Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 6:56 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 247 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Rafael Alcides, agradecido como un perro

Virgilio López Lemus, 12 de junio de 2013

Sí, me consta por amistad lo agradecido que es y la calidad de amigo de Rafael Alcides Pérez (1933), mago de la palabra oral y escrita, poeta por excelencia y novelista que un día hallará reconocimiento mayor. Cuando en 1983 publicó Agradecido como un perro, arribaba a los cincuenta años de edad, y se convertía en poeta de referencia para las generaciones nacidas entre 1946 y 1970. Su poema homónimo resulta una obra de arte de la palabra conversacional, propio de la línea emotivo-especulativa o emocional y meditativa que él arropó dentro de la corriente poética comandada por su generación, el coloquialismo.

«Agradecido como un perro» es un poema largo e intenso en el que aparece el sujeto lírico en actitud confesional y a la vez testimoniante, donde incluye la vida social y el curso temporal hogareño, el amor y la amistad (¿o son una las dos?), y sobre todo la calidez de un hombre que se expresa con la piel abierta al mundo, aunque reciba heridas o caricias. Caricias, bueno: eso es lo que desea hacer el poema: acariciar, agradecer, loar al mundo circundante, pase de revista personal con implicaciones colectivas, que consiste en una aventura: la de la expresión libre y honda y sincera del ser, sin juegos sensibleros ni concesiones a la amargura que la vida puede dejarnos al paso.

«Dentro de 3 horas voy a cumplir 44 años», el sujeto lírico es sin dudas el poeta. Se acuerda de sus treinta, cuando creía que la juventud escapaba por los poros del tiempo. Y describe ese choque con el tiempo. La temporalidad, lo efímero que somos, salta del poema como un pequeño suspiro, nada de grito, nada de aterradora angustia. El tiempo pasa: «Fue como si al llegar / a una frontera remota me estuviera despidiendo de mí mismo», lo que constituye en sí un «descubrimiento» existencial, despedirnos de nosotros mismos cada día, en cada aniversario. No nos encontraremos más como hemos sido, no nos veremos más en las mismas aguas, ni siquiera en el mismo espejo tal como fuimos, porque lo que somos es transitorio hasta frente a un espejo.

Alcides dice tanto en este poema, que solo reseñarlo implica rehacerlo. Denso y tierno, se lee como una autobiografía muy sintética en la que los relámpagos líricos nos asaltan: «No estoy alegre pero estoy contento», «No me quejo. Mías han sido el hambre / y la gloria de ya no pasar hambre», «Además del papel del hijo de la cocinera / me dieron un corazón que hoy juzgo demasiado blando». Y esta declaración estremecedora: «Algunos de los mejores amigos de la tierra / los he tenido yo…»

No deseo seguir citando cada fogonazo o iluminación, cada minuto de verso intenso, cada alusión preñada de otras alusiones, alucinaciones, sueños, desvelos, hijos, mujer «propia», llámese en el tiempo Teresa como en la verdad del poema, o Regina en la posteridad de la escritura poemática. Alcides se desnuda. Y no es un poema pornográfico. «Y de esta manera, / yo, el extraviado de otro tiempo / me siento como quien regresa adonde nunca había estado…», extrañeza de estar que experimentó Eliseo Diego, pero que en Alcides se resuelve en necesidad: «…donde sin dudas faltaba, habiendo sido por ello mi aventura / mucho más maravillosa que la de Ulises» Ah, ¿será esto una boutade?, ¿el poeta exagera sobre el granito de ser que es él mismo? Su conclusión temporal parece detenida en un presente alcanzado tras la furia del tiempo: «Es la dicha anunciando que todo un viaje de calamidades / fue para llegar a este día azul».

Muy whitmanianamente siente que sus cuarenta y cuatro años es una edad magnífica. Goza en el poema de la dicha de su edad alcanzada tras tantos traspiés, tras dolores de los que no se queja, tras fracasos que serán el contraste de su éxito: vivir. Y como comienza o termina una oración de iglesia, de creyente solitario en su habitación trémula, el poeta da las gracias. Se las da a sí mismo: «Gracias. Feliz aniversario, padre, hijo, Alcides, criatura mía», en donde el eco de Whitman se atenúa por la extraña gratitud que también pide, anhela: «Nada turbe tu sueño».

Como yo lo conozco un poco (porque quién conoce mucho a alguien, incluso aunque ese alguien sea nuestro más próximo prójimo, nosotros mismos), sé de cierto que tras sus cuarenta y cuatro años, cuando ya lo conocía, la criatura llamada Rafael Alcides Pérez entraría en contradicción con sus agradecimientos, con la mujer y con la historia, con todo lo que seguía siendo él mismo. Pero «Agradecido como un perro» es uno de esos raros poemas en los que el poeta no clama, no llora, no se lamenta, no está triste, no habla con enfado sobre la muerte y la circunstancia de nuestra condición efímera, sino que entona una suerte de Himno a la alegría. Me gustaría oír declamar este poema con esa música de fondo. Son raros los poetas capaces de agradecer y cantar a las plenitudes de la vida, salvo en los mundos del erotismo y de los amores felices, pues incluso en las experiencias de amor correspondido, el dolor humano clava su dardo en la boca del verso.

