México lindo y querido (I Parte)
Veracruz, 1996 y Morelia, 2003
Cuando sobrevolé la ciudad de México en septiembre de 1996, ya había tenido la experiencia de pasar en avión sobre el horizonte urbano de São Paulo, de manera que aquella extensión citadina enorme se me hacía, más que sorpresa, comparación. Iba con un grupo de poetas y amantes de la estrofa decimista, hacia la ciudad de Veracruz, donde habría de celebrase un Encuentro Festival de la Décima y el Verso Improvisado, que desde 1991 ya celebrábamos en Cuba, en La Habana primero, y en Las Tunas de manera continuada. Los viajeros éramos entonces Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí y su esposa Eloína Pérez, Waldo Leyva, Alexis Díaz Pimienta, los tuneros Carlos Tamayo, Ramón Batista, y dos o tres personas más que de pronto no puedo ahora precisar. Recibimos la visa el día antes y el pasaje aéreo llegó horas previas a la salida del vuelo. Me resultó extraño y grato en un solo año andar o ver desde el aire las cuatro ciudades mayores de América Latina: Rio de Janeiro, São Paulo, Buenos Aires, y ahora México D. F. Mi primo Blas Donate López fue, a la sazón, el Comandante de la nave de Cubana de Aviación que nos llevó a la capital mexicana.
Yo creo que en ese primer viaje que di a México, descendimos sin más miramientos en el propio Zócalo, allí me veo en una foto con Alexis, Waldo y algunos amigos cubanos y mexicanos, entre ellos nuestra anfitriona Rocío Cházaro, que nos llevaba en un «camión», alquilado para nuestro uso, en el que luego nos enredamos en calles mexicanas hasta hallar a las personas que nos acompañarían en ese cómodo autobús, hasta la lejana ciudad del Golfo. El primer predio mexicano al que entré fue su Catedral, luego la vista rápida de escaleras del Palacio de Gobierno, las ruinas de la Gran Pirámide, todo visto a gran velocidad. Almorzamos cerca del Museo de Bellas Artes, caminamos un poco por Insurgentes, vimos danzar a un grupo folk… Fue toda la imagen que tuve de la capital de veinte millones de habitantes por entonces, y en seguida avanzamos por una ancha autopista, con el Popocatépetl cantado por Rubén Darío a la izquierda, echando un poquito de humo. Descendimos en un entronque que conducía a Puebla de los Ángeles, y desde entonces me he quedado con ansias de conocer la famosa villa de las iglesias.
No recuerdo bien la llegada a Veracruz ya casi de media noche. Nos recibió Marcela Prado, organizadora del evento por la parte mexicana, fuimos de inmediato hasta un bello Hotel llamado Emporio, de cinco estrellas, donde nos hospedamos de dos en dos por habitación, y me tocó compartir con el ensayista y mejor biógrafo de El Cucalambé, Carlos Tamayo, a quien recuerdo haberle hecho la broma de que la joven y bella empleada que nos traía una flor a la habitación, era una enviada sexual de excelencia. Tamayo llamó de inmediato a la Carpeta del Hotel, muy deseoso de informarse cómo proceder.
Al día siguiente salimos a pasear por Veracruz, recuerdo la zona de las calles Independencia y Juárez y la bonita plaza central. Me parecía que estaba en una ciudad cubana, algo así como una mezcla entre Camagüey y Holguín, con un comercio bien organizado y bastante rico. El Hotel está junto al puerto, al lado de una fortaleza española pequeña.
Tuve las malas noticias de que ninguno de mis textos¸ mandados con muy buena anticipación y con mensajes de acuse de recibo, se habían podido imprimir, uno de ellos me aseguró Marcela no haberlo recibido; eran un conjunto de poemas y un cuaderno de ensayos sobre la décima. Esto restaba importancia a mi presencia allí, para el coloquio invitado. No obstante, trabajé desde su apertura el 23 de septiembre en la moderación de ponencias y en las reuniones organizativas. Las ponencias e intervenciones de los mexicanos Honorio Rivera y Guillermo Cházaro, fueron muy atinadas. Los chilenos Santiago Chago Morales y su esposa Vivian Chávez cantaron las décimas chilenas con brío y alegría. Saludé a la escritora mexicana Ivette Jiménez de Báez, a quien ofrecí algunos libros míos, sin reciprocidad. La acompañaba el investigador Fernando Navas. La excelente cantautora argentina Martica Schuaws y otros amigos recientes, dieron vida al Coloquio rico e intenso, en el que Maximiano Trapero, canario-leonés tuvo una participación estelar.
