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En los Estados Unidos: Nuevo México

Virgilio López Lemus, 26 de diciembre de 2013

Descendí en El Paso, Texas, proveniente de los aeropuertos de Orlando y de Dallas, la tarde-noche del 10 de enero de 2013. Esperé muy pocos minutos la llegada de mi amigo el poeta Jesús Barquet, acompañado del también cubano Manuel Rodríguez, cineasta, y tomamos el camino hacia Las Cruces, Nuevo México. Solo pude tener idea de dónde me hallaba al amanecer del día siguiente, cuando nos fuimos a la New Mexico State University, para comenzar mi estadía en calidad de Investigador y Conferenciante Invitado. Nada menos que me encontraba en pleno Oeste norteamericano, en territorio que fuera de los apalaches, con unos llanos de tierra arenisca de meseta y vegetación semidesértica, carencia de humedad relativa y unas montañas muy bellas y empinadas, llamadas Sierra de los Órganos, todo lo cual me traía a la mente tanto panorama de filmes del Oeste. Las Cruces es una ciudad moderna con centro muy pueblerino, mucho más poblada de lo que uno supondría y sumamente extensa, dado el sentido de amplitud territorial que allí se dispone. Las calles son anchas, las aceras no tanto, porque la circulación peatonal es más limitada que la relativamente nutrida de vehículos, y solo en el centro se advertía animación de transeúntes en una o dos calles comerciales. Cines, teatros, ricas librerías, sitios de ventas artesanales, ferias sabatinas y dominicales en plenas calles, todo teñido de ese ambiente de provincia, que no disimula ni los establecimientos modernos, los edificios de nueva arquitectura, ni los muchos restaurantes de la ciudad. No pareciera tener una población de más de cien mil habitantes, y ser la segunda del estado de New Mexico, después de Albuquerque. Salvo en el mismo centro antiguo, todo me daba la impresión de inconexo y extenso, y más que una ciudad me parecía una suerte de sembradío urbano en el desierto o gran campamento citadino. Su población es predominantemente hispana, con fuerte origen mexicano, lo que se justifica por su cercanía a la frontera y a El Paso. También se halla junto al Río Grande. Ver este famosos río, del que tanto escuché hablar desde mi infancia («del Río Grande a la Patagonia», dijo José Martí, para referirse a la extensión continental de la América Latina), no deja de tener emoción o curiosidad, viéndolo desde la parte estadounidense y luego, en El Paso, marcando abiertamente la frontera entre esta población mayor y la mexicana Ciudad Juárez. A la sazón y por el territorio donde transitamos, se veía seco, nada profundo y de lecho muy arenoso. Muy cerca, una gran represa ofrece el necesario acueducto a la ciudad.

La Universidad Estatal de Nuevo México en Las Cruces es todo un bello centro de variados edificios y un movimiento juvenil intenso. En seguida tuve allí una oficina en Nason House, el profesor Íñigo García-Bryce fue sumamente amable y me explicó cómo entrar y salir de la histórica residencia, sede del Centro de Estudios Latinoamericanos y de la Frontera, del cual era su Director. Sus explicaciones me sirvieron parcialmente, pues al entrar al día siguiente las alarmas comenzaron a sonar, no supe cómo desconectarlas y vino la guardia interna de la Universidad, por lo que pasé un buen sofoco.

Íñigo era mi anfitrión en el plano investigativo, y conversamos varias veces sobre la posibilidad de hacer una antología de la poesía caribeña contemporánea, a partir de mi labor allí. Razones de derechos autorales suelen frenar tales proyectos.

