Chile por Neruda
Llegué mentalmente confuso a una Santiago de Chile mayor de lo que suponía, diferente a mi imaginación acerca de la capital chilena. Había aceptado, desde la mitad de 2011, ser miembro del Jurado Internacional que habría de otorgar en junio del año siguiente, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Tanto el poeta Alberto Acosta-Pérez como yo mismo, estábamos muy contentos con este asunto, y hacíamos nuestras lucubraciones sobre los tres poetas que yo debería llevar como candidatos. En esto, él enfermó y en solo un mes se le descubrió cáncer pancreático y se despidió de la vida. De modo que cuando por fin llegó el que sería mi primer viaje a la república austral, no estaba en ánimo de serias discusiones para definir quién se llevaría el galardón entre los propuestos, aunque al estar de hecho en el listado el mayor poeta chileno vivo: don Nicanor Parra, poco esfuerzo para el Jurado veía yo de antemano.
El 4 de junio de 2012 salí de La Habana, con escala en Panamá, mediante la línea aérea Copa Airlines, en un largo viaje que supera las distancias hasta Madrid o París. Alrededor de las 8 de la noche, entré a Santiago de Chile, guiado por el joven psicólogo Sebastián Astorga, quien me iba a acompañar en los sucesivos días. Me hospedé en el céntrico y lujoso Hotel Plaza San Francisco, en su habitación 735, y casi de inmediato tras mi llegada, me llamó el poeta Theodoro Elssaca, para que lo acompañase a cenar, lo que hicimos en el mismo Hotel.
En la mañana siguiente, única que iba a tener libre, salí a hacer algunas comprar y cambiar dinero, junto con Alejandro Orta, nieto de Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí, residente a la sazón en Santiago y con quien hice una caminata de alrededor de tres horas, por calles peatonales y sus laterales en el céntrico Santiago de las vecinas peatonales Ahumada y Estado. En la tarde, tras el almuerzo, salí solo y llegué andando por la Alameda desde la Plaza de San Francisco hasta el famoso Palacio de la Moneda. A las 3:30, justo tras almorzar, Astorga me condujo hacia una emisora radial de la Universidad de Chile, donde tuve una entrevista de media hora en el programa de la periodista Julia Lavín «Vuelan las plumas». Lavín tenía dos poemas míos preparados, «El poeta» y «Soledad», los leí y respondí sus preguntas más bien en amena charla. A la salida, paseamos un poco en automóvil por la orilla de los dos cerros famosos de Santiago, el San Cristóbal y el Santa Lucía, este último muy cercano al Hotel, casi al pasar la muy bonita Iglesia de San Francisco, en la cual estuve un rato esa tarde. Terminé el día con otra invitación de Theodoro Elssaca a comer, y nos fuimos a un simpático restaurante árabe con bailarina siria incluida, muy bella mujer con la que nos hicimos algunas fotos. De la cena, ya casi en la media noche, nos fuimos a la Fundación Iberoamericana, que el propio Elssaca preside, y me mostró todas sus dependencias y el trabajo intelectual que allí realizaba, siempre bajo el nombre de nuestro común amigo el poeta español Justo Jorge Padrón.
Ciudad de hormigón y cristal, Santiago está llena de altos edificios, algunos ya rascacielos, sin que se inmute ante la suerte de los terremotos. La desaparición de los grandes predios coloniales y las otrora bellas casas de la Alameda y de sus calles adyacentes, hacen de esta ciudad de unos siete millones de habitantes, casi una urbe europea moderna, o más bien crecida bajo el modelo del capital norteamericano. Al menos es la impresión inicial que recibí, confirmada luego cuando pude escaparme hasta la Plaza de Armas y ver «lo que queda» del bello pasado: una Catedral, más galana por dentro que por fuera, un edificio de gobierno, un museo y algunas edificaciones aledañas que hacen recordar que Santiago de Chile existió en los siglos anteriores.
