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Periodismo en provincia

Ricardo Riverón Rojas, 09 de junio de 2014

La imagen que la mayoría del pueblo tiene del periodista se corresponde con la del reportero que cubre, desde el punto de vista informativo, los aconteceres. Mas si nos atenemos a la definición que da el DRAE, no es solo lo noticioso el objeto de estudio del periodismo. Dice el diccionario que es: “captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades”.

Con mayor frecuencia de lo deseado, en nuestro país se relaciona al periodismo con el relato de la inmediatez, a veces analítico, mayormente distanciado y con visible énfasis en lo económico y los programas sociales. Y también en demasía los medios hablan de logros en futuro y desgracias en pasado; o en presente: de “catástrofes” (sociales, económicas y naturales) externas y “errores a enmendar” en lo interno. Parafraseo, con estos últimos razonamientos, las repuestas que me dio del graduado de periodismo Yamil Díaz Gómez cuando, hace años, lo entrevisté para la revista Umbral.

El periodismo reflexivo que practican nuestros medios masivos, hoy, va mayoritariamente a lo histórico; o al desmontaje político de la lógica del capitalismo neoliberal para, con ello, devolverle validez a lo que, como lugar común ha pasado a denominarse “utopía socialista”. Y a este carro podría subirse también el editorialismo, herramienta de respuesta rápida frecuentemente activada para fijar posiciones ante la opinión pública.

Pero existe otro periodismo, reporteril o no, que por lo general se expresa en trabajos no pretenciosos, acogidos a relatos de pequeños acontecimientos, pero que en buena medida configuran un imaginario cuyos modos expresivos trascienden la grandilocuencia o la neutralidad (máscara de objetividad) del repertorio más frecuente en la prensa diaria.

Pese a que ha sido, desde hace más de treinta años, un trabajador de los medios, y antes de eso corresponsal voluntario, José Antonio Fulgueiras –quizá halado por su vocación de escritor– ha sabido conjugar ese periodismo de la inmediatez informativa con la simpática crónica de costumbres donde los personajes retratados no muestran ribetes heroicos o épicos en ningún sentido, y cuando lo hacen, se trata de una épica especial: batallas contra pequeños aconteceres que, por cotidianos, pudieran parecer menores, aun sin serlo. Sin ir más lejos, toda su labor como periodista deportivo fue una gran batalla contra estructuras disfuncionales o autoritarismos de diverso tipo: digamos el favoritismo de algunos comentaristas deportivos que, obviando la imparcialidad, elevaban el desempeño de los equipos capitalinos por sobre los de provincias. O lo que consideraba malos procederes arbitrales, para citar solo dos ejemplos.

En su último libro, Periodista de provincia (Editorial Capiro, 2012), Fulgueiras consigue dibujar, casi siempre como coprotagónico o testigo de excepción, una simpática apología, prolija en peripecias, de esas figuras con matices a veces pintorescos –corresponsales, redactores, correctores, diagramadores, fotógrafos–  que hacen vida en los periódicos provinciales. Pero no ha sido la de este periodista una labor de quietud provinciana, sino más bien de inquietud universal si nos atenemos a la proyección de la mayoría de sus libros, aunque su posición siempre haya estado marcada por la defensa de esos espacios desfavorecidos desde el ángulo con que los ojos nacionales miran al país.

Se trata de un libro donde predomina lo anecdótico, y en las anécdotas, Fulgueiras busca siempre destacar el costado humorístico, el “tablazo” en el cual se ven involucrados los personajes (que son personas) de los textos. La galería de tipos dibujados por el autor no clasificaría para un testimonio al uso, presto a ensalzar los grandes sucesos, sin embargo es, sin dudas, un testimonio donde se describen notables pasajes del azaroso camino que debieron recorrer los periodistas de su provincia (que podrían ser los de muchas provincias donde no existían facultades de periodismo) y de su generación, para conseguir, primero, el título académico y finalmente el estatus profesional que les permitiera ejercer el oficio.