Fue muy grata la gira hacia Xalapa, capital del estado donde Veracruz es la reina. Consistió en una mirada rápida de la más pequeña ciudad, un almuerzo y visita a algunos lugares céntricos. Observamos una casual ceremonia de quema de banderas mexicanas ya de telas envejecidas y reposición con nuevas. Casi en seguida se sucedió la clausura del Coloquio, y la declaración oficial de Visitante Distinguido de Veracruz de cinco de los cubanos que viajamos en la ocasión (Naborí, Waldo, Alexis, Tamayo y yo), más amigos de otros países, en un acto de la Gobernación muy oficial y de gala. Marcela fue la mano directiva central de este evento y lo hizo muy bien, pero luego se desvinculó de los sucesivos Coloquios celebrados en Cuba y Canarias. Casi de inmediato regresamos a la ciudad de México, y tras nueve horas de viaje de autopista, embarcamos hacia Cuba, más bien agotados, pero con buenos frutos cosechados.
Volví al D. F. siete años después, invitado por el Frente de Afirmación Hispanista, presidida por el ingeniero Fredo Arias de la Canal. Llegamos el 16 de abril de 2003 y me esperaba algunas conferencias el D.F. y en Morelia, y una estancia de una semana, junto a la Dra. Nuria Gregori. Esta vez no bien pusimos pie en tierra, nos condujeron al Santuario de la Virgen de Guadalupe, que visitamos con calma y maravilla, tanto el antiguo recinto eclesial, la Basílica Mayor, como el más moderno y amplio, donde se encuentra la imagen primitiva de la Patrona de México y de América. Al lado de la imagen, había otra de san Juan Diego, recién canonizado. Desde el Santuario, nos fuimos al Hotel Polanco, donde habríamos de residir unos días, sitio donde había pernoctado muchos años antes nada menos que Jorge Luis Borges.
Al día siguiente, Nuria y yo dimos un paseo por los alrededores, y luego nos vinieron a buscar para viajar al centro de la ciudad y más tarde a la Fortaleza de Acalma, cuyo convento de San Agustín de Acalma fue de los padres Agustinos entre 1539-1560. Del bello y muy mexicano sitio, partimos hacia las Pirámides. Me emocionó mucho rodear la de Quetzalcóatl, a la que ascendí, para ver el extraordinario panorama de la gran calzada y de las pirámides del Sol y de la Luna. Ascendimos a la del Sol, y no a la de la Luna, pues la tradición dice que no se deben subir ambas el mismo día. Cuenta pendiente que no sé si pagaré. Desde la Pirámide del Sol el panorama es mucho más sobrecogedor. Almorzamos en un restaurante con bella vista hacia el complejo piramidal. Regresamos al Hotel, donde descansamos la tarde, y en la noche tuvimos una cena frugal en Sambord´s.
Al día siguiente, Nuria Gregori y yo nos fuimos al Museo de Antropología, que visitamos completo. Es una de las maravillas que la gran ciudad puede mostrar al mundo. Luego ascendimos hacia el Castillo de Chapultepec. Como en 1992 conocí su par en las cercanías de Trieste, el Castillo de Maximiliano de Austria en su región italiano alemana, el de Chapultepec me resultó conocido, salvo por sus distribuciones internas. Desde sus jardines, me impresionó advertir la profunda contaminación de la ciudad, que se perdía en una bruma de humo, muy intensa. Luego de conocer las Lomas de Chapultepec, me invitó la amiga Mary Sloane a otro residencial hermoso, las colinas de San Ángel, donde visité a mi querida amiga, muy mexicana blonda, de ascendencia inglesa, cuya residencia es una maravilla, y donde conversamos detenidamente acerca de vírgenes negras y sus tradiciones desde los Templarios. Mary es una sabia en tales asuntos. Ella misma me llevó a una rica librería cercana, Gandhi, y me obsequió algún libro.
