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Fina García Marruz: hombre (y mujer) con niño pequeño

Virgilio López Lemus, 14 de julio de 2013

En el noventa aniversario de la poetisa.

Entre las Poesías escogidas (1984) de Fina García  Marruz (1923), he elegido dos poemas preciosos, el uno humanista y cristiano de hecho, el otro martiano y cristiano de derecho: «Hombre con niño pequeño», y  «Del tiempo largo», respectivamente. Uno solo quiero comentar aquí, y luego del verso final del segundo, tan conmovedor, «Bella es toda partida», paso mis razonamientos al primero, que es un poema donde Fina García Marruz tiene su tono de poeta esencial más en armonía con su legítimo estilo. «Del tiempo largo», bellísimo, elige el endecasílabo blanco muy encabalgado, que le da un ritmo a todas luces intencionalmente cercano a los Versos libres de José Martí, sin dejar de poseer la autenticidad connotativa de la fina poesía de Fina.

«Hombre con niño pequeño» está dedicado a Octavio (Smith), bajo el singular epígrafe de refrán popular: «Cariño de niño / agua en cestiño». No puede pensarse que nos introduzca en un poema para la infancia, porque García Marruz escribe desde un conceptualismo reflexivo y trascendente, se sumerge en el sentido del «servicio», de ser un servidor como don divino, como don de: «El mayor que sirve al más pequeño / es a Dios a quien sirve». Precioso don que no implica servidumbre como rebajamiento, sino servicio de fe, de amor, de maravilla viva que vive para el otro, sin que la mismidad sufra otra alteración que la de la alegría de ser útil.

Claro que «…el pequeño olvida / el niño queda atrás en un recinto encantado», y la precisión del «niño» es aquí imprescindible, porque el mayor que sirve al menor es ambiguo, puede implicar ámbitos de poder (político, económico, jerárquico en cualquier sentido), pero Fina afina su voz para indicar que es al niño que olvida al que se sirve, a ese que no puede decir más unas gracias, sino las que se le inculcan por conveniencia social; el niño que recibe el don del servicio con la dulce ingenuidad, o mejor sea dicho, inocencia, no precisa ofrecer gratitud explícita. Porque es a Dios a quien se sirve. Será El quien recompensa.

«El niño se evapora como un perfume», dice Fina, con la intensidad detenida en esa evaporación, que también es la vida particular de todo ser ante la muerte. Pero en el niño la evaporación está en su inocencia, «y ni siquiera se puede encontrar él mismo». El hilo de Dios enlaza al servido y al servidor, porque «el mayor que sirve al más pequeño / sirve al que no le puede acompañar». Es un servicio sin finalidad de remuneración, de ganancia material para el mayor, quien sabe que el niño necesita de su mano, y se la ofrece. Acto de amor. Servir con tales miras es acción de amor. Acto divino de amor humano.

Las delicadezas de este poema me llevarían a replantear mis dudas acerca de la existencia real de poesías «femenina» o «masculina», mediante una sexualización del hecho poético según la sexualidad (y ni siquiera la «orientación sexual») del emisor, de la o el poeta. La poesía como hecho impregnado en el cosmos, en la materia y la energía, que el ser racional descubre desde su sensibilidad, sensorialidad o inteligencia, no tiene sexo, pero el poeta sí. El poeta es quien plasma la idea lírica que él o ella captan como pararrayos, antenas, microscopio o telescopio  y, como prefería Mallarmé, lo hace mediante el arte de la palabra. El poeta está en relación con la Palabra, el Verbo. Entonces me parece achicar el sentido de un poema (texto oral o escrito) porque este fuese concebido por hombre o mujer.

«Hombre con niño pequeño» es precisamente esto: creación especulativa y sensible de poeta, de poetisa (que el término también me gusta, y no deseo desterrarlo, no es discriminatorio ni despectivo), que advierte un hecho lírico en el mayor que ayuda al menor. La muerte, que Fina García Marruz infiere como «la ida al Padre», no deja las manos vacías al que se marcha y ha dejado su semilla en el niño a quien ayudó, que será adulto que ayudará al nuevo niño presente en la temporalidad. Pero de todos modos Fina anota un «premio», el del amor:

Escucha: un niño, una mariposa,
alguien que va a desaparecer, no se sabe
dónde, te nombra, te ama.

Separo estos tres versos con intención, es este el sentido poético esencial del poema. El adulto que ayuda al ser infantil se premia amando y recibe amor. El amor es un premio al parecer transitorio, ¿también se evapora «como un perfume»? Toda la existencia se justifica por el amor, porque él es la base de la fe, y solo por el amor y la fe el hombre es salvo. Esa salvación poco (me) importa que sea terrena o celestial, paradisiaca o telúrica.

Justifica la existencia a plenitud. «El mayor que sirve al más pequeño» irradia amor en la utilidad de su servicio. El texto de Fina García Marruz es tan polisémico como puede ser todo gran (o pequeño) poema intenso, en el que el poeta dice lo que quiere y los receptores hallan lo que buscan, o se sorprenden hallando otra cosa diferente a la intención de la escritura. El cristianismo de fondo del texto de Fina, puede diluirse en interpretaciones de todo tipo, en las que, sin embargo, deberían converger dos palabras: servicio, amor.

Puede hallarse casi una conclusión del texto en estos versos que el oído afina, porque como en susurro están dichos: «La dádiva de tu tiempo en ese niño / pertenece a lo hundido, a la raíz, / a lo que no tendrá nunca recompensa». Si ya vimos que sí la hay: la recompensa del amor, el mayor que sirve al menor se sirve a sí mismo en el acto de amor, sirviendo a Dio y sintiéndose amado. Idea realmente trascendente, con raíces teológicas y de otras maneras filosóficas, pero también detenida en el desarrollo más armónico de la psiquis. Un verso define este asunto de la «recompensa» posible y plausible: «Su sucesión no la recoge el tiempo.» El poema nos detiene en seco: «no la recoge el tiempo», porque somos efímeros, porque pasamos, porque la recompensa misma se va con nosotros a alguna parte, que es dónde, o a ninguna, que es disolución, Olvido Eterno.

No sobran los tres versos que siguen, pero no los he de citar, el lector debe buscarlos en este grandísimo y breve poema. Para mí el acto poético terminó en ese verso: «Su sucesión no la recoge el tiempo». Será el Padre quien la recoja, será el infinito cósmico quien la grabe, la sucesión del amor del que sirve, que dona su amor al más pequeño, es acto poético por excelencia. La conclusión que Fina García Marruz añade en los tres versos finales, muy bien entramados en el texto, evocan nuestra temporalidad, nuestra fugacidad esencial de seres que vivimos y luego nos marchamos ante el Padre, disueltos en la Tierra, en el cosmos.

¿Cuánto más puede decirnos este poema, este «Hombre con niño pequeño» que rebasa su título? Si dice «hombre» como especie humana, dice mujer con niño pequeño, cualquier ser vivo que, siendo «mayor», sirve «al más pequeño». No se diga que este es un acto exclusivo del ser racional sobre la Tierra, dentro del agua, volando por los cielos azules del planeta. En todos los medios donde palpita la vida: «El mayor que sirve al más pequeño / es a Dios a quien sirve». 

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