El día 6 en la mañana, los miembros del Jurado Internacional del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda nos fuimos a la Casa de Neruda en Isla Negra, viajamos juntos el angloespañol Nialls Bins, la argentina Valeria Zurano y yo. Extrañé que no nos acompañaran los dos jurados chilenos, que supe llamados Claudio Bertoni y Pedro Gandolfo, a quienes solo íbamos a conocer el día que nos reuniéramos para decidir el Premio, y no nos veríamos más. No había modo de confraternizar con los poetas chilenos que serían nuestros colegas y de los que yo no había leído ni una línea poética jamás, y seguro igual ellos respecto de mis escrituras. Al menos Nills me conocía de referencias. El recorrido en microbús no me pareció muy hermoso, junio es un mes de intenso frío en Chile y salvo el panorama de la bella cordillera nevada, los sitios por donde pasábamos no eran particularmente bonitos. La llegada a Isla Negra fue curiosa, pues es un poblado que vive de la memoria de Neruda, del turismo internacional, de los muchos que allí llegan para conocer el nido que el poeta se construyó junto a un enfurecido océano, en una playita muy linda, rodeada de piedras por casi todas partes…
Recorrimos sala por sala el raro inmueble, comprobé que más que un coleccionista, Pablo Neruda era un gran compilador de series de cosas, botellas, mascarones de proa, disímiles objetos marinos acopiados en cualquier sitio a donde fuera. Es curioso que para uno enterarse que aquel hombre fue comunista, había que saberlo por anticipado, porque en la larga casa con diferentes niveles, no había objeto alguno que lo revelara, salvo de pronto en un marco de ventana una esfinge de Lenin en metálico, incrustada en la madera. Quizás los celosos organizadores y ejecutivos de la Fundación Pablo Neruda no tuvieron ocasión de retirarla de allí… Ni un solo documento expuesto revelaba sus vínculos con la Unión Soviética y ni siquiera su poemario sobre Cuba, Canción de gesta, aparecía en parte alguna. Doy fe de haber mirado con mucha atención y cuidado cada rincón, cada texto, carta o libro de la casa museo, cada adorno, y me salía a veces del grupo, al que se le explicaba los detalles, para ver yo solo esto o aquello de la gran recolección de objetos nerudianos: mariposas, caracolas, cuadros, maderas… y aquella tabla que recogió venida del mar, y con la que armó un curioso escritorio. Además tuve el cuidado de fijarme hasta en las diferencias del piso, así como en los detalles de los baños hasta notar, como luego verifiqué al indagar, que muchos habían sido reparados o reestructurados a partir de la compra de la casa vecina, que nunca habitó Neruda con su última esposa. La sorpresa antes de irnos fue visitar a la poeta cubana Damaris Calderón, quien acababa de comprarse una casa en la localidad, en pleno campo, y a la que visité por unos minutos. Casi a la salida, estuve un rato junto al mar, me senté en algunas rocas húmedas, y luego nos despedimos todos en la Sala Alberti, con cuadros y reproducciones del famoso poeta español Rafael Alberti, donados para el sitio por su hija Aitana. Todo ello en la casa contigua, donde hay un restaurante, una tienda para turistas y salas de recepción. Hice muchas fotos en Isla Negra, sobre todo en el sitio donde se encuentran sepultados el poeta y su esposa Matilde Urrutia, y en el asiento de piedra donde el poeta se sentó tantas veces a leer, meditar o a mirar hacia el mar.
Al regreso de Isla Negra, tuvimos una cena con el Ministro de Cultura, cuyo nombre se me ha quedado fuera de recuerdo. Al día siguiente, en la mañana, él mismo presidió la sesión del Jurado en la casa santiaguina de Neruda, La Chascona. Al paso por la calle Pio IX rumbo a La Chascona, descubrí un establecimiento con gran nombre «El Malecón de La Habana», no pude discernir si se trataba de un restaurante.