Otra amiga, la profesora Elia Acacia Paredes, me hizo visitar el Polyforum Siqueiros, en Insurgentes Sur, donde admiré el mural «La Marcha de la Humanidad», y la extraordinaria edificación. El Sr. Arias de la Canal, por su parte, nos llevó a las casas de Diego Rivera y Frida Calho, que recorrimos con entrañamiento, detenidos sobre todo en las habitaciones de Frida. Con Arlene, la esposa de Fredo, almorzamos en un restaurante cercano muy hermoso.
Pasé una noche en la Colonia San Ángel, en la casa de Mary, con quien tuve una rica conversación de temas esotéricos. Al día siguiente volví con Mary a la casa de Frida Calho, y esta vez pude detallar de manera inolvidable cada objeto, cada rincón. Visitamos muy rápidamente la casa donde vivió y murió Trovsky, y luego nos fuimos a un mercadillo de la Colonia San Ángel. Allí recibí noticias de La Habana, sobre mal estado de salud de mi madre, ya de noventa y tres años. Hacia solo cinco meses que había muerto mi padre y ella estaba muy afligida. Era Sábado Santo.
El Domingo de Resurrección di un paseo con la poetisa de Toluca Elisana Ménez, visitamos el Café de Tacuba y fuimos a ver cuadros de Orozco, Rivera y Siqueiros en el Museo de Bellas Artes, luego paseamo por el Zócalo, fue mi segunda visita a la apuntalada Catedral mexicana, víctima de terremotos. En la noche me reuní con Nuria, el Sr. Arias de la Canal y su esposa Arlene, y tuvimos una cena privada muy grata. Los cuatro dimos un paseo por el famoso lago de Xochimilco, en la tarde, pues en la mañana de ese lunes mi amiga Elia Acacia Paredes me había fijado una conferencia para cien alumnos en la UNAM, y visité la Colonia Mixcoac. Diserté sobre la décima en América Latina. En Xochimilco paseamos en una chalupa llamada Paula, sin que el contaminado lago nos impresionara mucho, nos adentramos en el canal de Cuemanco, donde se hacen famosas regatas y en la isla y laguna del Toro o Tora. De paso vimos la Pirámide de Cuicuelco.
El 23 de abril, miércoles, salimos rumbo a Morelia, donde debía dar la conferencia principal de mi viaje. El Sr. Arias de la Canal nos acompañaba y por el camino ascendimos a la negra y amarillo azafranado la cumbre del Nevado, a 4500 metros de altura, sentí algún mareo y la gran piedra volcánica me resultó un paisaje tenebroso. Arranqué una flor seca junto a la carretera en el llamado Parque de los Venados. Muy interesante ver el Valle del Lerma y el propio río, más el formidable paisaje, que en su tiempo visitara el gran José María Heredia.
Ya en la casa de unos ancianos tíos del señor Arias de la Canal, recibí una súbita e inesperada llamada telefónica, en la que se me comunicaba la muerte de mi madre esa mañana en La Habana. Flora Natalia Lemus Rosell partió cuando yo no estaba a su lado, sentada en la sala de nuestro apartamento, tranquila y en silencio. El suceso interrumpió el viaje mexicano, me enviaron contrito de regreso a la ciudad de México, y salí al amanecer del 24 rumbo a La Habana, mientras Nuria Gregori se quedaba con el texto de mi conferencia, que leería al día siguiente, el del sepelio de mi madre. El viaje dichoso y variado concluyó abruptamente. A mis cincuenta y seis años se fueron casi juntos mis padres, tras sesenta y dos años de matrimonio y quince de noviazgo. Sus cuerpos delicados me dolieron en el mío. Concluí mi segunda estancia mexicana con un duelo.