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Camagüey, medio milenio de cultura

Luis Álvarez Álvarez, 03 de febrero de 2014

La villa de Santa María del Puerto del Príncipe arriba a sus quinientos años. Más antigua que Ciudad México y que Buenos Aires, que Lima y que Río de Janeiro, que Nueva York y que San Francisco, la ciudad de Camagüey no solo es una de las más antiguas de todo el Hemisferio Occidental, sino que, en el contexto cubano, es portadora de una historia y una tradición que la convierten en uno de los focos generadores de la cultura cubana.

En Puerto Príncipe se escribió la primera obra —se considera que su escritura puede ubicarse en los primeros años del siglo XVII— de la literatura cubana, Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa Troya y Quesada, estudiada a fondo por diversos investigadores, en particular el destacado ensayista Enrique Saínz.1 Se ha considerado recientemente la posibilidad de que haya un poema anterior, sobre la conquista de la región hoy norteamericana de la Florida por Ponce de León, sobre lo cual ha escrito el investigador español Ángel Esteban. No obstante, ese poema no tiene realmente un ambiente cubano, mientras que el texto de Silvestre de Balboa se desarrolla íntegramente en nuestra isla, sin contar que su poema narrativo está precedido por sonetos laudatorios de otros españoles radicados en Puerto Príncipe, lo cual permite pensar en la existencia en la villa de una verdadera tertulia literaria, semejante a las que posiblemente Silvestre de Balboa frecuentó en su juventud en Islas Canarias. De modo que podemos seguir considerando Camagüey como la cuna de la literatura cubana.

El poblado original se fundó al parecer en un lugar costero, Punta de Güincho, cercano a la actual Nuevitas. Pero los piratas y corsarios acosaron la villa recién fundada y los pobladores se decidieron a internarse en tierra y reubicar Puerto Príncipe en un lugar alejado de la costa. Pero los piratas incluso allí continuaron con sus correrías. A esto se debe, al parecer, na1da menos que el trazado urbanístico peculiar del centro histórico de la actual Camagüey. En efecto, mientras lo más común en el enorme conjunto del imperio colonial español, era que las ciudades tuvieran un trazado muy simétrico, parecido al de un tablero de damas o de ajedrez, Puerto Príncipe se caracterizó en seguida por un trazado diferente, que los arquitectos llaman medieval o “de plato roto”, pues se parece a lo que ocurre cuando se deja caer un plato llano al piso: se fragmenta en un zigzag de piezas como un rompecabezas. Al parecer,  esa estructura un poco laberíntica —la calle de los Pobres parece una serpiente que se enrosca alrededor de una parte del centro histórico, aquí y allá hay plazuelas en las que desembocan calles numerosas—, fue una manera de defenderse de los piratas, quienes, al adentrarse en una ciudad desconocida, naturalmente no podían moverse con facilidad, lo cual los dejaba a merced de los vecinos. Tanto marcó a Puerto Príncipe la necesidad de defenderse, que en las afueras de la ciudad, mirando en dirección a la lejana costa norte, parece haberse levantado un mirador para un vigía, que desde allí, gracias a un terreno de sabanas, podía visualizar desde lejos si se acercaba algún grupo de extraños. De aquí el nombre actual del reparto La Vigía.