No he dicho que me quedé a vivir en la residencia de Jesús Barquet, linda casa en recogido reparto con vista frontal de la esbelta cordillera, y en la noche un buen panorama de las luces de la ciudad. Junto con Nason House, y la propia oficina de Barquet en la sede universitaria, su casa fue uno de los sitios donde desempeñé la labor para la cual fui invitado. Jesús vive entre mares de libros, cuya ubicación él domina a la perfección y son sus fuentes de consulta rápida, aunque los medios de Internet y la magnífica Biblioteca de la Universidad, intercomunicada con todas las de los Estados Unidos, le daban referencias privilegiadas, aun viviendo tan alejado de los grandes centros de cultura del enorme país. Llevaba a la sazón allí veintidós años. Alguna estadística a principios de siglo, daba a Las Cruces como la quinta entre las ciudades ideales para residir los hispanos en territorio estadounidense. Generoso y amplio de ideas, Barquet fue para mí también un anfitrión ideal, con quien se puede hablar de todo lo humano y divino. Tras su partida de Cuba en 1980, cuando tenía su primer libro de poemas al cuidado de la Editorial Letras Cubanas, que nunca lo pudo publicar, había pasado por variadas etapas formativas, de las que descuella su permanencia en New Orleans, donde se hizo del grado de Doctor en Filología y la primera categoría profesoral. Su prestigio en Las Cruces era palpable, pero el diálogo con él denota al hombre sabio que se halla más allá de sus propias circunstancias vitales. Es raro hallar a un cubano brillante residiendo próximo a la frontera con México. Posee una rica bibliografía tanto como poeta como por su labor de ensayista. Su generosidad es proverbial entre los muchos emigrados cubanos que ha ayudado a levantarse y a hacer carrera en este apartado sitio del mundo. Con Manuel y su esposa Marie, y con Servando González, filósofo y ex esposo de la poetisa cubana Carlota Caudffield (a quien no alcancé a conocer), tuvimos espléndidas tertulias sobre asuntos literarios. A Jesús se debió aquel convite universitario, siendo él responsable del área de español del Departamento de estudios lingüísticos y literarios.

Trabajé duro, me apliqué al estudio de la poesía del ámbito del Caribe insular, y preparé la única conferencia que pude dar en el propio recinto de Nason House, sobre la décima en el mundo hispánico. Invitado en universidades de Arizona, California y Texas, fue imposible asistir a esos programas, debido a que en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana me dieron una visa limitada a la Universidad de Las Cruces.  Esta limitación a un profesional cubano habla por sí sola.

En la Universidad Estatal de Nuevo México todo el mundo, o casi, habla español. Entre los estudiantes hay una Babel idiomática. También la no abundante intelectualidad de la ciudad es bilingüe en su mayoría, pero, claro, las lecturas y actividades literarias son casi siempre en el idioma oficial. Jesús y yo asistimos a un recital poético colectivo en el centro de la ciudad, en una galería y boutique de arte que se hizo bien estrecha para los concurrentes. Fue una hermosa experiencia advertir cómo media docena de jóvenes y viejos poetas confraternizaban y leían sus textos con diversidades de énfasis, según sus personalidades y sus propios estilos. En otra ocasión, Barquet hizo una gran requisa de libros que no le servían ya, y los llevamos a la enorme librería de Barner & Noble, los vendió, y el precio ajustado dio suficiente rédito para comprar otros libros de mucho interés. Era un sábado, y en la calle principal había una hermosa feria de productos artesanales y comestibles, muy concurrida, calma, sin el esfuerzo que hacen los pobladores de las grandes ciudades por mantener el insoportable estrés.

Un domingo, Jesús me sorprendió con un paseo espectacular: nos fuimos a la pequeña ciudad de Mesilla, una de las más antiguas del territorio oeste de los Estados Unidos, donde hay museos de mucho interés, un establecimiento que fuera cárcel, donde alguna vez estuvo preso el famoso Billy the Kid. Una simpática y menuda iglesia católica se destaca frente a la plaza donde cantaba viejos corridos una pareja de ancianos famosos en la región.