La reunión comenzó por la postulación de los doce nominados, tres por cada uno de los cinco poeta, lo que hacía evidente que al menos tres nombres coincidirían con dos votos de entrada. Sobresalió desde el principio el de Nicanor Parra, a quien el año anterior le habían otorgado el Premio Cervantes en España y que estaba nominado al Nobel… Precisamente la presidencia de la Fundación no se hallaba presente, porque estaba en Suecia, en una exposición y en ciclos de conferencias promocionales sobre la obra del antipoeta, ya de 97 años de edad. Se perfiló enseguida que tendría tres votos seguros, pero pasamos a una segunda vuelta donde quedaron como finalistas el propio Parra, Ida Vitale y el también chileno Zurita. Cuando nuevamente tuve la palabra, decidí la discusión pasando mi voto con elogios al indiscutible autor de Poesía y antipoesía, no sin antes pedir al menos una aclaración sobre su enemistad circunstancial con Neruda, lo que fue resuelto satisfactoriamente por el propio Ministro, por uno de los miembros del Jurado que traía un poema de Neruda dedicado a Parra en los años sesenta, y por Bins, quien leyó un artículo apasionado de Parra ante la muerte de Neruda. Solo faltaba el voto de la joven poeta argentina, quien ante la evidencia, se sumó para lograr la unanimidad en pleno mediodía y pasar a la conferencia de prensa, que también presidió el Ministro.
Un periodista de El Mercurio me preguntó que cómo había votado yo por Parra, conociendo sus viejos incidentes relacionados con Cuba y su Revolución («Cuba sí. / Yanquis también», llegó a escribir en uno de sus «artefactos»). Le respondí que se trataba de asuntos muy viejos que ya eran parte de una historia superada, que Parra es muy conocido en Cuba, donde tenía muchísimos lectores, y que yo no estaba allí para ser mezquino. Así mismo salió en la prensa al otro día, pero el periodista debe haber olvidado que también le dije que era penoso que no hubieran premiado al gran poeta ya antes, en una las siete ocasiones del certamen. Es una verdad que sigo afirmando. Parra sigue siendo uno de los mejores poetas vivos de la lengua española, ahora que se aproxima a su centenario.
Finalmente, hicimos un excelente recorrido por La Chascona, que Matilde Urrutia había organizado ya casi como el museo que ahora es, y donde ella valientemente veló al gran Neruda muerto en los días posteriores al golpe de Estado pinochetista. La Chascona sí revelaba en algunos rincones la militancia política de Neruda, pero lo que me impresionó más, incluso que las numerosas obras pictóricas de las paredes, fueron la fotos de Rimbaud, Baudelaire y Whitman, repetidas en varios sitios de la para mí extraña arquitectura residencial. Se me ocurrió preguntarme allí mismo por qué aun el aeropuerto internacional de Chile no se llama Pablo Neruda.
En la noche, Nialls Bins y yo hicimos un recital poético en la Sociedad de Escritores de Chile, donde además ofrecí una conferencia sobre la décima en el entorno hispanoamericano. Muy amable allí la anfitriona y escritora Ximena Troncoso, y tuvimos una bella noche entre escritores y poetas chilenos. Ya acostado en el Hotel, sentí un pequeño temblor de tierra. Al día siguiente, Bins, Valeria y yo dimos un recital en la Pontificia Universidad Católica de Chile, fueron muy amables conmigo con un aplauso muy cálido y algunas preguntas inteligentes y, tras el recital, la Jefa del Departamento de Literatura, la poeta María Inés Zaldívar y el Decano José Luis Samaniego me invitaron para que el año próximo, o sea, en 2013, dictara cursos en su Facultad de Letras. El recital fue muy concurrido, muy agradable. En el mediodía, media hora antes de salir para la Universidad, conocí al señor Hugo Montes, distinguido profesor y ensayista, de quien había leído uno de sus volúmenes sobre poética, y al que cité ampliamente en mi libro Aguas tributarias, que le obsequié. Hombre de más de ochenta años, tuvo para mí la proverbial gentileza de los chilenos.
Al amanecer del 9 de junio, salí del Hotel rumbo al aeropuerto y esa misma noche llegué a mi casa. La palabra «casa» me hizo recordar durante el vuelo de regreso que nunca fui invitado a formar parte del Jurado del premio Casa de las Américas. ¿Cuántos cubanos han sido o serán jurados del Premio Neruda? No lo sé. No es conteo que me competa, pero fue sinceramente hermoso haber estado en Santiago de Chile por primera vez, bajo la advocación de uno de los grandes poetas de mi juventud, cuya poesía figuraba entre mis lecturas predilectas cuando yo tenía entre veinte y veinticuatro años de vida. Santiago de Chile y la casa de Neruda en Isla Negra eran dos viejos sueños, dos sitios que necesitaba conocer.