Pero no debemos obviar que José Antonio Fulgueiras también ha dedicado una buena parte de sus esfuerzos creativos a destacar ese otro testimonio, donde la perspectiva es la de los sucesos trascendentes de la historia, pues ha investigado diversas figuras y sucesos de ese corte. Y en ese sentido son de destacar sus trabajos sobre el Che, y sobre las misiones internacionalistas en África y América Latina, que a veces se presentan tratadas en el tono épico que merecen y en otras se cuelan en los libros más anecdóticos y en apariencia sencillos. Los protagonistas de Fulgueiras son, a veces, combatientes, a veces peloteros, a veces umpires de béisbol, a veces narradores deportivos, a veces jugadores, a veces médicos. Y siempre, de todos sus testimoniantes capta el gracejo popular, cualidad que hace más degustable la lectura.

En Periodista de provincia –libro de periodismo sobre el periodismo– hay toda una dramaturgia interna que recoge, de manera progresiva, la vida en la redacción de un diario (como lo fue aquel Vanguardia donde el autor se inició y laboró por tantos años) más otros sucesos del inquieto discurrir en un entorno sumamente activo y fértil para la creación. En sus crónicas se lee implícita una dinámica social, quizás ya ida, en la cual el diarismo en ciudades de provincia reportaba nortes para guiar y calibrar los estados de opinión, las estrategias de dirección, el color para la vida de los ciudadanos comunes. Yo, al menos, leí el tomo con cierta nostalgia por aquella riqueza informativa (y formativa) aportada por un diario que, luego –al devenir semanarios los periódicos de provincia– nunca ha vuelto a tener la misma fuerza movilizadora. Considero que si en buena medida se pierde la batalla contra las pedestres propuestas audiovisuales que hoy cautivan (con el llamado “paquete”) a la mayoría de los receptores, ello responde, además de otras razones, a la desaparición del diarismo en la prensa escrita en provincias, de manera especial el columnismo: una cosa derivación de la otra.

Es cierto que el libro de Fulgueiras no analiza estas problemáticas, pero la amenidad de sus crónicas me ha hecho pensar en cuánto hemos dejado de ofrecerles a los lectores de diarios provinciales, cada día más menguados ambos, con esas ausencias. Un contrasentido que resulta elocuente es que las crónicas de Periodista de provincia, salvo mínimas excepciones, no han aparecido en diario alguno, pues esos espacios no están disponibles en prensa de papel y, ante esa ausencia, el autor las concibió pensando, más que en periódico, en el libro. Tal vacío responde precisamente a que ese tipo de periodismo, al menos en los espacios donde se cocinan esas “pequeñas historias”, puede contarse en el inventario de las pérdidas culturales –al parecer irrecuperables– que nos dejó la sumamente dura década de los noventa.

Si tuviera que escoger crónicas, con toda certeza me iría por aquellas donde la ironía y la autoburla afloran con más fuerza: “Asesinato”, “El «fasconfay»”, “Tartufo”, “El vicio de fumar”, “La tesis”, “Artiles y su burro Perico”, “Cien minutos con Fidel”… aunque en todas el humor está presente, pues es una intención que funciona como hilo conductor de todo el volumen. No sobra decir que Fulgueiras supo manejar con habilidad elementos de la cuentística popular, con esos finales rotundos, desconcertantes. Coquetea airosamente con un folclor urbano que, visto desde espacios más ambiciosos, pudiera parecer rural. Pese a ello, el autor de Periodista de provincia no se comporta, personal ni profesionalmente, como un provinciano vergonzante sino como un talentoso escritor que, con una larga carrera periodística, ha sabido hallar alternativas para exponer en otros formatos sus capacidades creativas, siempre con el terruño como escena nutricia.

Este libro de José Antonio Fulgueiras, sin lugar a dudas, constituye también un homenaje a esas figuras “menores” de las redacciones de antaño, en la época previa a la digitalización, especies ya extintas: cajistas,  reveladores del laboratorio fotográfico,  linotipistas, fotograbadores, corresponsales voluntarios, diagramadores, pues muchos de ellos deambulan socarronamente por los textos, y en más de un caso los protagonizan. Al conferirles esa modesta relevancia el autor de Periodista de provincia se erige vocero de una época del periodismo cubano, y para ello se vale del costumbrismo desde una perspectiva, unos espacios y unos personajes que configuran esa parte sumergida de la gran historia cotidiana que el pueblo cubano ha sabido escribir y sigue escribiendo, poco importa si de manera anónima.


Santa Clara 3 de junio de 2014