Las edificaciones amexicanadas daban cuenta de épocas de mayor esplendor, pero lo más sorprendente eran las tiendas de artesanías sumamente originales, propias de la región, o de cruces bellísimas y de diseños muy variados de adornos, joyas, piedras iluminadas, semipreciosas, objetos de hogar, muebles y tantas cosillas deslumbrantes, que ofrecían gozo a la vista. Sin dudas se aprovechaba el tranquilo turismo que allí llegaba. Desde el Valle de Mesilla las lejanas montañas parecen mágicas, cambian de color, algo que ya había advertido en Las Cruces. Sobre el  pueblo, en las colinas, hay verdaderas residencias semi escondidas, algunas cuyos propietarios son artistas, lujosas las más, con bellos jardines entre calles laberínticas.

Tuve ocasión de trabajar un poco en la Biblioteca de la Universidad, doné algunos libros míos y del poeta Alberto Acosta-Pérez, conocí sus facilidades para préstamos de libros y algunos leí gracias al eficaz sistema de solicitar el que no poseen a otras bibliotecas bien distantes. Tienen allí una rica colección de volúmenes de literatura hispanoamericana y brasileña, necesitaría meses para al menos conocer los fondos de la manera rápida y precisa de cómo los conoce el profesor Barquet. La que puede considerarse avenida peatonal central del predio universitario, me comunicaba con la Facultad de Letras y con esta Biblioteca, llegué en breve tiempo a conocer bien el ritmo del lugar y me desplazaba en las frías mañanas en autobús desde la casa de Jesús Barquet hasta Nason House, cuando el amigo no podía llevarme en su automóvil.

En otra ocasión nos fuimos tres cubanos (Jesús, el profesor Eduardo Colom y yo) a una excursión al Valle de Mugabe. Atravesamos la hermosa cordillera de los Órganos, vimos debajo el plano extenso de Las Cruces, enclavada en un valle enorme, como un disperso sembrado urbano. Al otro lado, la belleza rocosa apenas dejaba admirar el histórico valle, sitio de la famosa Base de White Sands, donde detonaron antaño la primera bomba atómica en Trinity Site, antes de los sucesos de Hiroshima… Aun es territorio militar, terreno de investigaciones de la NASA, y lugar en que el horizonte es de tierra, como en la lejana Pampa argentina.

Coincidí con la segunda toma presidencial de Obama, escuché su discurso, oí el poema del poeta cubanoamericano Richard Blanco y el Himno Nacional cantado por Beyonce. Respecto a Cuba, teníamos algunas nuevas ilusiones de cambios de política que nos beneficiara a todos allá y aquí, pero Obama lo dejó todo en el sueño.

Con Eduardo Colom me fui tres días para El Paso, ciudad mayor que Las Cruces, y que visité intensamente gracias a la generosidad de este cubano, muy reconocido cuando era profesor del Instituto Pedagógico Superior Enrique José Varona en La Habana. Mi estancia en El Paso merece historia aparte. No olvido el almuerzo que tuvimos en la comunidad de aborígenes Tiguas, la visita al gran templo Bautista, la bella relación con su amiga Ingrid, el centro urbano de la ciudad y la frontera en constante tránsito peatonal hacia las dos partes.  

En los últimos días de estancia en Las Cruces, tras mi concurrida conferencia en Nason House (exitosa, toda filmada por Manuel Rodríguez), se reunió un grupo de amigos profesores universitarios, todos cubanos, por la ocasión del lanzamiento de libro del escritor y profesor Amauri Gutiérrez. Estaban allí Barquet, Morbila, María Teresa (vicedecana en Tucson, Universidad que no pude visitar por la cláusula limitante en mi visado), Colom, Manuel y Marie, Servando, Íñigo y varios otros profesores y profesoras de la Universidad local, todos los cuales me dieron en la noche, tras el exitoso lanzamiento del libro en el que participé un «mitin de pudio», inverso de aquellos famosos mítines de repudio cubanos de 1980. Fue una despedida simpática, con promesas de regreso que no sabemos si un día se cumplirán. De inmediato volví a Orlando, al día siguiente ya estaba en Miami y veinticuatro horas después aquel viaje extenso ya formaba parte de mi pasado.       
 

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