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Chile universitario (II Parte)

Virgilio López Lemus, 23 de septiembre de 2013

La Universidad Católica de Chile posee una organización y respeto profesional a mi gusto. Al menos en el sector que me tocó trabajar: rigor académico, consagración a la enseñanza con relativa libertad profesional, respeto hacia su claustro, y un tranquilo movimiento en que las proverbiales envidias, celos o pugnas se atenuaban hasta no ser reconocibles fácilmente. Menos por un extranjero. Recibí allí un respeto por mi profesión de escritor y por mi labor profesoral, como no lo había conocido en mi propio país, salvo el año casi completo que trabajé en Rouen entre 2008 y 2009. Quizás nadie sea profeta en su tierra. Pero no me conformé con quedarme solo asistiendo a clases, con mis cincuenta y cuatro jóvenes, muchos brillantes, y extendí mi presencia en Chile a otros ámbitos.

Recuerdo la mañana en que me subí a una ladera del Cerro Santa Lucía, para ver pasar en pacífico y alegre desfile a decenas de miles de estudiante santiaguinos, protestando por el estado y carestía de la educación, y a grupos no estudiantiles, como los mapuches, cuya representación desfiló con un conjunto musical y danzario folk, que fue lo espectacularmente más lucido de aquel espectáculo de filiación política. Dos señoras pasaron con un gran cartel, a mi juicio no creo que fueran exactamente señoras, y que decía: «Y Dios creó a las tortilleras y a los travestis». Cada cual con su consigna. Al final, los «tradicionales» encapuchados se lanzaron contra los carabineros, y el desfile pacífico terminó en riña tumultuaria y chorros de agua que no alcancé a ver, para mi bien.

En este lapso visité, por invitación, la Universidad de Concepción. El Dr. Edson Faúndez me ofreció la oportunidad, en coordinación con mi amigo el poeta Omar Lara, para ofrecer allí una conferencia sobre el ámbito idiomático de la décima. Si bien no hubo una amplia concurrencia, esta fue de calidad, y discutimos algunos asuntos de esta estrofa capital en la literatura oral chilena y de la lengua española. Claro que el nombre de Violeta Parra vino a colación, una semana antes yo había visitado su tumba, con arrobamiento, en el Cementerio General de Santiago, y me quedé conmovido por la sencillez del cuadrilátero de tierra en que aquella enorme mujer había quedado encerrada.

En Concepción me hospedé en el buen Hotel El Araucano, junto a la Plaza de Armas, siempre concurrida; visité en dos ocasiones a Omar Lara en su casa (frente a un bello lago, no distante de la desembocadura del Bío-Bío) y una en su Librería, tuve ocasión de ver Concepción en su centro y en sus alrededores, y quedé admirado por sus calles rectas y amplias, su limpieza, y el ánimo de sus habitantes, que caminan provincianamente, o sea, mucho más sosegados que en el fragor de la capital, de la gran Santiago, en la que Concepción cabría unas ocho veces. Con todo, es la tercera ciudad del país si contamos el conglomerado Valparaíso-Viña del Mar como el mayor de Chile tras Santiago. Todas estas ciudades chilenas poseen la plaga de los grafitis en paredes de edificaciones, que afean enormemente el entorno. Si al menos fueran artísticos, que los hay. Otra plaga es la de los perros sin dueños, grandes canes que asustan pero son mansos, y duermen en la propia Plaza de Italia de Santiago, o se agrupan en las faldas del Cerro Santa Lucía… No vi tantos en Conce, como dicen los chilenos.