Desde muy temprano, la ciudad y su región orientaron su actividad económica hacia la ganadería, y sus productos derivados. De modo que el camagüeyano fue, desde sus inicios, jinete y vaquero. Ello tuvo consecuencias para la vida social y la cultura en la región. Ante todo, hubo una esclavitud relativamente menos numerosa que en las regiones eminentemente dedicadas a la fabricación de azúcar, actividad que también existió en la región principeña, pero fue menos importante que la cría de ganado vacuno y caballar. Eso estableció, por mucho tiempo, un hábito cultural: las ferias ganaderas, rodeos incluidos, que tenían el doble carácter de actividad económica —exhibir cabezas de ganado de excelencia— y cultural. Ello propició que el famoso San Juan camagüeyano incluyera siempre, hasta mediados del s. XIX, desfiles a caballo por las arterias principales de la villa. Esa economía ganadera determinó otros rasgos de la sociedad principeña. Por ejemplo, la tendencia a la familia endogámica —con abundantes matrimonios entre primos—, porque eso era un recurso para no dividir las fincas, que, para poder rendir en la cría de ganado, debían mantenerse siendo muy extensas, como requiere el pastoreo. Esta realidad económica influyó poderosamente en una organización patriarcal de la familia, centrada en las tradiciones, cuya conservación dio lugar a que se hable hoy del “Camagüey legendario”, lo cual no quiere decir que la ciudad pertenezca a la leyenda, sino que siempre generó muchas narraciones que se consideraron leyendas, pero que, en muchos casos, no lo eran sino historia viva de la región, como el caso de la historia de Dolores Rondón, personaje real de una muchacha mestiza, a quien un enamorado desdeñado, un modesto barbero,  terminó por acoger cuando, viuda de un capitán español, empobrecida y moribunda, vino a morir en Camagüey. El enamorado la cuidó hasta su fin y escribió su epitafio, que todavía puede verse en un pequeño obelisco en la necrópolis de la ciudad. Esa historia fue retomada por el gran escritor camagüeyano Severo Sarduy, para quien fue una especie de emblema de su ciudad natal.

La gestación de la primera obra literaria de ambiente cubano no dejó secuelas, al menos que hayan podido ser conversadas. En el s. XVIII, con la excepción de algún que otro texto literario, como El príncipe jardinero o fingido Cloridano, de Pita, se caracterizó sobre todo por el cultivo de la oratoria, ya fuera de carácter religioso, ya fuera de carácter civil. Consta que uno de los oradores destacados de la isla en ese siglo, denominado Pico de oro, fue el presbítero Montes de Oca, párroco en Puerto Príncipe.2

Ese siglo XVIII hizo decir al destacado historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, en su obra mayor, El ingenio, que Camagüey era un enigma para la historiografía cubana. Esa afirmación era, a la aparición de El ingenio, muy cierta. Piensen los lectores que en ese siglo, se construyeron casi a la vez una serie de edificaciones de gran porte arquitectónico, entre ellas, la iglesia convento de las Mercedes —situada en la Plaza de los Trabajadores— y el hospital de San Juan de Dios —en la plaza de su mismo nombre—. Estas edificaciones en verdad imponentes para la arquitectura colonial de la época, ¿cómo fueron financiadas? Obviamente, no por el gobierno colonial. Entonces, ¿qué amplitud tenía el poder adquisitivo de los terratenientes principeños? En ese mismo siglo se iniciaron la gestiones para construir el cementerio de la ciudad, que hoy es el más antiguo todavía en uso de todo el país, y que alberga diversas muestras de lo mejor de la arquitectura de la ciudad en los s. XIX y XX.

Ahora bien, sería en el s. XIX cuando todas las potencialidades expresivas de los principeños alcanzaron su primera expansión. Esto no es ajeno al desarrollo económico de la región. En la primera mitad de la centuria, se construye el ferrocarril Puerto Príncipe-Nuevitas, segundo del país y uno de los primeros de toda América Latina. El puerto, así conectado con la capital de la región, tuvo consecuencias notables. La economía de la región empezó a conectarse de forma directa —cueros, carnes saladas— con otras regiones. Recuérdese que en el s. XIX no había ni un buen camino, ni mucho menos un tren que conectase Puerto Príncipe con La Habana. Si el ganado podía ser arreado por tierra, todo otro comercio se hacía muy difícil. Pronto empezó a haber un comercio marítimo entre la capital de la isla y Puerto Príncipe, a través de Nuevitas. Ahora bien, también empezaron a tenderse líneas navales entre este puerto y los de Nueva York y Boston, así como el de Burdeos, en Francia. Esto empezó a poner a la ciudad al día de lo que ocurría en las zonas más desarrolladas de la cultura euro-occidentalk en aquella época.

