2012 para celebrar la ocasión del XX Festival (fui uno de sus primeros participantes cuando se fundó), pero no pude asistir por otros compromisos, y por un viaje precisamente a Brasil para la Feria del Libro de Porto Alegre. Creo que Bacca no perdonó mi inasistencia.

Al día siguiente salí para Porto Alegre, donde me quedé en la casa de la pintora Ana Alegría, para luego viajar «de ónibus» a Montevideo. Alberto se quedó en Bento hasta la tarde, en que partiría hacia la casa de José Eduardo Degrazia, para esperar una semana a que yo regresase de Uruguay.

Retorné el lunes 19 de octubre al amanecer, con una hora de retraso. Alberto estaba un poco irritable, en la noche dimos un recital y una charla en una sociedad José Martí de la ciudad, y yo me quedé en la casa de Ana Alegría. Salimos, Alberto y yo, rumbo a São Paulo, para cambiar de avión, sobrevolamos la ciudad y luego permanecimos en el aeropuerto hasta las cuatro de la tarde, cuando nos marchamos hacia Vitoria. Nos esperaba el ex Prefeito de la ciudad, el poeta Berredo de Menezes, y comenzó una etapa mejor de nuestro viaje, un bello acto en la Sociedad Histórico y Geográfica de Espíritu Santo, donde hicieron a Alberto Miembro Correspondiente, como a mí un año antes. Nos quedamos a dormir unos días en la casa del poeta Carlos Nejar. Con él, trabajé un poco en la traducción de su libro de poemas Clarividencia del nunca, publicado en La Habana en el propio año, aunque con colofón de 1997. En la noche nos vino a buscar Miguel Tallon, Presidente de la referida Sociedad, para ofrecernos un churrasco de bienvenida y nosotros, antes, ofrecer una «palestra» a dos voces sobre poesía cubana contemporánea...

El 22 de octubre fue mi cumpleaños cincuenta y dos. Lo pasamos todo el día con Berredo de Menezes y su familia y en la noche me ofrecieron una cena de cumpleaños muy grata. Al día siguiente nos fuimos a la casa de campo de Berredo, que ya había visitado en mi estancia anterior. El clima campestre y el bello sitio entusiasmó a Alberto, quien había más bien sufrido no pocos percances en su única vista brasileña. Le di a leer algunos versos míos escritos en aquellas soledades agrestes: «La alas traen el Reino en el silbido. – La Redención es esto: / estar aquí y ahora siempre renaciendo.» No parece que ninguno, ni estos tres que «salvo», le gustaran mucho.

Nos despedíamos el sábado 24 con una muqueca en compañía de Tallon,  Berredo y sus familias. Un año después aquel alegre Tallon, grueso como pocos, moriría. Nos abrazó con afecto en el aeropuerto local, rumbo a São Paulo, desde donde salimos de regreso a Cuba. No había huracán, pero el avión de Cubana salió nuevamente con once horas de retraso, que disfrutamos casi aprendiendo de memoria el aeropuerto paulista. Sin más glorias ni más penas, concluyó el mes brasileño que de todos modos nos regalamos Alberto y yo. Yo demoraría catorce años en volver. Él nunca más.

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