El eficiente servicio de aviación, metros y buses, mantiene comunicados a los santiaguinos y extranjeros con los principales enclaves citadinos y de todo el país. Me embarqué hacia Concepción desde el aeropuerto, al que fui en metro y luego en bus, rápida y cómodamente. Para ir a Valparaíso, puede uno bajar del metro en Estación Central o ir hasta la estación de Pajaritos, y allí abordar un autobus que sale a cortos plazos, y conduce a la joya arquitectónica citadina de Chile, la legendaria Valparaíso, el Puerto, por donde en su momento arribó Rubén Darío antes de escribir su Azul, y que fuera el enclave portuario más importante del Pacífico sur americano antes del surgimiento del Canal de Panamá. Lo más peculiar de esta ciudad es su parte llana junto al puerto, y la elevación de los poblados cerros, en los que hay plazas, edificios y paseos bellísimos, como el entorno del Paseo Yugoslavo. Muy arriba se encuentra La Sebastiana, tercera casa de Neruda que visité, esta vez para ofrecer allí una charla en encuentro con un grupo de poetas. Conversamos hasta las diez de la noche en un ambiente gratísimo, propiciado por el poeta y funcionario de la fundación Sergio Muñoz, con quien quedé por hacer la lista de los presentes, que en otra ocasión mencionaré, por su interés real. 

Me gustó mucho esta casa nerudiana, de laberinto como todas las suyas, pero allí en espiral ascendente, con lindas salas, bonito dormitorio, y vista general de Valparaíso, y más allá, hasta Viña del Mar. La Fundación Neruda seguro ha guardado todas las pertenencias de referentes políticos del poeta, como en las otras casas (Las Chascona de Santiago, y la de Isla Negra), y más bien se halla en la visita un sitio ameno y bello donde bien vivir. En La Sebastiana hablamos de poesía, de sus técnicas de escritura, de diversas poéticas, de la sorpresa del texto escrito. Me fui a dormir a un hotelito muy simpático a menos de cien metros de la entrada de la casa museo, y frente al Parque de los Poetas, donde se hallan esculturas de Huidobro, Gabriela y Neruda. Claro, me hice fotos con aquellos testigos mudos de los que fueron ardientes y polémicos poetas.

Semanas antes había dado un lindo paseo como de turista por la bella Valparaíso, esta vez me fui directo al amanecer a Viña del Mar, tan pegadas las dos ciudades que ya son una. En Viña aprecié el conglomerado de edificios que no me decían mucho, una linda iglesita donde se bautizó un santo chileno, canonizado por Juan Pablo II, y sobre todo el jardín del palacio junto al anfiteatro enorme donde se hace el Festival Internacional de la Canción, tan célebre desde mi juventud. Me gustó sobre todo el jardín, lleno de piedras con poemas, incluso uno de Nicolás Guillén, varios de Gabriela y Neruda y de poetas locales. Pero no estuve mucho en la ciudad, no me decían casi  nada los cúmulos de edificaciones, y volví a la entrañable Valparaíso. Como era domingo, me adentré en la feria de ventas en la calle Argentina. No compré nada, solo me sentí bien anónimo entre tanta gente y sitios de venta. Aproveché para recorrer un poco más a la Valparaíso llana, meterme por sus calles y ver sus edificios, muchos de los cuales me recordaban a La Habana, Cienfuegos o Camagüey.

Regresé a Santiago en la tarde del domingo, y comencé, ya en junio, a preparar exámenes para cincuenta y cuatro jóvenes de mis dos cursos universitarios. No desaprobé a nadie al examinarlos, solo dos que no se presentaron y otros dos de los que no supe nunca, pues asistieron muy poco. Merecían una buena calificación, porque todos aquellos jóvenes me ofrecieron su real interés, cosa que un profesor siempre nota en los rostros y en el trato de los estudiantes. Me fue un poco difícil explicarles la evolución de la poesía de lengua inglesa del Caribe insular, debido a la poca documentación que tenía allí. Llevé a Chile gruesos volúmenes y antologías poéticas, que tuve que traer de nuevo a La Habana, a pesar de que pesaban mucho, junto a los abrigos de rigor para soportar el otoño y el inicio del invierno del hemisferio sur.

Disfruté de buen cine en Santiago, las Salas de los multicines Hoyts son muy cómodas y puede ver en 3D Ana Karenina, El gran Gatsby, otros filmes interesantes y una nueva versión de Supermán, héroe de mi infancia por medio de los comics, que no me iba a perder. Me divertí verdaderamente con la trama de El hombre de acero, un super Superman de calidad fílmica, para un cine de pura diversión.  No termino con Chile, mi rica experiencia de cuatro meses en el país austral me dejó el cerebro henchido de recuerdo. ¿Una tercera parte? Quizás.
 

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