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España por tres meses: Madrid (I Parte)

Virgilio López Lemus, 15 de mayo de 2014

Con una Beca del Ministerio Español de Asuntos Exteriores, para labores de investigación literaria, llegué a Madrid, por segunda vez, el 31 de marzo de 1994. Un amigo me esperaba y me condujo directamente a la casa de la generosa y solidaria Dra. Ángela Uriarte, donde iba a tener una muy buena estancia de tres meses intensos. Era Semana Santa, de modo que mis trámites oficiales estaban detenidos hasta el lunes siguiente. Usé los días para pasear y reconocer mejor el terreno y el transporte en que me desplazaría. Era mi primera estancia prolongada fuera de Cuba, y me ofreció alguna angustia, sentimiento de extranjero, descolocación espacial. Por suerte viajé con una primera versión de la única novela que Alberto Acosta-Pérez concluyó, era muy voluminosa y necesitaba una poda esencial y reescritura, pero consumió buena parte de mi tiempo previo de comienzo de trabajo en la Biblioteca Nacional de España, donde me dedicaría a develar la historia de la décima desde el siglo xv. Seguro no lo hice de manera concluyente y sin errores, pero fui el primero que le dedicó un volumen a la tal historia estrófica.

El lunes 4 de abril recibí en el Ministerio español mi carné de investigador y cobré el primer salario de la beca, lo que comenzó a facilitar mucho mi estancia. Esa noche visité por primera vez a Gastón Baquero, más cordial de lo esperado y con un sentido bastante «ecuménico» de la cubanía y su gente. Antes, pasé la tarde trabajando en la Biblioteca Nacional, lo que sería visita constante durante abril y junio. Allí me encontré con mi amiga poeta y filósofa Lourdes Resoli, ya residente en Madrid, lo cual fue muy grato.

La visita a Baquero fue también grata, se veía físicamente bien, pero con algunos trastornos en sus piernas, no me permitió que lo llamase maestro y quiso que lo tratase de tú, lo que me resultó imposible. Conversamos sobre la cultura en Cuba, sobre las utopías del cristianismo y del socialismo (me dice que la teoría marxista es bella, pero fue transformada en «totalitarismo») y luego más extensamente sobre poesía cubana. Le entregué un artículo de Alberto sobre la poesía baqueriana, y le hablé de uno mío en que hacía un paralelo entre su obra y la de Eliseo Diego; se interesó por tenerlo. En una segunda o tercera visita se lo proporcioné, y ambos artículos salieron publicados por primera vez en el volumen Celebración de la existencia (1994), que le consagró la Universidad de Salamanca. Tras mucho olvido y desinterés en la patria de asilo, Baquero estaba siendo por entonces mejor conocido en España. 

En verdad comencé a trabajar el 5 de abril en la Biblioteca Nacional y fui lentamente configurando lo que sería La décima renacentista y barroca, publicado en 2002. La forma de aplicar para obtener los libros en la biblioteca, me desconcertó al principio y finalmente me convertí en un experto para hallar con rapidez todo lo que necesitaba. Era una buena época monetaria para un extranjero, pues la peseta española estaba por debajo de cien por un dólar, y la vida resultaba menos cara que solo ocho años después. En esos días me encontré con el poeta y ensayista cubano Jorge Luis Arcos, que tenía la misma beca que yo desde un mes antes, y que se desplazaba entonces por varios sitios de España. Con él conversamos con la secretaria de Asuntos Culturales de la Embajada de Cuba en Madrid, en la casa de Ángela, pero no concretamos realizar ninguna actividad, e hicimos simpáticos paseos, sobre todo nocturnos, por la bella ciudad capital. Recuerdo que vimos el estreno del filme norteamericano El piano, que nos gustó sobremanera.

