Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 5:10 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 247 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Roberto ¿Y Fernández? Retamar

Virgilio López Lemus, 10 de septiembre de 2013

En las «Coplas» por la muerte de su padre, Jorge Manrique creció para varios siglos. Allí dejó este recuerdo inmortal: «Aquel de buenos abrigos, / amado por virtuoso / de la gente, / el maestre don Rodrigo / Manrique, tanto famoso / y tan valiente… // amigo de sus amigos // No dejó muchos tesoros / ni alcanzó muchas riquezas // vino la Muerte a llamar / a su puerta, / diciendo: “Buen caballero, / dejad el mundo engañoso…”». Siglos después, dos poetas colmarían sus obras poéticas con sendas elegías ante el dolor de la muerte paterna: el cubano Eugenio Florit con su «Conversación a mi padre», y el mexicano Jaime Sabines con «Algo sobre la muerte del general Sabines». Del primero se destaca su nada esotérica conversación con el padre fallecido: «Y seguimos viviendo todos / y ya ves, recordándote todos los días. Y decimos: este postre le gustaba, / y caminaba así, porque siempre iba aprisa, / y una vez se afeitó el bigote / y se lo volvió a dejar enseguida», y del segundo el coloquio reviste semejante intensidad: «Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas / por eso es que este hachazo nos sacude. / Nunca frente a tu muerte nos paramos / a pensar en la muerte, / ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría».

Hay que decir que, tristemente, la muerte del padre ha ofrecido espléndidos dividendos líricos, poemas de alto rango en la poesía de lengua española. La corriente coloquialista cubana alcanzó su mejor quilate con «¿Y Fernández?», texto entre los mejores de los no pocos valiosos dentro de la obra de Roberto Fernández Retamar (1930). Lo distingue un lenguaje preciso, llano, sin rebuscamientos metafísicos, sin dobleces filosóficos y con matices elegíacos casi escondidos en la anécdota, o en un recuento de vida. Los tres antecedentes anteriores que anoto, al menos, debieron sin duda ser conocidos por el poeta, pero su testimonio, confesional a veces, es de absoluta sinceridad, y su originalidad consiste en incluso hallar las imperfecciones paternas y las rudezas masculinas de un trato «a la cubana» entre padre e hijos.

Podría decirse, casi en broma, que «¿Y Fernández?» es el «Niágara» de Retamar, en alusión al texto de José María Heredia, que debería ser tenido como el gran poema antológico de la poesía romántica hispanoamericana.

Con los antecedentes referidos (y solo me detuve en Manrique, Florit y Sabines, otros textos pueden asociarse a este entramado lírico, como alguno de Jorge Luis Borges…), Retamar tenía ante su escritura el hecho de la llamada originalidad, hacer de su poema algo suyo, un testimonio que a la vez tuviese ritmo confesional, que aun siendo un poema de intimidad filial, a la par vibrase en sazón colectiva. Lo consiguió, brillantemente. No solo es un poema muy emotivo, sino también de sutil intelección. El yo, sujeto lírico, se identifica fácilmente con el poeta por su condición autobiográfica, por el relato nada subliminal, objetivo y realista y que adquiere ese tono lírico elegíaco que caracteriza al texto. La elección de un verso libre largo, firme pero rítmico, delata el interés formal y el cuidado expresivo que se usa con el tono conversacional. Pareciera una carta. Pareciera una contrición de carácter filial, en la que el poeta precisa acercarse al padre en su hora final y entenderlo, porque poco entendimiento precisa en el propio texto, en las circunstancias vitales.

¿Y Fernández» resulta un texto crítico, autocrítico incluso, sin que la piedad logre ver idealizado al padre. Lo singular es que el testimonio se vierte en una ternura sublimizada que a veces aflora, como acontece tras la muerte de la esposa de Fernández, madre del poeta, a la que le hombre no fue fiel, pero sí profundamente leal (las entretelas del amor conyugal tiene esas ¿contradicciones?), y a la que tanto amó, que a su muerte:

Para aquel trueno, toda la vida perdió sentido. Su novia
De la casa de huéspedes ya no existía, aquella trigueñita
A la que asustaba caminando por el alero cuando el ciclón del 26;
La muchacha con la que pasó la luna de miel en un hotelito de Belascoaín,
Y ella tembló y lo besó y le dio hijos
Sin perder el pudor del primer día…

El amor profundo de aquel «trueno», bebedor, fumador y lector infatigable, rudo con sus hijos, lo redime en la dimensión de un Romeo, o mejor, de un hombre lleno de contradicciones «machistas» y de ternura oculta. El retrato de Fernández se sublima en los últimos versos, en los que entonces aflora el amor del hijo:

Casi en las últimas horas, me pidió que le secase el sudor de la cara.
Tomé la toalla y lo hice, pero entonces vi
Que le estaba secando las lágrimas. Él no me dijo nada.
Tenía un dolor insoportable y se estaba muriendo. Pero el conde
Solo me pidió, gallardo mosquetero de ochenta o noventa libras,
Que por favor le secase el sudor de la cara.