Es un logro de relevancia dentro de la poesía de la corriente coloquialista cubana, pero es uno de estos poemas raros y antológicos en los que el poeta se siente feliz, su residencia en la tierra no entraña suicidio, sino gratitud, plenitud, confianza en el futuro. Dentro de la larga tradición de la poesía cubana, tan rica en elegías, este poema de Rafael Alcides Pérez, anti elegíaco, es un himno de entusiasmo, del entusiasmo de «un joven con hijas mayores». Quien sea o como sea el poeta y la vida suya «después», no es lo que importa: él ha dejado fijado ante el espejo un rostro que no se transfigura, una suerte de remedo de cuadro a lo Oscar Wilde en que no se envejece, pues el tiempo de la plenitud fue fijado allí, y allí permanece. Narciso se puso de pie desde el borde de la fuente, pero la imagen no lo abandonó: ese es su siempre. Todavía.

«El pasado ya es cine, y por ello, sin rencores», y el futuro no se avizora. El poema es un presente eterno, imagen en un espejo cósmico que parece no cambiar, o, que de hecho, en el poema, ya no cambia: esta es la eternidad del instante. Y esa es la sabiduría del poeta y del poema, ofrecer el testimonio de un instante en el que el poeta siente henchimiento y quiere trasmitirlo, no como diálogo, sino como experiencia en la que todo lo vivido se condensa en la gota del hoy dichoso, sin ayer rencoroso, sin mañana asomado a las puertas de la incertidumbre. Como Samuel Feijóo escribió una vez como advertencia para la lectura de sus versos, digamos: «Cuidado, hay letra minada», tengamos cuidado los lectores y no nos dejemos llevar por la ingenuidad del aplauso, del henchimiento feliz. La mina puede estallar y descubrir entre líneas, lo cual es muy posible, cuánta hondura de tristeza decantada hay en esta alegría, en esta gratitud. Nada es gratuito, ni el hecho de dar las gracias. Damos las gracias porque nobleza obliga. Y «Agradecido como un perro» es primero un texto noble que nos habla de la nobleza del ser efímero que agradece su momento, su instante, y sigue, hacia un sueño (imposible) de perpetuidad.

Oh, sí, hay valores literarios, versos libres, versículos, casi prosa, ritmo, ritmicidad de las ideas, juego de las palabras, arte de la escritura. Hay por debajo el principio de las catedrales góticas, construcciones felices a la vista, grandiosas, pero cuyos entramados constructivos fueron muy complejos. Y Rafael Alcides Pérez construyó su poema al parecer como dicho de un tirón, sin palabras cambiadas, sin arreglos posteriores, sin  alfarería lexical, lírica. Pareciera construido con una sencillez aplastante. Pero doy testimonio de los borradores de Rafael Alcides Pérez, quien hace y rehace y reescribe con angustia hasta en su prosa narrativa, versiona, taladra el idioma, fija términos, cuida sus connotaciones, elige siempre la musicalidad aunque el texto sea muy conversacional, porque el arte de la palabra no es mero diálogo copiado del exterior, sino filtro de poeta capaz de interiorizarse y dejar brotar el texto como una fuente. Como una fuente de aquellas de los grandes parques de las grandes ciudades en que hay toda una arquitectura del chorro de agua. El chorro de voz de Alcides alcanzó en «Agradecido como un perro» su disciplina textual. Tiene que ser armónico, o la propia dicha expresada se corrompe y de pronto, en un fallo formal, se delata la lágrima. La lágrima infinita. Vivir, creer y dar las gracias: eso es este poema antológico de las letras cubanas, que puede pasar por una confesión de hombre dichoso, cuando su trasfondo es la vida en todo su fragor, con todas sus circunstancias y su borde efímero inevitable. Es un poema ancho y largo, dicho (construido) con emoción y largueza de palabra prolija y sincera. La maestría del verso libre de la segunda mitad del siglo xx, sin fácil armazón para el estudio filológico, versológico, preceptivo, se halla en «Agradecido como un perro» con la cualidad de un autor consciente de su arte. No hay palabra festinada aunque pueda parecer festiva. Rafael Alcides Pérez resulta un poeta cuya esencia elevada se distingue muy bien desde esta atalaya de «poema feliz», con el Happy End del cine de los cincuenta. Pero cuidado, que hay letra minada.           

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21
Virgilio López Lemus, 2019-10-03
Virgilio López Lemus, 2019-09-15
Virgilio López Lemus, 2019-09-03