México lindo y querido, II Parte
He relatado en la parte anterior mis dos primeras visitas a México. Siempre gratas. Ahora me dispongo a narrar otras dos, con diferentes fuentes de invitación. El 21 de marzo de 2004, al año de la muerte de mi madre, que ocurrió cuando viajaba hacia Morelia, regresé invitado de nuevo por el Frente de Afirmación Hispanista, lo cual me permitía concluir la estancia del año pasado. El Sr. Fredo Arias de la Canal, a quien tanta gratitud debemos no pocos cubanos e instituciones de Cuba, me extendió invitación junto con la familia Bueno: el doctor Salvador Bueno ya de ochenta y siete años, su esposa Ada también octogenaria, y su hijo Salvador, quienes se iban a reunir en Morelia con Ada Bueno, la hija del matrimonio, y el nieto pianista Franco Rivero Bueno.
Ya el querido Salvador no estaba en condiciones de viajar, tuvo un viaje con problemas y, al llegar, hubo que transportarlo hasta el Hotel Polanco con silla de ruedas. Allí casi de inmediato se deterioró profundamente su salud, al cabo de unos días el Sr. Arias de la Canal lo trasladó desde una clínica en la ciudad de México a Morelia, donde lo mantuvo en una casa de la familia Arias, con confort y atención médica constante. De modo que me quedé solo en agradable Hotel, esta vez en su habitación 205.
Idos los Bueno, salí a cenar con el Sr. Arias y su esposa Arlene a la Hacienda de los Morales, al poniente de la ciudad, grato restaurante al que también repetía visita. Visité a doña Reme, mamá del Sr. Arias, con la que tuve un muy agradable diálogo y un almuerzo simpático, y luego visité la sede del Frente de Afirmación Hispanista en las Lomas de Chapultepec, desde donde el Sr. Arias dirige su fundación. En un amplio y grato Cinemark Bosques, vi La Pasión de Cristo, por Mel Gibson, una ganancia visual estupenda, con una visión muy medievalista de la Pasión (redención por el dolor), a la entrada ya de la Semana Santa, muy celebrada en México. Salí del cine con una pregunta aguda, difícil: ¿Será Dios un redentor que lanza al hombre depredador al mundo, le ofrece el libre albedrío y la noción de «pecado», para terminar con una oferta de salvación selectiva por vía escatológica hacia una teleología sumamente trascendente en la resurrección?
Visité el Castillo de Chapultepec, el de Bellas Artes y paseo por el barrio de Polanco y por la Zona Rosa y camino ampliamente por Reforma. Es la primera vez que ando solo en la ciudad, y logro entenderla mucho mejor, mapa en mano.
El jueves 25, salí para Morelia, conducido por uno de los choferes del Sr. Arias. Me hospedé con el mecenas mexicano en el Hotel Juaninos, rico sitio del centro de la ciudad, antiguo convento, cómodo y grato. Ya Morelia tiene un millón de habitantes, y pude observarla anchamente en un paseo a una colina próxima. Esa misma tarde ofrecí la conferencia programada en una Casa de la Cultura, donde concurrieron solo doce personas. El Sr. Arias la filmó completa. Estábamos al tanto de la salud del profesor Bueno, pero no tuve tiempo para poderlo visitar. El hermano del Sr. Arias, César, resultó sumamente simpático y locuaz. Concurrimos a una cena con la Sra. Mary Sloane, y Arlene, la esposa muy amable del Sr. Arias, y el propio anfitrión. Luego, pasee un poco solo por el corazón de la ciudad hasta bien entrada la noche. Al día siguiente, en la mañana, di un paseo más extenso por varias calles y pude conocer mejor la zona comercial y el movimiento provinciano de la bella ciudad. La Catedral, sobria y barroca, es muy hispana y grande. El paseo por el centro culminó con una excursión organizada por el Sr. Arias a la Laguna de Pátzcuaro, almorzamos en la Isla de Janitzio, y recorrimos en el yate del anfitrión un buen tramo lacustre. En la noche, ofrecí una conferencia sobre Carlos Manuel de Céspedes, que le correspondía al Dr. Salvador Bueno, a quien sustituí en la Casa Natal de Morelos, ante unas treinta personas. Me obsequiaron una hermosa escultura local, pequeña y pesada, que aun engalana la sala de mi casa habanera.
Regresé al Distrito Federal, en grato viaje a través de Atlacomulco y Toluca. Ya en la ciudad, me dispuse a visitar a un amigo cubano, que me exhibió en exceso y con poco buen gusto la casa donde vivía y ha de seguir viviendo, en la que instaló cuatro áreas de jacuzzi, me pareció que quizás la invitación fue para que yo comentara luego en La Habana lo bien que él vivía. A la salida de su casa, caminé por algunas zonas lindas de ciudad México y al otro extremo de las Lomas de Chapultepec, me encontré con el poeta Joel Mesa Falcón, santiaguero residente en México, quien me acompañó en el paseo y a mi regreso al Hotel. También por medio del profesor cubano Alejandro González Acosta, también residente en el D. F., conocí a los profesores e intelectuales mexicanos Vicente Quirate, Edgar Valencia, Gilberto Prado y Raúl Renán y una profesora cuyo nombre no recuerdo, muy agradable.