El cáncer de pulmón se lo llevaba. Antes, el hogar iba como esfumándose, los hermanos en torno giraban a distancia. El poeta pudo ser el preferido, pero parecía que amaba más al otro hermano, «el más inteligente», el que debía en verdad ser el poeta. «…qué manera más rara de preferir». Aquel hombre de varias amantes, suerte de Conde de Montecristi, raro centro de hogar en torno al amor de una sola mujer, aunque tuviese muchas, opera en el poeta recuerdos intensos, nimios, detalles, y el conjunto arma una elegía diferente al tono de queja o a la elevación metafísica o religiosa.

No sabrá decir si «¿Y Fernández» es un texto «realista», porque en medio de una elegía hay epos, hay relato, hay sinceridad y objetividad de asunto. Sin interés de glorificar al fallecido, la ternura ocupa el espacio central para omitir la conmiseración, el lamento, el llanto por la muerte del padre. No se filosofa acerca de los caminos que van a dar a la mar que es el morir… tampoco se da demasiada noticia contextual, como en el poema de Florit, aunque una sutil psicología prende en los versos como un fuego de comprensión, y si no media la palabra «perdón», tan henchida de la religiosidad cristiana, el poema todo es una suerte de disculpa o de ajuste de cuentas con un padre que arecía no amar, que adoptaba el machismo esencial del «duro», del desprovisto de lágrimas, del ajeno al sentimentalismo. Un poema elegíaco sentimental hubiese sido un despropósito. Retamar sabe resolver el asunto con maestría. Por eso su texto supera el lenguaje conversacional inmanente en la circunstancia, para dejar una subliminal sensación de piedad. Aunque la piedad no se precisamente su propósito.

«¿Y Fernández» trae una afirmación capital que tantos hijos hemos sentido antes y después de ella: «…Todavía era mi padre, pero al mismo tiempo / Ya se había ido convirtiendo en mi hijo», sensación que yo mismo sentí apasionadamente cuando mis padres, ambos, llegaron a una senectud crucial, totalmente inválido él, como un bebé; difícil, bajo la demencia senil, ella. Los hijos amantes sabemos de estos desgarrados y sutiles versos retamarianos.

Mucho más que decir. «¿Y Fernández» se torna un poema de multitud de connotaciones, asociaciones, cercanías, distancias, y apela a la emoción antes que a la reflexión, sin omitirla. Pensar emocionado que se presenta en un poema ni breve ni demasiado largo, en que los efectos expresivos connotan diversas lecturas, lo que lo convierte en un texto plurisémico aun siendo tan directo y franco. Cada lector ha de sobreponer al poema su propia experiencia en el mundo hogareño matriz.

Esa madre que llenaba a sus hijos «de una rara mezcla de admiración y de orgullo, y también de vergüenza» es el otro «personaje» del trasfondo poemático. Tres personas crecen aquí: el hablante, el padre como motivo y centro elegíaco, y la madre, casi en el trasfondo, pero con el decisivo papel de ofrecerle al poema la mejor respiración, el matiz de ternura, el trasfondo de doble canto por la muerte de él, pero también de ella. 

Roberto Fernández Retamar supo que ayer es hoy, que el ayer se sublima ante la desaparición de quien lo vivió, y que lo que ya no existe guarda sus efectos por muchos años, mientras alguien vibre en su recuerdo. En el texto, no hay cadáver para venerar sino vida sustancialmente vivida, padre que se hizo a sí mismo y dejó su huella en sus hijos. Continuidad. El sentido dialéctico del texto se ofrece por el sujeto lírico, es él quien «inmortaliza» escenas, quien parecería deus ex machina capaz de juzgar y de sutilmente perdonar. La complejidad del texto se encuentra más en ese entramado ideopoético que en sus formas, también aparentemente sencillas, pero hijas de la experiencia comunicativa, de muchos años de praxis creativa. Como querría Rubén Martínez Villena, Retamar ha logrado una «elegía diferente», y su valor dentro de la tradición de la fuertemente elegíaca poesía cubana es innovador y líricamente intenso.

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21
Virgilio López Lemus, 2019-10-03
Virgilio López Lemus, 2019-09-15
Virgilio López Lemus, 2019-09-03