Visité a mis recientes amigos Justo Jorge Padrón, José Gerardo Manrique de Lara, y también al cubano emigrado Carlos Espinosa, quien fue cordial en esa ocasión. En ese mes inicial de mi estancia, almorcé dos veces con Baquero y consolidé una grata amistad con el director de la Editorial Betania, Felipe Lázaro, a quien visité en su propia oficina en varias ocasiones, y me familiaricé allí con los libros de cubanos emigrados que él editaba, lo que me permitió una visión llamémosle privilegiada para un estudioso del quehacer poético de los cubanos en Estados Unidos y España. Gracias a Felipe, tuve mis primeras lecturas de poetas como Gustavo Pérez Firmat, Arminda Valdés Ginebra, Ana Rosa Núñez, Carlota Caudfield, Orlando Rosardi, Magaly Alabau, entre otros muchos. El asunto se convirtió en mi segundo tema de consultas y lecturas en mi estancia española. Gracias a la generosidad de Felipe, conocí casi todo su catálogo editorial, me prestaba o regalaba volúmenes y leí intensamente una creación literaria muy poco conocida dentro de la Isla.

Gracias a mi amigo Mariano Rodríguez, musicalizador de Radio Exterior de España, y del periodista Miguel Pozo, tuve una entrevista-programa por ese medio radial, en Un idioma sin fronteras, en la que hablé sobre poesía cubana y leí algunos de mis poemas. Finalmente la coordinación fue del amigo Luis Arancibia y la realizó el poeta Ángel Marco, quien condujo todo el programa de media hora.

En esos días conocí al detalle el barrio de las calles Serrano y Goya, de Plaza de Colón hasta El Corte Inglés de Goya, y caminé por placer y deseos de conocer, en arduas caminatas, todo Prado, todo Recoletos y completa la Castellana desde Plaza de Colón hasta Plaza de Castilla, que no es poco decir y andar. Fue agradable conocer Móstoles, a unos 27 kilómetros de Madrid, y pasar allí una tarde en la casa del reciente amigo José María Salmerón, de familia de apellido ilustre en la historia de España. Lo que quedaba de abril, resultó para mí de un conocimiento total del Madrid central, de modo que el 31 de ese mes ya conocía en detalles museos, cines, sitios célebres, parques y plazas y me transportaba en autobús y metro con suma facilidad. No resultó una ciudad difícil y me gustaba mucho. Con la pro a algunas personas talentosas y otras víctimas de su talento. Como en todas partes. Con Lourdes Rensoli  asistí a una peña en un restaurante del centro, creo que del barrio de Chuecas, donde leímos poemas en grupo y conversamos sobre poesía.  Con Jorge Luis a una exposición del postmoderno alemán Beuys en el Reina Sofía, a veces eran mucho másinteresantes los títulos conceptuales, como Tumba de una liebre, una suerte de liebre-encarnación sepultada, con explicación mítico metafísica…

Me resultó más interesante ver a Dalí y El enigma sin fin, de 1938. De allí nos fuimos al muy conocido Café Gijón, a donde había ido ya varias veces con mis amigos incambiables el Dr. Alfredo y su esposa Micky Manella. Fue un grato día en compañía de Jorge Luis Arcos, y coincidimos mucho en nuestro diálogo sobre poesía. Pocos días después, él retornó a Cuba. Dos noches antes, buscando tomar una copa de madrugada por el barrio de los Austrias, nos equivocamos y entramos a un prostíbulo. Las chicas, solitarias y aburridas a esa hora, nos cayeron atrás gritando: «Llegaron los novios», que nos hizo reír mucho, mientras nos escapábamos. Antes, pudimos ver juntos el filme Adiós a mi concubina, que mucho nos gustó.

En la Biblioteca Nacional «descubrí» la obra del fabuloso personaje Torres de Villarroel, suerte de anticipo de Severo Sarduy y Reinaldo Arenas en el siglo XVIII, astrólogo lleno de aforismos de los que él mismo decía: «Léelos, y no te descabeces en qué quieren decir los aforismos, pues te juro por mi vida que yo tampoco lo sé…» Obra completa, Tomo IX, pág., 145-149, 1732, «Delirios astrológicos». Quizás tampoco Nostradamus sabía lo que decían sus centurias… Suerte de self-made man de la astrología, Villarroel me enseñó mucho mientras lo leía en la Biblioteca Nacional de Madrid. Visité varias veces la Casa de América, dejé algunos libros míos y de Alberto allí. Como el Parque del Retiro quedaba cercano, solía terminar mi labor de indagación bibliográfica en la tarde, dando un paseo por sus jardines, en limpia y grata soledad arbórea. Buscando más información para mi trabajo me fui a la Biblioteca Hispánica del Instituto de Colaboración Económica, pero me resultó pobre en materia decimista.

