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El malecón de Barnet

Marilyn Bobes, 12 de diciembre de 2013

Después de algunos años sin publicar prosa, el escritor cubano Miguel Barnet nos entrega un libro donde reúne tres de sus más recientes relatos y un conjunto de poemas de tema amoroso compilados por la editora Bertha Hernández.     

Se trata del volumen En el muro del Malecón publicado por el sello editorial Ediciones Cubanas, al que habría que imputar los descuidos ortográficos que se advierten en un libro que debió ser mejor revisado dada la jerarquía y el prestigio de su autor.   

Conocido por sus novelas y poemas, Barnet nos demuestra ahora sus virtudes en el manejo de la narración breve que ya habían sido reconocidas cuando su “Fátima o el parque de la Fraternidad” obtuvo el Premio Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional.  

Por supuesto que este cuento que está siendo llevado al cine por el director Jorge Perugorría es quizás el plato fuerte del cuaderno, aun cuando los otros dos cuentos no desmerecen el excelente oficio de un autor que maneja con eficacia esa primera persona con su consecuente carga de verosimilitud y complicidad con los lectores.    

Carece de importancia si los textos titulados “Miosvatis” o “El Moro” surgen de alguna experiencia personal del escritor, pero resulta innegable que quien es entre nosotros reconocido como un novelista testimoniante, ha sabido llevar a sus páginas ese mundo periférico en que La Habana poblada de personajes que viven en cierto modo al margen, se transforma en protagonista por la omnisciente presencia de una picaresca dolorosa a la que el narrador personaje se acerca con los prejuicios de quien se siente a salvo, excepción hecha de Fátima, donde la voz conductora se funde en el monólogo de la misma manera que ocurre en otros textos de Barnet como su inmortal Cimarrón y la excelente Canción de Rachel.    

“Miosvatis”, escrito hace ya muchos años, cuando el fenómeno del jineterismo comenzaba a proliferar en Cuba, nos muestra una a veces incómoda distancia entre el narrador, acostumbrado a la belleza aséptica de un Zurich o un París encantadores y consumistas y la sordidez de ciertas zonas de la capital de su Isla, donde descubre un mundo que le es ajeno y repulsivo: el mundo que habita aquella mujer que había despertado su curiosidad a través de la mirada de un amigo extranjero.    

Más críptico, pero también más descarnado, es “El Moro”, un breve relato donde homosexualidad y prostitución constituyen el eje central.      

No ocurre en este último lo que en “Fátima”, donde es posible la identificación del autor con ese personaje más humano aun cuando, como en “El Moro”, también el comercio sexual es abordado con el mayor realismo.      

“Fátima” y “El Moro” se diferencian porque el narrador ha querido crear con la primera un entendimiento y con el segundo una imposibilidad, la del narrador protagonista en su pretensión de establecer lazos de afecto con un ser que más que un marginado es un antisocial, un delicuente en el que no se deja traslucir ni un ápice de compasión o de calor humano.      

En cuanto a los poemas que completan a manera de coda “En el muro del malecón” poco habría que agregar, puesto que se trata de textos ya conocidos de Barnet, cuya profusión en el dominio de la lírica es por todos conocida.      

De cualquier manera, “En el muro del malecón” es un libro para tener y conservar como todos los de Miguel Barnet.    

En él hallamos la prosa siempre límpida, precisa y sintética que ha hecho de él un escritor notable, fiel a sus búsquedas, incluso cuando en esta ocasión haya transgredido su vocación épica para bucear en un mundo que convive con los de sus libros anteriores y al que él parecía un tanto indiferente.