El logos imperial
Todo logos se funda en un centro de poder, aparece como portador esencial de una verdad o, al menos, de una conducta verdadera por naturaleza; sustentador, en fin, de un constructo ideológico sintético.
El máximo esplendor de la filosofía griega consistió en el establecimiento de una seguridad para la polis rectora. Esta seguridad estaba sustentada por un logos largamente desarrollado, conformado en un proceso cultural que acumulaba un sinnúmero de herencias para sintetizarlas en un modo propio. Constituía, ella, el camino a seguir hacia la civilización. La ciudad como centro concentrador, como modelo sintético de los contenidos ideológicos que sostenían e impulsaban la etapa evolutiva. Pero tanto la tecnología como la acción militar van a desplegar la acción del Imperio romano sobre los territorios bárbaros y se emprenderá, entonces, un amplio y más dinámico proceso de asimilación. Zea escribe:
La lengua latina, lejos de ser un instrumento de discriminación, es un instrumento de asimilación. Por ello, del latín se derivarán los idiomas de la Europa que surgirá después de siglos de las supuestas ruinas del Imperio Romano. Roma dará contextura al idioma y a la cultura bárbaras que, así, dejan de serlo. Su orden legal será el meollo del orden sobre el cual se alzará el orden del que surgirán las naciones europeas. Se deja de ser bárbaro no porque se habla bien el latín, sino porque se es parte activa del orden expresado en el derecho romano. La ciudadanía que Roma otorga a los hombres de los pueblos por ella colonizados rompe el calificativo de bárbaro.1
Un imperio se expande, principalmente, con soldados. Tersites, por fin, multiplicado en la conquista. Ello conduce a transformar el logos original, la manera esencial de la expresión, la palabra unida por la razón, sustituida por la razón de la ley, por la verdad de la dominación, por la palabra que encarna el orden. La expansión, el acceso a nuevos territorios, la explosión geográfica, ponen en funcionamiento procesos diversos de sincretización.
El ciudadano ya no es tanto el habitante de la ciudad como el que reconoce a la ciudad expansionista como rectora de su espectro político, como portadora de la palabra legal que, a un tiempo, lo oprime y lo protege, y de la esfera oficial de la lengua, de la cual depende para su estatus de ciudadanía. «El logos como ley —opina Zea—, como derecho, en Roma trasciende la discriminación cultural impuesta por el logos griego».2 El dominador, contaminado ya por militares y agentes de otra índole de procedencia dominada, subalterno aún, está más necesitado de abrirse a la sincretización. El simple, seguramente útil guerrero —o no tendría sentido arrastrarlo a la invasión—, más dotado para recepcionar y transmitir que el divino portador de la aletheia, es el agente encargado de la transmisión. «Ya no serán bárbaros los que se expresen mal en griego o latín y ponderan otra concepción del mundo y de la vida y, con ella, otros hábitos y costumbres». Esto es, la barbarie está altamente compulsada por un comportamiento sociocultural. El intercambio directo entre individuos hace de ese soldado, no solo el portador natural de los elementos culturales, sino, además, su transmisor y retroalimentador más inmediato. «Bárbaro será el que esté fuera de la legalidad, el derecho que da sentido a Roma y a su imperio. No importa la raza ni la cultura, sino la capacidad de servir al imperio, de actuar en relación con sus intereses».3
Al decir que no importa raza ni cultura, Zea comprende una denotación de procedencia, un referente histórico anterior que lo obliga a transitar por esa aparente contradicción. Los conceptos de raza y de cultura arrastran, irreparablemente, sus prejuicios, y desde ese mismo arrastre, conforman las bases ideológicas del logos cultural. No solo hay una lengua preponderante, sino también una conducta ante la sociedad, con responsabilidades allí donde imprescindibles se hacen y con numerosas impedimentas de tipo legal, o económico, o de comportamiento estandarizado. Así, la relación sociocultural, de conjunto con la comunicación inmediata en ese esfuerzo de integración de los servicios al Imperio, diseña la nueva ciudadanía y permite vislumbrar, además, una proyección esencialmente cultural de ese intercambio. A propósito, Zea apunta que:
la ciudadanía romana, la humanización por excelencia del hombre de esos tiempos, puede ser adquirida por el bárbaro porque ésta, de acuerdo con tal concepción, no existe. La ciudadanía la otorga Roma a quienes mejor le sirven y guardan las fronteras de su imperio, tal y como el ciudadano griego guarda el orden de la gigantesca polis, la gran ciudad. De civitas se deriva el derecho a la ciudadanía, el derecho a pertenecer a la ciudad de Roma, a su imperio.4
De ahí que Marco Aurelio, por ejemplo, defendiese la ley que permitía a militares de servicios destacados la participación política y la asunción de cargos, sin que importara su procedencia étnica, cultural o gentilicia.
En el deterioro de ese orden ciudadano, operan los sincretismos necesarios para que las costumbres, el pensamiento y las obras mismas procedentes del logos se transformen. La epopeya de la guerra de Troya sustituye a la representatividad de los rituales litúrgicos. Viene, desde luego, de los sectores de marginación, pues la cristianización se ha apoderado del vacío de poder que va dejando el Imperio en decadencia. «El mundo externo, el mundo de la periferia, el mundo al margen del imperio surge amenazante ante el ya obsoleto orden legal creado por Roma. Lo externo, lo confuso, la barbarie, parece poner fin al viejo logos como cultura y derecho».5
Esa serie de valores, esos ideologemas que estuvieron en la Antigüedad en la misma esencia del logos, van a acceder, mediante la sincretización, a la discursividad del marginado. El centro de poder aún sintetiza, pero la expansión lo obliga a viajar hacia la periferia. La formación de ese logos europeo se conseguirá a partir de procesos de transculturación en cuyas bases quedan afianzados los prejuicios que legitiman el control social bajo definición clasista.