Pronto, una familia francesa, los Peyrellade, se instaló en Puerto Príncipe. Terminaron por crear una revista de literatura francesa traducida al español, de manera que Alejandro Dumas podía publicar una novela en París, y esta ser traducida en Camagüey unos tres meses después. Se generaron dos tipos de instituciones de enorme trascendencia cultural: el teatro y las sociedades de instrucción y recreo. La afición principeña por el teatro fue de un determinado relieve. Una camagüeyana, Eloísa Agüero, se inició aquí como actriz aficionada, y terminó como actriz profesional, primero en La Habana, y luego en Ciudad México, donde actuó con tanto éxito, que el más diestro crítico teatral que había en esa ciudad, impulsor de un teatro nacional en Hispanoamérica, llamado José Martí, no solo escribió muy elogiosamente de su desempeño artístico, sino que sostuvo con ella una relación pasional de la cual son testimonio las cartas de la actriz al joven Martí; fue un vínculo sentimental obstaculizado por ser ella casada y separada de su marido, en una época en que el divorcio no existía ni en México ni en Cuba. Es elocuente el siguiente pasaje de una epístola de Eloísa a Martí:

Dime, ¿a dónde nos conduce nuestro delirio? ¿No sabes que ya no sé, no quiero saber, negarte cuanto es natural en el amor? ¿Y no sabes tú, bien mío, ilusión bellísima, realidad hermosa de mis ensueños, no sabes que yo hoy no debo entregarme a este amor, pues un deber sagrado me lo impide?3

Muchos fueron los poetas principeños del s. XIX., que dieron a la luz sus poemas en las numerosas y sucesivas publicaciones de la ciudad, entre ellas El Fanal. La Avellaneda, cuyo bicentenario se conmemora al mismo tiempo que el medio milenio de la villa, es uno de los más significativos productor de la cultura principeña. Poco puede decirse que no sea ampliamente conocido en Cuba y en otras partes del mundo. Posiblemente fue la escritora en idioma castellano más destacada de todo el siglo XIX. Escribió narrativa, poesía, teatro, libros de viaje: nada estuvo ajeno a su creatividad. Pero sobre todo dio testimonio de cómo la mujer valía tanto como el hombre. Le negaron, por su sexo, la entrada que merecía en la Real Academia Española. Por cierto que en su bicentenario, hay en España grupos de intelectuales que están presionandoi para que se le otorgue esa condición de miembro de la RAE póstumamente, como reparación por la injusticia cometida en el s. XIX. Se logre o no, no importa: hay que decir que muchos de los miembros de la RAE que vetaron su ingreso, hoy son sombras desconocidas de las que nadie se acuerda. La Tula, en cambio, sigue siendo fuente de estudios, debates y, sobre todo, admiración. Nadie como ella en lengua española puso en alto la dignidad de la mujer.

No fue, empero, la única camagüeyana de rompe y rasga en el s. XIX. Aurelia Castillo de González fue sin duda posible la periodista más destacada del siglo XIX en Cuba.4 Como periodista, cubrió la famosa exposición de París sobre la cual Martí escribió en La Edad de Oro aunque en realidad no estuvo allí. Es curiosísimo que esta camagüeyana pudiera ofrecer verdaderos reportajes de los pabellones, así como de la significación política, económica y cultural de ese evento. Mujer muy culta, de posición acomodada, fue de los pocos amigos realmente cercanos de Julián del Casal. Mujer de probado patriotismo, escribió una muy fina biografía de Ignacio Agramonte, con cuya familia tenía lazos de gran amistad. No fue la única gran periodista camagüeyana. Como se sabe, el periodismo de altura en la ciudad se consolidó con Gaspar Betancourt Cisneros, que firmó sus crónicas con el seudónimo, hoy inmortal, de El Lugareño. Este periodista, amigo de las grandes inteligencias de la época en Cuba, como José Antonio Saco —a quien llamaba cariñosamente Saquete— y Domingo del Monte, al morir pidió ser enterrado en Camagüey. Su cadáver llegó por el tren de Nuevitas, que él contribuyó decisivamente a construir.  A su llegada, lo esperaba un coche fúnebre, pero el pueblo no permitió ese transporte trivial, y lo llevaron en hombros hasta la Catedral de la ciudad. Allí fueron sus funerales, durante los cuales, un puñado de patriotas deslizaron en su féretro la bandera de independencia cubana. La tradición periodística fue importante en el s. XIX: la marcaron grandes figuras como José de Armas y Adolfo Márquez-Sterling, sobre quien Martí escribió un hermoso discurso de homenaje.

