España por primera vez, 1990: Ronda, Granada y Madrid
Mi segunda salida de Cuba fue uno de los viajes más extraños que yo haya dado, en cuanto a desplazamiento aéreo. Me invitó el Colectivo Cultural Giner de los Ríos de la ciudad andaluza de Ronda, junto a los poetas Waldo Leyva y Guillermo Rodríguez Rivera, para celebrar el cuatrocientos aniversario del libro Diversas rimas (1591), de don Vicente Martínez Espinel, mediante el cual se le dio nueva carta de crédito a la variante de décima, luego llamada espinela, que habría de tener amplia repercusión en la cultura oral y escrita de la lengua española. Debido a la situación extraordinaria en el llamado campo socialista, el billete aéreo más económico salió en un vuelo de Aeroflot, línea soviética que cubría el itinerario Lima-La Habana-Gander-Shannon-Luxemburgo-Moscú. Tras veinte horas de vuelo y una noche y un día moscovitas, Guillermo y yo seguimos hacia Madrid, pues ya Waldo estaba en la capital española. Como salimos de La Habana en la noche del viernes 16 de noviembre, llegamos a Moscú, con ocho horas de diferencia horaria, el 17 del propio mes, y salimos para Madrid el 18, de la noche siguiente. Casi en la medianoche española, nos esperaba en el aeropuerto madrileño la pediatra Ángela Uriarte, en cuya más bien enorme residencia de la calle Otero y Delage, 70, nos hospedamos Waldo y yo, pues Guillermo se fue a la de un amigo en el corazón de la ciudad.
Al día siguiente, 19 de noviembre, salí solo para pasear por el barrio, un poco por la avenida del Cardenal Herrera Oria, que fue mi primera visión de un sector madrileño. En la noche, viajamos los tres en tren hacia Ronda, y llegamos al amanecer del 20. En la estación nos esperaba el anfitrión Manolo Casillas Jiménez, quien desde entonces ha sido un gran amigo. Ese mismo día tuvimos un primer encuentro en una escuela, donde ofrecí una conferencia sobre poesía cubana y leí algunos poemas junto con Guillermo y Waldo. El 21 comenzó el coloquio, y de entrada conocimos a algunos profesores, ensayistas, estudiosos de la literatura española del renacimiento, manierismo y barroco, entre ellos Gaspar Garrote Bernal, Luisa Fernanda Aguirre, María Isabel Osuna, el granadino Juan Paredes y las rondeñas y malagueñas Remedios Beltrán Duarte, Inés Ortega, Victoria Godoy, entre otros y otras. Fue amable el cura párroco don Gonzalo Huesa López, quizás un poco asustado por la presencia de tres cubanos, de la «Cuba comunista», en su ciudad hermosa.
Y muy bella es Ronda. Se sabe que se halla sobre una meseta que corta en dos el río Guadalevín. En un tajo de maravillosa vista. Como es ciudad de tradición romana y árabe, sus edificios históricos son de gala y gran belleza, algunos recuerdan construcciones españoles de Cuba y de otras ciudades de Hispanoamérica, como el Palacio Mondragón. Recuerdo el paseo en auto por sus enrevesadas calles, hasta dar con una puerta citadina en forma de aguja, llamada de Almocábar, y debajo los llamados baños árabes o turcos, así como dos puentes preciosos: el Viejo y el Nuevo, que dan paso al barrio de San Francisco, donde hay sitios visitados por Cervantes como colector de impuestos, y claro que por Espinel… Recuerdo la Calle de la Bola (o Carrera de Espinel), central en el ambiente citadino, que concluye en la Plaza de Toros, según leí, es la más antigua y mayor del mundo, también la más bella que hasta entonces había visto. Y entre sus extraordinarias iglesias góticas y de variados estilos, me gustó más la de la Merced, donde se encuentra una reliquia de Santa Teresa: su brazo incorrupto. La Parroquia o Iglesia Mayor en la plaza principal es bellísima, frente al edificio del Ayuntamiento, espectacular. El Hotel situado en el Paseo Inglés, el propio paseo y la vista que desde él se ve, conforman uno de los más hermosos sitios que España ofrece al turismo, y que causó la maravilla de Reiner María Rilke, quien vivió cuatro meses allí. El coloquio espineliano fue instructivo y de elevado tono. La estancia en Ronda resultó gratísima y conservo amigos y amigas de ese año, hasta hoy.
