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La risa según Bergson. Punto uno

Jorge Ángel Hernández, 22 de mayo de 2009

Henri Bergson reúne en un volumen tres ensayos publicados a fines del siglo XIX en la Revue de Paris acerca de la risa, o como el mismo aclara, “sobre la risa especialmente provocada por lo cómico”, con el objetivo de determinar sus categorías y de establecer “unas cuantas leyes generales”.1 Declara que no desarrolla un estudio propiamente filosófico del asunto porque considera desproporcionado el esfuerzo en relación con el motivo, es decir, que no vale la pena un tratado de filosofía para conseguir definiciones acerca de la risa. Esta actitud, cuyo mal ejemplo no podemos achacarlo a su maestro Aristóteles, subyace aún en el ámbito del conocimiento universal, aunque tampoco podemos descargarle el entramado de semejante tradición a este profesor de filosofía de origen polaco.2 Sería útil, no obstante, revisar sus preceptos teóricos, de los cuales la humanidad sigue nutriéndose al adentrarse en el siglo XXI, para rehabilitar sus mismos objetivos, es decir, recontextualizar esas cuantas leyes generales de lo cómico que intentó definir.

Como punto de partida, Henri Bergson establece la condición estrictamente humana de lo cómico que, sin embargo, reclama un estado momentáneo de insensibilidad (el subrayado es suyo) para que se produzca. El ser humano, tradicionalmente hundido en la cápsula definitoria de “un animal que ríe”, es redefinido por el francés como un animal “que mueve a risa”, a lo que agregaría por mi parte que se trata de un ser que prefiere reírse de los demás antes que de sí mismo, y además antes de que los demás consigan reírse de sí mismo, para lo cual trabaja casi sin descanso. Por consiguiente, más que de un ejercicio de insensibilidad, me gustaría hablar de sensibilidad egocéntrica. Con ello, Bergson despeja el camino para que su propio sentido de la alteridad se haga precepto en el reino de la risa. En “Materia y memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu”, obra de 1896 que sí consideró principal en su sistema filosófico, establece que “nuestro cuerpo resulta un instrumento de acción, y solamente de acción”,3 relegando sus funciones motrices al dócil plano que la percepción sea capaz de asignarle.

Una de las coincidencias más claras de todas las cosmogonías está centrada en que el ser originario de quien elabora el relato constituye el centro del universo, el receptor de la vida por excelencia. Así, y desde los orígenes del pensamiento, queda reservado lo sublime para el yo y lo ridículo para el otro. Coincide además en la mitología el papel de la risa como representativa de baja condición, exponente de aquellos que se han atrevido a transgredir las normas de poder y los sistemas ideológicos. El riente pertenece a una categoría necesariamente excluible de la sensibilidad egocéntrica que ha conformado el mundo relacionado por el mito porque la risa es un hecho de efecto significativo irreversible; entonces, y en tanto el yo no se halla en condiciones para sobredimensionarlo, opta por sacarlo del canon del valor. Bergson ―y casi todo el pensamiento occidental tras él― no escapa a este sentido elemental de juicio acerca de lo que debe conducir a risa. De ahí que el ser humano sea una criatura racional que insiste en resistirse a reconocer que de sí mismo se ríe.

Considera pues indispensables tres procedimientos para que lo cómico se constituya: repetición, inversión, e interferencia de series. Su concepción de lo cómico se establece interpretando la farsa, reacomodando sus estructuras visibles al mundo cotidiano y no, como ella misma se ha formado y como propone de acuerdo con su propio concepto de la percepción, remodelando lo cómico luego de interpretar la realidad material y sus efectos en la psiquis. La sinécdoque mediante la cual repetimos, siguiendo sus preceptos, las características de efecto de la risa, parte de no advertir este detalle. Aunque en algún momento asegura dedicarse a desentrañar lo humorístico, su focalización no va más allá de mecanismos propios de la farsa y la comedia clásica, pues, si bien se incorporan ejemplos de la vida y el arte, giran, una vez transferidos al análisis, alrededor de mecanismos propios de la representación escénica.