Los esposos Mariano y Teresa, me invitaron a que pasara un fin de semana con ellos en Ávila, nos fuimos debajo de una fuerte lluvia, llegamos lloviendo al Escorial, y seguimos bajo la lluvia tupida. En Ávila me fue muy bien, conocí la ciudad en sus sitios principales, incluidos Los Cuatro Postes, la basílica consagrada a Santa Teresa, las murallas… y los amigos me condujeron el sábado a Salamanca, donde vi la famosa Cátedra de fray Luis de León y la Catedral. Aunque también llovió mucho, dio tiempo para un grato paseo por el centro antiguo salamantino, y me dejé impresionar por la fachada del Palacio de las Conchas, y busqué una rana en la urdimbre barroca de una de las puertas catedralicias. Es raro, dentro de la Catedral pasé todo el tiempo mareado, como queriéndome caer o perder el sentido, y a la salida se me quitó todo súbitamente. Parapsicología interesante, diría Villarroel. El domingo lo dediqué a pasear por Avila y a compartir con la familia abulense de Teresa, cuya abuela cumplió ese día 86 años. Por cierto, en ningún momento llovió en la estancia abulense, salvo cuando me asomé al patio donde la niña Teresa de Avila jugaba en su tiempo. Estando allí, de pronto se desató una tormenta y cayeron granizos. De regreso a Madrid, intentamos entrar en el Valle de los Caídos, pero lo impidió otra tormenta con granizos.

En Madrid, concluí un cuaderno de poemas escritos en 1990, cuando visité Ronda, donde mi amigo Manuel Casillas lo editaría para mi regreso a su ciudad a fines de mayo. Hice varias visitas, una de ellas a un tenor llamado Enrique Viana, que Alberto había conocido en el Gran Teatro de La Habana, y a los amigos profesores medievalistas Gaspar Garrote, Luisa Fernanda e Ignacio Díez, en sus respectivos apartamentos. También estuve en la casa y en el taller del pintor Fernando Somoza, a quien me había presentado Jorge Luis Arcos. Vi mucho cine, y caminé largamente las calles madrileñas en todas direcciones. No olvido los filmes Belle Epoque, Banquete de Bodas, La Edad de la Inocencia, Alegre ma non troppo, y Philadelphia, que me hicieron reír o reflexionar. Una tarde, me encontré con Teresa Fernández Mardones, quien hacía ocho meses que se había radicado en España, tras una crisis de oposición política en La Habana, en la que fue protagonista su esposo. Luego los visitaría en Valencia. Me di cuenta de que en Madrid no debía tratar mucho de «podría hacerme el favor» o «tenga la bondad», pues esas cortesías latinoamericanas suenan allí algo ridículas. A veces el trato oficial es áspero y sobre todo no debo sonreír a las funcionarias, para que no se sientan «acosadas».

Al mes de salir de Cuba, ya planeaba un mayo peregrino por Barcelona, Valencia, Ronda, Málaga y Sevilla. El 1º de mayo me fui a ver la gran manifestación en Puerta del Sol, y en la tarde asistí a mi única corrida de toros completa en la Plaza de las Ventas, invitado por mis amigos Micky y Alfredo. No emito juicios sobre la matanza de los desdichados toros, el espectáculo es bello y tanta gente en la Plaza gritando a coro, me dio la sensación de estar dentro de un filme. Los domingos en la mañana me aficioné a irme al Rastro de Madrid, a ver las ventas de mercadillo callejero muy interesantes y las reacciones populares. A veces me iba con mi anfitriona Angela a AlCampo, a comprar víveres para una semana o más… Una tarde cené con la Condesa de Monterrón y su esposo en un elegante restaurante de Madrid, al inicio de la Gran Vía, con busto de Franco y bandera española al lado. Llevé a la condesa una carta de Dulce María Loynaz, quien me recomendó a estos señores, a quienes por fin no vi más, pues viajaban a Nueva York.

El 5 de mayo, me fui a Barcelona, lo que será motivo de otra crónica.

 

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