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La concertación del empréstito de la Casa Speyer, sus dilemas internacionales. (I)

Jorge Renato Ibarra Guitart., 12 de noviembre de 2013

La República de Cuba nació el 20 de mayo de 1902 y tuvo que asumir la herencia histórica de la ocupación militar estadounidense que siguió a la guerra hispano-cubano-norteamericana de 1898. En 1900 la Constitución cubana nació lastrada en sus prerrogativas, cuando Washington impuso a los delegados a la Asamblea Constituyente la aprobación de la Enmienda Platt. Este instrumento legal establecía  el tipo de relaciones internacionales que en el orden legal y financiero podía disponer el gobierno cubano, autorizaba a los Estados Unidos a ocupar militarmente el país para la “preservación de la independencia de Cuba y el sostenimiento de un gobierno adecuado”; y concedía terrenos a las fuerzas militares norteamericanas para la construcción de bases navales. Si los asambleístas no aprobaban ese texto la isla continuaría ocupada militarmente por tiempo indefinido. Ante semejantes apremios los delegados, después de intensos debates y repetidas votaciones, terminaron aprobando este apéndice, incorporado a la flamante Constitución de 1901.

Por otro lado, en el terreno económico los cambios introducidos en las barreras arancelarias hacia 1898 favorecieron la presencia del capital extranjero en el país, cayeron las importaciones ibéricas, mientras aumentaron las de los Estados Unidos y el resto de las potencias europeas. Gran Bretaña encabezaba la lista de estas últimas y mantenía poderosas inversiones en sectores claves de la economía como el tabaco, la navegación y los ferrocarriles. Al propio tiempo, importantes renglones británicos de importación satisfacían amplias necesidades de la población cubana, entre estos se destacaban  el arroz, los textiles y el aceite vegetal. Esta presencia estaba asegurada por créditos para la venta de esos productos a mediano plazo, así como garantías de diverso tipo en cuanto a su calidad y transportación. Por esos años, las importaciones de productos estadounidenses no podían ofrecer esas facilidades para su comercialización en el espacio cubano.

Los Estados Unidos, a pesar de las ventajas de su cercanía geográfica, no estaban conformes con las ventas efectuadas al mercado de la mayor de las Antillas. Por esa razón decidieron enfrentar la competencia comercial de las potencias europeas asegurando privilegios exclusivos a sus productos mediante la imposición del Tratado de Reciprocidad Comercial de 1903. Este convenio colocaba a los productos europeos en una situación de inferioridad, ya que concedía a sus similares estadounidenses rebajas arancelarias considerables e intransferibles. En virtud de ello el gobierno de Londres, respondiendo a demandas de importantes corporaciones británicas, propuso a su similar cubano un Tratado de Comercio y Navegación para compensar en algo los perjuicios que le causaría el aprobado por los Estados Unidos.

Este Tratado, conocido en la época como Tratado Anglo-Cubano, fue objeto de la injerencia de los Estados Unidos que exigió a las autoridades cubanas no lo considerasen hasta tanto no se firmara el previsto con ellos. Fue así que un año después de puesto en práctica el Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos se firmó, el 4 de mayo de 1905, un Tratado de Comercio y Navegación con Gran Bretaña. El convenio comercial, que  había ajustado sus cláusulas a lo dispuesto por el Tratado de Reciprocidad Comercial y la Enmienda Platt, no preveía beneficios mutuos en el orden de los aranceles, aunque establecía cláusulas de nación más favorecida para el resto de las áreas de colaboración. Los Estados Unidos, ni siquiera bajo esas condiciones, se sintieron seguros y comenzaron a hacerle la guerra a este acuerdo entre cubanos y británicos.

El Ministro norteamericano en La Habana, Herbert Squiers, dirigió una intensa campaña, tanto en la prensa como en los medios diplomáticos estadounidenses, para rechazar las disposiciones del Tratado Anglo-Cubano. A esta empresa se sumaron instancias superiores del gobierno en Washington como los Departamentos de Estado, del Tesoro y de Comercio; así como el mismo ejecutivo en la persona del Presidente Theodore Roosevelt. Los Estados Unidos, que no eran parte de ese acuerdo comercial, amenazaron al gobierno cubano con retirarle los beneficios otorgados al azúcar y tabaco cubanos en el mercado norteamericano si no renunciaba a lo pactado con Gran Bretaña. El Ministro Squiers, en una serie de comunicaciones que dirigió a las autoridades cubanas, le exigió concesiones absurdas que dañaban su soberanía ante el mundo. Así, mediante presiones de diversa índole, Washington logró comprometer al Presidente Tomás Estrada Palma a introducir enmiendas al tratado firmado con Londres.1

En esta misma etapa histórica en que los Estados Unidos le impusieron a Cuba un férreo control político y económico, tuvieron lugar ciertas escaramuzas como alternativas a las pretensiones de Washington. Pero estos esfuerzos de la élite política cubana quedaron truncos por las amenazas diplomáticas a que recurrieron los agentes del imperialismo norteamericano, quienes lograron atemorizar a los grupos de poder en Cuba, básicamente comprometidos con los Estados Unidos.

Fue así como fracasaron los funcionarios de la isla en la concertación de un empréstito financiero con bancos europeos y en la aprobación de aranceles más ventajosos para la entrada de algunos productos del Viejo Continente.

Un nuevo episodio en el enfrentamiento de Estados Unidos con Europa por ejercer dominio sobre el futuro de Cuba comenzó en julio de 1902, a raíz de la presentación en el Congreso cubano de una ley que concedía al ejecutivo facultades para contratar un empréstito por $ 35 millones de pesos en moneda americana, que serviría como retribución a oficiales y soldados del Ejército Libertador.

Con este artículo pretendemos poner en evidencia las razones que condujeron al fracaso de las gestiones por obtener un importante préstamo bancario para Cuba en Europa. El empréstito sería altamente beneficioso para facilitar el retiro a los oficiales mambises y así poder empoderar económicamente a una clase de caudillos políticos que ejercerían la hegemonía social. Esos contratos, que se estudiaron en Europa, fracasaron debido a la actitud de la élite política cubana, que terminaría cediendo posiciones ante las presiones de los Estados Unidos.

Citas y notas.

1-Jorge Renato Ibarra Gutiart: El tratado anglo-cubano de 1905. Estados Unidos contra Europa. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006.