“Una repetición cómica de palabras ―asegura― tiene por lo general dos términos que se enfrentan: un sentimiento comprimido que rebasa y una idea que se complace en aplastar de nuevo al sentimiento”. El procedimiento se fundamenta en “una situación, una combinación de hechos que, con pequeñas variantes, se reproducen en muchas circunstancias, cortando la marcha cambiante de la vida”.4 De acuerdo con esta particular mirada del filósofo, al tener una sintaxis preconcebida para cada suceso que en la vida enfrentamos, el surgimiento sorpresivo de una reiteración puede cansarnos y, en reacción inmediata, conducirnos a asumir con la risa ese cansancio. Su ejemplo del amigo a quien varias veces, y por casualidad, se encuentra en una jornada luego de haber pasado largo tiempo sin verlo, lo cual les permite sonreír, remite a un juicio interpretativo del contraste ―en esa concepción prediseñada en su sistema filosófico― más que al efecto de repetición en sí. De haberse encontrado reiteradamente con un señor con pinta de asesino a sueldo, pongamos, la reacción hubiera sido de miedo, o de preocupación cuando menos. Si esa persona hallada en varias ocasiones durante el mismo día, luego de no haberla visto en largo tiempo, fuese un amor añorado en secreto, la reacción puede partir de la nostalgia, pasar, entre otras, por la frustración o la esperanza, e incluso llegar hasta la inspiración poética. En curiosidad mediosupersticiosa o irritación pudiera devenir encontrar, en semejante incidencia, a un vendedor de un producto que durante largo tiempo hemos buscado infructuosamente. En cualquiera de ellos, como en otros posibles, los actos de repetición mecánica, tal y como son presentados por su teoría en carácter de requisito, se manifiestan en sucesión idéntica, sin que nos muevan a risa.

Reír, insisto entonces, depende mucho más del acto de concurrencia de significados entre sí excluyentes en un segmento único de interpretación, que del acto mismo de la repetición mecánica, punto en el cual Bergson prefirió no indagar. No es baldío sin embargo su precepto pues tanto el “sentimiento comprimido que rebasa” como la “idea que se complace en aplastar de nuevo al sentimiento” adquieren su función para la circunstancia de requisito de lo cómico. Ambas coinciden, para que venga la risa a nuestra mente, en la secuencia efímera del signo.

En “Materia y memoria…”, Bergson ha señalado que “nuestro cuerpo, por ser extenso, es capaz de actuar sobre sí mismo tanto como sobre los otros”5 y tiene este, además, la capacidad de construir su pasado “en hábitos motrices”.6 Aunque ha advertido que sus alternativos ensayos acerca de la risa no son esencia de su filosofía, podemos detectar hasta qué punto aprovechaba la distancia del otro para entrenarse en el dictado de las definiciones. La rigidez ―del carácter, del espíritu y aun del cuerpo, acota en el primero de los ensayos de La risa―,7 sobre la cual descarga esa especie de culpa de lo cómico, está ligada entonces a la repetición, por su sospechosa condición ante la sociedad, por su categoría de indicio de adormecimiento, de actividad que en tanto se aparta “del centro común, en derredor del cual gravita toda la sociedad”, se transforma en excentricidad. Y a pesar de que en ese mismo ensayo llamara la atención sobre el peligro “de encerrar en esta fórmula una definición de lo cómico”,8 por tradición, los que a sus textos acuden se ríen del peligro y constriñen la receta.

En el ensayo segundo de La risa, además, hallamos un concepto lineal de la existencia que se integra de lleno con su complejo filosófico esencial y gracias al cual se fundamenta su ecuación de: repetición mecánica igual a risa:

La vida se nos muestra en el tiempo como una evolución en el tiempo y en el espacio, y como una combinación. En el tiempo la vida es el progreso incesante de un ser envejeciendo continuamente, es decir, que no puede volver atrás ni repetirse. En el espacio, la vida presenta elementos de tan estrecha solidaridad, hechos con tanta exclusividad los unos para los otros, que sería imposible que uno solo de ellos perteneciera al mismo tiempo a dos organismos distintos: cada vida es un sistema cerrado de fenómenos, sin capacidad de interferencias con otros sistemas.9

De acuerdo con él, en este caso, la repetición mecánica no hastía, ni satura el sentido, sino que mueve a risa, en tanto su función se concentra en ir interponiéndose mecánicamente en la consecución lógica de la existencia. Pero esa “marcha cambiante de la vida” no es otra cosa que argumento del ser en el bien definido concepto bergsoniano de existencia; un deber-ser que introduce un número muy reducido de variantes al comportamiento humano, de ahí que se apoye en el ridículo, y en los estamentos puntuales de la sátira, para imponer la corrección. He aquí lo que en fraseología de Marx ―Karl― se considera lanzar la criatura con el agua sucia, o en razonamiento de Eco ―Umberto― se establece como estamento de lógica cerrada, es decir, si todo bosque se halla compuesto de árboles, todo conjunto de árboles puede ser considerado un bosque.