La cultura en Puerto Príncipe, por tanto, fue esencial. Tanto, que cuando llegó la Guerra de los Diez Años, algunas familias se fueron a la manigua mambisa con su piano. Y en la manigua hubo incluso una tertulia litearia, y un periódico mambí, que Ambrosio Fornet ha consignado en su informadísima obra El libro en Cuba.

Pocos saben hoy que en la primera mitad del s. XIX, hubo que trasladar la Audiencia Primada de Indias de Santo Domingo a Cuba. Esa entidad jurídica fue la primera fundada por los españoles en América, en la ciudad de Santo Domingo. A principios del XIX, el gobierno colonial español, temeroso de la vecina república de Haití, decidió traer la Audiencia para nuestra isla. Y decidió, por medio a la ya entonces agitada vida política habanera, traerla para la que consideraban pacífica Puerto Príncipe. Esta Audiencia tenía incluso autoridad para anular determinado tipo de decisiones de los Capitanes Generales. Al ubicarla en Camagüey, ocurrió algo extraordinario. Los estudiantes de Derecho de la universidad de La Habana, para poder licenciarse, tenían que venir —desde luego por mar— a Puerto Príncipe, para pasar su último curso haciendo lo que hoy llamaríamos prácticas pre-profesionales en la Audiencia de Puerto Príncipe. La ciudad, antes tan aislada, se llenó de casas de huéspedes. Aquí vienieron a terminar sus estudios algunos de los que serían los más eminentes intelectuales cubanos, por ejemplo, Antonio Bachiller y Morales, quien, andando el tiempo, recordaba que le asombró la forma de hablar de los principeños, que le recordaba el español castizo. Hoy , luego de investigaciones realizadas por el Instituto de Literatura y Lingüística del CITMA, se sigue teniendo el criterio de que Camagüey es la zona donde se habla con mayor precisión el español en Cuba.

Otros fueron tenaces promotores del arte, como el mambí Emilio Agramonte Piña, que fundó la Escuela de Ópera de Nueva York. Sobre este otro Agramonte, menos conocido,  Martí escribió su aforismo “Creer es pelear. Creer es vencer”, que sigue siendo una divisa para todo el país. Aquí nacieron periodistas capitales de Cuba, como Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, José de Armas, o Adolfo Márquez-Sterling, que dio nombre a la escuela de periodismo de la Universidad de La Habana. Martí no estuvo nunca en Puerto Príncipe, pero sus lazos con ella fueron muy fuertes, y no solamente afectivos por su esposa Carmen Zayas-Bazán, sino que en su obra pueden identificarse más de un centenar de camagüeyanos. Llegó incluso a anotar en sus cuadernos de apuntes, nada menos que la receta del pan-patato, de hecho, una de las poquísimas referencias del Maestro al arte culinario principeño:

Pan-patato: rallaban el boniato cocido, lo mezclaban con calabaza, o yuca, u otra vianda, o coco rallado; —y luego, le echaban miel de abejas, o azúcar, y manteca. Lo cocinaban en cacerolas de manteca rodeados de calor.5

Tantos fueron los nexos del Apóstol con Camagüey, que no se pueden comentar todos aquí. Remitimos al lector al libro El Camagüey en Martí, de los historiadores Luis Álvarez y Gustavo Sed. Allí puede verse que sus relaciones con la ciudad deben de haber comenzado desde muy temprano, incluso tal vez por evocaciones que le hiciese, siendo niño, la camagüeyana Mercedes Quintanó, madre de Fermín Valdés-Domínguez Quintano, su amigo de la infancia.y de la vida.