El regreso a Madrid fue breve, porque debíamos partir a un compromiso de conferencias en la Universidad de Granada. Allí, Waldo y yo nos hospedamos en un hotel muy céntrico, Guillermo se quedó en la casa del profesor y poeta ..., y los tres hablamos en una suerte de panel sobre Alejo Carpentier. Creo que también leímos poemas nuestros ante estudiantes y profesores. El paseo por el Albaicín me dejó lleno de su extraordinario encanto, pero la visita a la Alhambra y al Generalife colmó no sé qué sueños que deben de haber venido con los genes de mis ancestros. ¿Describo nuestro paseo por ambos sitios? Sería un lugar común para decenas de miles de turistas de todo el mundo. Pero el Generalife me llenó del sabor poético del verdor vegetal y de la música de las muchas aguas, fuentes y estanques preciosos. Cierro mis ojos, y advierto que esa imagen no se me ha borrado nunca. Como nunca he vuelto a Granada, muchos parajes de la ciudad se me borran ya en la memoria, y descuella el recuerdo del Albaicín y de la Alhambra visos desde la terraza de la casa del poeta ... Waldo hizo desde entonces una grata amistad con el poeta Luis García Montero, a quien solo conocí de paso frente a la catedral granadina, y Guillermo, con su hija radicada en esa ciudad, volvería una y otra vez a esta ciudad, en la que con seguridad compraría especias para su gusto de poeta y grato cocinero, lo que evocaría a la inversa el viaje de Colón. Lo recuerdo comprándolas en un mercadillo, lleno de sabiduría culinaria. En Granada conocí a los profesores y poetas Juan Carlos Rodríguez, María José Merlo (Pepa), Mercedes de los Santos, Jesús Ortega, entre otros cuyos nombres se me han confundido.
Waldo Leyva hizo de todo para que nos llevaran al pueblo de Federico García Lorca, y esta fue una de mis sorpresas más gratas: Fuentevaqueros, el mecedor infantil del extraordinario autor del Romancero gitano, su busto en el patio, recortado entre frondosidad vegetal… Aprecié cada rincón como sitio de fe.
Madrid se me abrió múltiple, de los tres poetas viajeros cubanos, era el único que no la conocía, de manera que hallé un júbilo diferente y la recorrí durante diez días yo solo o con mis amigos el médico Alfredo y su esposa Micky Manella, quienes me condujeron a sitios y restaurantes inesperados para mí. Ya Alberto Acosta-Pérez había estado con ellos en el año anterior, cuando fue a España a recibir el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego, en la legendaria y machadiana Soria. Micky me mostró El Corte Inglés de la calle Goya, gran catedral del Capitalismo, y el Cementerio Civil y el de San Isidro (sobrecogedor a veces), y me descubrió cosas simpáticas como este grafitti en la Calle de Toledo: «No es que el mundo esté mal. Solo perdimos el libro de instrucciones». La fuerte campaña del PSOE para el uso de condones, que frenaría el contagio del SIDA, estaba respondido con letreros como este: «Menos condones. Más honradez». Entre los restaurante que visité con la pareja de amigos, me encantó uno llamado Gran Canal, de comidas chinas y, claro, el Café Gijón.
No voy a describir Madrid, sería ingenuo. Me sentí muy contento con ver el Museo del Prado con calma y soledad, si bien a veces tenía que competir con grandes grupos de japoneses para admirar, por ejemplo, las famosas majas desnuda y vestida. Largo rato conversé con El caballero de la mano al pecho, y dediqué un buen tiempo frente al Jardín de las Delicias del Bosco. Mientras mis amigos Waldo y Guillermo se entrevistaban con celebridades literarias, yo andaba a pie por el centro de Madrid, con o sin acompañantes. No obstante, visité a mi reciente amigo, conocido el año anterior, Justo Jorge Padrón y su bella esposa macedonia Kleopatra Filipova, excelente traductora y saludé en su sede de Leganitos 10 al por entonces presidente de la Asociación de Escritores Españoles, José Gerardo Manrique de Lara… Hablé por teléfonos con el gran poeta cubano Gastón Baquero, pero sería en 1994 que lo conocería en verdad.
En la Plaza Mayor ya había preparativos para la próxima Navidad, engalanado todo. Recorrí algunos sitos donde se anunciaba que allí estuvo Hemingway, lo que no me resultaba muy extraordinario, proveniente de una ciudad donde Hemingway había vivido extensamente. A muchos cubanos les gustaría al menos ver desde afuera, como hice yo, el gran estadio del Atlético de Madrid. Entonces conocí uno de mis sitios preferidos de la capital española, el Parque de la Montaña, donde se encuentra un Templo (Deboh), obsequio egipcio a Madrid. Con uno de los amigos fui a una Sala X de la Puerta del Sol, y la verdad es que ni él ni yo nos quedamos allí ni cinco minutos, puritanismo aparte, curiosidad satisfecha. En Madrid terminé un poemario que luego llamé Con cierto español, publicado en Ronda en 1994. Estuvimos en Getafe los tres escritores para ofrecer una charla literaria.
Retorné a Cuba por la misma vía moscovita en compañía de Guillermo Rodríguez Rivera.