En esta estancia conocí mucho mejor el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Zona Arqueológica del Templo Mayor. La amiga profesora Elia Acacia Paredes me condujo al Zócalo, donde volví a visitar la Catedral, el Palacio de Gobierno y su bello Hemiciclo, con detenimiento en los murales de Diego Rivera, los detalles del Templo Mayor, la vida mexicana y turística en el Zócalo, y el sitio donde vivió José Martí. Esa tarde me reuní de nuevo con el poeta Meza Falcón, quien me llevó a la parte gay de la Zona Rosa, con una visible libertad de la vida homosexual nada visible en La Habana. Luego tomamos el metro, salimos en el Auditórium y me despedí del amigo que nunca más he vuelto a ver. El día antes de mi regreso a Cuba, di un gran paseo por México con Mary Sloane, compramos algo en la librería esotérica Nalanda, y me quedé en su casa, ahora reducida, pues la suerte económica le hizo alquilar la mitad de su vasta residencia.
A la inmensa ciudad de México, volví al año siguiente, en noviembre de 2005, esta vez invitado por la recién creada revista VoZotra. Su Director y fundador Daniel de la Mora había asumido a un grupo de cubanos en su Consejo de Redacción. Esta vez viajé con los poetas Jesús David Curbelo y Antón Arrufat, ya estaba en México Luis Manuel Pérez Boitel, todos hospedados con unos poetas peruanos en el céntrico Hotel María Cristina, con una noche de jazz-cena como recepción y bienvenida. En breve tuvimos una conferencia de prensa sobre la presentación de la nueva revista, celebrada en la Casa Lamm. El mismo día se lanzó el primer número de VoZotra, y cenamos en un restaurante de charros en la Plaza Garibaldi, sitio mexicano que no conocía y me dejó bien contento.
El 18 de noviembre comenzó el coloquio auspiciado por la novísima revista VoZotra y sus anfitriones, me correspondió hablar sobre las corrientes de la poesía hispanoamericana del siglo xx. Mucho aprendí con los ponentes Curbelo, el mexicano Efraín Huertas, las mexicanas Esther Zarraluki, Enzia Verduchi, Cecilia Podestá y María Vázquez, entre muchos otros.
Visitamos la Pirámide del Sol, mi segundo encuentro con las famosas pirámides mexicanas. Pasamos el 19 de noviembre en Teotihuacán, y al día siguiente celebramos el cumpleaños del anfitrión Javier de la Mora. Cambié mi pasaje aéreo para regresar una semana después a Cuba, junto con Pérez Boitel. En los días sucesivos, me encontré con el Sr. Fredo Arias de la Canal, y con Elia Acacia Paredes, con quien visité a Cineteca mexicana, en la Avenida Mixcoac, junto a la Iglesia Metodista de México. Esa noche me hospedé al final de la casa de la madre del Sr. Arias, ya fallecida. Con él visité la pirámide de Cholula, cantada por José María Heredia, nada impresionante luego de ver las de Teotihuacán, ni tampoco la ciudad me dejó tan honda impresión, tras caminarla un poco. Con el nuevo anfitrión, salí rumbo a la ya conocida Morelia, donde nos hospedamos en el lujoso Hotel Virrey de Mendoza, ofrecí una conferencia sobre poesía cubana y presenté uno de los libros de Arias de la Canal. Esta vez conocí, camino a Michoacán, la bella y pequeña ciudad de Jocotitlán, reposo visual y de aire fresco, tras la estancia en la bella y poblada México D. F., de profunda polución. Hermoso el valle de Atlacomulco. Esta vez el paseo por el lago de Janitzio fue un poco más demorado, nos acompañó el ingeniero David Montes de Oca y otros amigos mexicanos del Sr. Arias. Para concluir la estancia en Morelia, visitamos su Acueducto Hispano, y asistimos a un concierto del joven pianista cubano allí radicado Franco Rivero Bueno.
Al regresar a Ciudad México, conversé telefónicamente con Eugenia Revuelta de Villegas, prima de la cubanísima amiga Nati Revuelta, cené con Arlene y su esposo el Sr. Arias de la Canal en un bello restaurante llamado Altamira, y me leí íntegro el volumen La mística solar de los templarios, de Juan G. Atienza, además de una buena revisión del Concepto rosacruz del cosmos o ciencia oculta cristiana, de Max Hiendel. Fueron lecturas esotéricas magníficas, y de paso me enteré de una extraña leyenda sobre el Santo Grial, proveniente de una esmeralda que se le cayó a Lucifer, cuando fue expulsado de la presencia Divina. Mi amiga, la señora Mary Sloane, aun me documentó más sobre temas ocultistas. Para equilibrar, vi por la mexicana Televisa un bien ligero programa llamado «Bailando por un sueño».
El 28 de noviembre, regresé a Cuba, y México se me convirtió en pasado. Un sueño largo, lleno de experiencias positivas.