En Camagüey nació el destacado jurista José Calixto Bernal, amigo del joven Martí en su primer destierro en España. Bernal escribió un folleto en defensa de la aspiración independentista, titulado Vindicación. Cuestión de Cuba, que tal vez haya influido en su joven amigo para escribir años después su propio texto Vindicación de Cuba. Amigo suyo, y también de Martí, fue el novelista José Ramón de Betancourt. En Puerto Príncipe nació el historiador Fernando Figueredo, a veces erróneamente considerado bayamés. La voluntad de historiar se situó muy temprano en la ciudad, y ha tenido continuadores excelentes en el s. XX, en particular el ya fallecido Gustavo Sed Nieves. Principeño fue, como es bien sabido, el filósofo Enrique José Varona, impulsor capital de la psicología cubana. Aquí nació, en el siglo XX, Ofelia García Cortiñas, figura inolvidable de los estudios lingüísticos en Cuba. Pues la ciudad fue igualmente procreadora de científicos de gran relieve: Carlos J. Finlay, pero también Arístides Agramonte Simoni, el primer médico cubano valorado para ser propuesto para el Premio Nobel de Medicina. Ellos sentaron un camino del cual, en las últimas décadas de la centuria pasada, no desmereció el recordado Dr. Orfilio Peláez.

La pintura, por su parte, ha dado nombres de gran relieve, como Fidelio Ponce de León, Flora Fong y Fabelo.

Se trata de una tradición enraizada ya desde el s. XIX. Nada resulta más gráfico, que la descripción que aparece en la obra de José Martí:

“!Ese sí es pueblo, el Camagüey! El sábado vienen todos, como un florín, a la ciudad, al baile y al concierto, y a ver a sus novias; y hay música y canto, y es liceo el pueblo entero, y la ciudad como una capital: ¡el lunes, a caballo todo el mundo, con el lazo a las ancas, a hacer quesos!”. Así, admirado, decía ayer un criollo que viene de por allá, y sabe, por esta y otras raíces, que no todo es en Cuba papel sellado y mármol de escalera, hecho a que escriban en él y a que pisen en él, ¡sino tronco de árbol y mozos que pueden partir un rifle contra la rodilla.6

En esas palabras pueden resumirse los cinco siglos de historia y de cultura de Camagüey. El siglo XX de esa ciudad está marcado por hechos y nombres de alto calibre. Aquí se constituyó la Confederación Obrera de Cuba. Aquí nacieron  Mariano Brull, Emilio Ballagas, Nicolás Guillén, el Poeta Nacional, Rolando Escardó —que promovió, a inicios de la Revolución la celebración del primer congreso de escritores y artistas realizado después de 1959, que fue el núcleo gestor de la UNEAC—. El teatro siguió vivo: Flora Díaz Parrado fue una muestra de ello.  Después de 1959, aparece una serie de redes institucionales: varios centros de educación superior, el Ballet de Camagüey, una orquesta sinfónica: una cinemateca, primero, un Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, después.

La herencia legada por los primeros padres es amplia y fuerte. Los camagüeyanos de hoy se empeñan en ser dignos de ellas. La conmemoración del medio milenio debe ser un examen de conciencia, un llamado a defender una idiosincrasia regional que, a la vez, es un componente inalienable de la cubanía.

Notas

1 Véase Enrique Saínz: Silvestre de Balboa y la literatura cubana, Ed. Letras Cubanas, 1982, libro que estableció sin lugar a dudas la autenticidad de esta obra.
2 Véase Enrique Saínz: La literatura cubana de 1700 a 1790, Ed. Letras Cubanas, 1983, p. 181.
3  Luis García Pascual: Destinatario José Martí, Ed. Abril, La Habana, 2005, p. 19.
4  Véase el cuidadoso estudio de su obra en Olga García Yero: Aurelia Castillo, la escriturra a conciencia, Ed. Ácana, Camagüey, 2002.
5  José Martí: Obras completas, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 22, p. 214
6  Idem, t. 5, p. 408.