Una repetición mecánica resultará risible, sin embargo, cuando los requisitos de lo cómico10 se establezcan plenamente en su proceso enunciativo. Si con frecuencia vemos hasta qué punto el recurso de la repetición es empleado para conseguir la risa, se debe a que su adecuado ejercicio de enunciación arroja muy buenos resultados. En nuestras puestas humorísticas de ahora mismo abunda este recurso, tanto en radio, televisión, como en las tablas, o bien mediante un personaje que repite machaconamente una frase, o bien a través de un eslogan de cierre que, más que repetir mecánicamente, reacondiciona la posibilidad de recordar el argumento y hasta de conseguir cierto grado de evaluación general. Sin embargo, es difícil encontrarlo en la literatura, y más aún hallarlo empleado con efectividad, pues esa mecanicidad bergsoniana se hace inconsistente al depender de una elección de lectura que no esté estrictamente dirigida por la enunciación. En tanto en el contexto de lo escenificado, la voz, los movimientos del rostro, el maquillaje, el atuendo, los fondos musicales y otros recursos varios, condicionan los actos de repetición con resultado inmediato, en el texto literario escasean los elementos de facilitación.

Para Bergson, no obstante, basta con reiterar en mecánica intención, revelando el ridículo accionar de nuestro ridículo cuerpo humano, para que la risa se plante en nuestros labios. Basta con comprimir y rebasar los sentimientos para tener la sonrisa en la expresión.

1-Enrique Bergson: La risa (traducción de P. Girosi), Editorial Tor, Buenos Aires, Argentina, p. 5. Las citas se tomarán de esta edición en castellano. En francés, está disponible una edición digital del texto, hecha por Bertrand Gibier a partir de Le rire. Essai sur la signification du comique, Éditions Alcan, Paris, 1924.
2-Su padre era polaco, de origen judío. Nació en París y estudió filosofía en la École Normale Supérieure. Su pensamiento parte de tres fuentes filosóficas definidas: Hume, Spencer y Maine de Biran, es decir, empirismo, evolucionismo y espiritualismo. Entre 1883 y 1888 ejerció la docencia en un instituto de Clermont-Ferrand. Se trasladó entonces a París, donde se doctoró en filosofía con una tesis sobre Aristóteles y continuó ejerciendo la docencia en distintos liceos parisinos. Sus obras Essai sur les données immédiates de la conscience (1889), Matière et mémoire. Essai sur la relation du corps à l'esprit (1896), Le rire. Essai sur la signification du comique (1900) y L’évolution créatrice (1907) lo situaron intelectualmente en Europa. Catedrático de filosofía del Collège de France (1900-1921), miembro de la Académie française (1914). En 1928 recibió el premio Nobel de literatura.
3-Henri Bergson: “Materia y memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu” (1896), en Obras escogidas, Aguilar, México, 1963, p. 408. Se citará a partir de esta edición en castellano. En francés, está disponible una edición digital del texto, realizada por Gemma Paquet a partir de Matière et mémoire. Essai sur la relation du corps à l’esprit, Les Presses universitaires de France, Paris, 1939.
4-La risa, op. cit., p. 75
5-“Materia y memoria…”, op. cit., p. 415
6-“Materia y memoria…”, op. cit., p. 422
7-La risa, op. cit., p. 22
8-La risa, p. 23
9-La risa, p. 74
10-Los Requisitos imprescindibles de lo cómico son: 1- Código referente estáticamente percibido; 2- Discurso significante cuyo sentido último dependa de cierta idea de narratividad convencional que se verá escenificada en el proceso mismo de la enunciación; 3- Oposición desproporcionada entre causa y efecto en el suceso presentado; 4- Simultaneidad en la pertinencia expresiva de los significantes; 5- Sustitución metasemiótica del código referente; y 6- Reconstitución metasemántica del código referido. He desarrollado este aspecto en «Para apresar lo cómico», capítulo segundo de mi libro El nombre de la risa, inédito aún.

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