Esa ciudadanía imperial lleva, no obstante, el alto costo de la discriminación civilizatoria, la irrenunciable meta de aparecer, siempre, como inferior ante el modelo. Cicerón denostó a los mismos griegos y judíos que fueron admitidos en el panorama político del Imperio romano, considerando a los primeros como propugnadores de la «mentira vergonzosa» y atribuyendo a los segundos la «bárbara superstición». A esto se suma el supuesto «carácter débil y cambiante» de las plebes, rural y urbana, lo cual las hacía insignificantes para la evaluación de las decisiones políticas, los repartos de economía y recursos y, más allá, las valoraciones de lo que se consideraría como culturalmente atendible. La masa ciudadana se refleja en la imago como una suma amorfa, sedienta de sangre y de violencia y, por tanto, limitada para sustentar el logos, aunque sí legalmente asignada para protegerlo.
La visión civilizatoria es, por demás, absolutamente androcéntrica, pues en tanto las mujeres de clases altas y holgadas libertades económicas están condenadas a ceder su identidad a los cabezas de familia, aquellas de clase baja cargan con tareas como la servidumbre doméstica, la lavandería, la hilandería, o son operadoras de molinos, tejedoras y hasta constructoras,6 sin que asuman ningún derecho legal a decidir en sus familias. El uso del servicio sexual es, a un mismo tiempo, práctica común y evento execrado por los estamentos morales que inútilmente se expresan en sátiras, discursos y poemas. Se trata de una práctica de marginación que reifica a la mujer y, con ello, a sus diferenciaciones en el gusto.
Como un elemento distintivo de evolución de la literatura romana sobre sus antecedentes griegos, Pierre Grimal señala «su voluntad de instruir al lector, de enseñarle el camino de la prudencia».7 Es decir, la perspectiva ideológica que racionaliza los principios que norman la conducta y que, por supuesto, clasifica interdependientemente las posibilidades de acción según la clase social.
Bajo los nobilitas, que eran la punta de la pirámide clasista romana, de donde salían los cónsules y los altos dignatarios, se hallaban los mercaderes, funcionarios menores y empleados industriales que se instalaban fuera de la urbe contaminada y hacinada. Ligeramente por debajo, aparecían los pequeños propietarios de parcelas de tierras en las provincias aledañas y con suficientes propiedades como para emprender el servicio militar, fuente de riquezas mediante el saqueo y la apropiación de prisioneros que serían convertidos en esclavos. Debajo de estos grupos, se encontraba un proletariado amplio, carente de propiedades y presto a asumir los trabajos más variados por mínimas pagas, sin tiempo para desarrollar un distanciamiento de su propia percepción de los elementos culturales que servían para tenerlos siempre bajo control. A la plebe urbana, se sumaba la plebe rural, dependiente del empleo que pudiera ofrecerle el dueño de las propiedades, señor del latifundia. Y en el último escalón, se expandía la amplia población esclavizada, que no estaba compuesta solo por prisioneros de guerra y secuestrados en la habitual práctica de la piratería, sino también por numerosos criminales y endeudados.
Parenti señala hasta qué punto ha prevalecido el prejuicio de los historiadores sobre la calificación del proletariado como chusma vulgar, sedienta de sangre y fácilmente manipulable por los hábiles cónsules.8 Mucho más, ha prevalecido el prejuicio de su incapacidad para crear cultura propia y hasta para delimitar las sucesivas aberraciones sangrientas que el gusto de la clase dominante ofrecía, de modo gratuito, en el espectáculo del circo. «En todos los aspectos —asegura Parenti tras relacionar una buena cantidad de ejemplos concretos, documentados por historiadores antiguos como Tácito o Suetonio— el proletariado jugó un papel crucial aunque muy ignorado en la lucha por las libertades democráticas. No se mostró ni como una multitud insensata ni como una chusma de holgazanes, sino como políticamente capaz de manifestar sus preferencias de acuerdo con sus necesidades y de distinguir los amigos de los enemigos».9 Y esa ignorancia es parte del logos imperial y, posteriormente, de la ideología clasista que busca conservar sus privilegios como si fuesen normas naturales del comportamiento humano.
De ahí que aún se reserve para la plebe la baja percepción estética y la imposibilidad de generar obras de valor. Un valor que no solo discrimina lo que viene, como creación, desde esas clases populares, sino que saquea sus aportes hasta reconvertirlos por la especialización. Es el caso del audiovisual regenerado por la industria cultural, desde las primeras superproducciones, bautizadas como péplum por la revista Cahier du Cenema, hasta los últimos y tecnológicamente renovados intentos.
Notas
1- Leopoldo Zea: Discurso desde la marginación y la barbarie, Biblioteca América, Instituto Cubano del Libro, La Habana, y Universidad del Valle, Colombia, 1995, p. 27.
2- Ibíd., p. 29.
3- Ídem.
4- Ibíd., p. 30. Suyas las cursivas.
5- Ídem.
6- Cf. Michael Parenti: El asesinato de Julio César, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2011, pp. 21-26.
7- Pierre Grimal: La civilización romana, Paidós Ibérica, Barcelona, 1999, p. 155. Trad.: J. de C. Serra Ràfols.
8- Michael Parenti: «Pan y Circo», ob. cit., pp. 233-254.
9- Ibíd., p. 248.