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Raúl Hernández Novás: veinte años después

Marilyn Bobes, 21 de agosto de 2013

Veinte años después de que el poeta Raúl Hernández Novás decidiera quitarse la vida, atormentado por una realidad que lo despojó hasta de sus motivaciones literarias, algunos discuten el lugar cimero que le corresponde dentro del movimiento renovador que caracterizó a la poesía cubana de los años ochenta.

Por ello, me parece un acto de justicia el homenaje que recientemente le tributaran la Unión de Escritores de Artistas de Cuba, la Casa de las Américas y las revistas culturales Vivarium y Videncias y al que asistieron algunos de sus más cercanos amigos e imprescindibles estudiosos de su obra.

Quizás, a algunos de los más jóvenes les resulte poco novedosa la manera en que Hernández Novás supo recuperar en sus textos una línea de la tradición lírica cubana opacada en los años setenta del siglo pasado por la irrupción del conversacionalismo y la antipoesía.

Pero para los que en aquellos años seguíamos todavía los rasgos esenciales de estas dos corrientes, matizadas, eso sí, por una mayor presencia de la subjetividad y del espacio privado en nuestros versos, el inesperado rescate que realizó este poeta del legado de Orígenes fue una aventura que marcaría a muchos de los que le sucedieron y que pasaría a la historia de la poesía cubana, como un rasgo definitorio de la línea demarcadora entre la promoción de los sesenta y la que le sucedería, mucho más diversa estilísticamente de lo que la crítica ha querido reconocer.

Tal vez la misantropía de Raúl y su hábito de vivir dentro del arte y la literatura desde épocas muy tempranas, le confirieron una formación que lo alejó siempre de las modas y lo hicieron trascendentalista, no solo a la manera de Orígenes sino también a la suya propia.

No descartó elementos bien asimilados de toda la cultura occidental y también de la oriental y amalgamó en sus textos la tradición hispánica con elementos de la música pop o del neorrealismo cinematográfico  italiano, a la vez que cultivaba la temática social de una manera sui géneris, alejado de los estereotipos y con una sinceridad poco común en un contexto caracterizado por la proliferación de autores que abordaron el tema de manera epidérmica y superficial.

Calificado por muchos investigadores de su obra como uno de los mejores sonetistas de la poesía cubana, Hernández Novás se expresaba lo mismo con absoluta claridad que apelando al barroquismo y al conceptismo, sin que en ningún momento sus recursos expresivos opacaran su intensa sensibilidad, tal vez la misma que no le permitió superar las dificultades de su propia vida ni las patologías siquiátricas que lo acosaron desde la infancia.

Recuerdo a Raúl Hernández Novás como un joven apocado, gentil, incapaz de herir a ninguna persona con agresiones verbales o ironías descalificadoras.

Siempre sumergido en los libros, atento a la programación de Cinemateca de Cuba, indiferente a la vida bohemia, que por entonces algunos de nosotros llevábamos, Raúl Hernández Novás vivía para la literatura.

A veinte años de su desaparición voluntaria, situarlo en su justo lugar es el deber de nuestros críticos y homenajearlo la mejor manera de que su recuerdo perdure.

La recuperación del legado que parecía tabla rasa a los conversacionalistas de finales de los setenta bastaría para concederle su papel de innovador respetuoso, la originalidad que veinte años después de su muerte habría que buscar no en lo que se escribe en el siglo XXI, sino en el contexto en que apareció aquel libro  tan diferente que fue Da Capo.

Lo cierto es que, veinte años después de la tragedia la poesía de Raúl sigue constituyendo, en mi opinión, un referente insoslayable.