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Guillermo Cabrera Infante en su tiempo

Luis Álvarez Álvarez, 18 de junio de 2014

Luego de su apasionante libro Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrero Infante en Cuba hasta 1965)1, Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco publican un nuevo título sobre el reconocido escritor cubano: Buscando a Caín2. En este texto recopilan una serie de entrevistas que sirvieron de base al primer texto. El impacto resultante es tan fuerte, si cabe, como el de la primera entrega de los autores, e ilumina, con mayor fuerza aún un período crucial de la cultura cubana: los años que van desde la década del cincuenta hasta los primeros años de la del sesenta. Se ha construido, pues, una extraordinaria cámara de ecos, en la que intervienen escritores, compositores, musicólogos, dramaturgos, actores, ensayistas, narradores, poetas, directores de cine y televisión, periodistas, artistas de la fotografía y el diseño. La finalidad evidenciada  era recuperar la memoria sobre Guillermo Cabrera Infante durante sus años habaneros y esta fue cumplida de manera cabal, pero también resultó rebasada: por encima de la silueta viva del joven escritor de esos años, se rescata una época de gran intensidad y convulsiones profundas en la cultura insular. De este modo, se levanta de tales testimonios un trazado que, incompleto tal vez, alcanza una vitalidad extraordinaria en las voces de Harold Gramatges, Silvano Suárez, Enrique Pineda Barnet, José Lorenzo Fuentes, Pablo Armando Fernández, Humberto Arenal, Graziella Pogolotti, Ambrosio Fornet, Antón Arrufat, Ingrid González y tantos otros.

En ese cuadro general de época, se recupera una imagen del magacín Lunes de Revolución y su huella como una de las publicaciones culturales más relevantes, abiertas, renovadoras y vibrantes del siglo veinte cubano, sobre la cual Antón Arrufat afirma:

Nuestra sociedad debería sentir orgullo de haber propiciado Lunes. Es una de las grandes creaciones de la cultura del período, no creo que haya muchas más. Lo es tanto como la alfabetización, las escuelas de arte, la sinfónica, los museos. Lunes de Revolución está al principio mismo. Un magazine literario y artístico de quinientos mil ejemplares, dieciséis páginas, no se conoce mucho en el mundo y menos gratuito.3

Lunes de Revolución es evocado como un palpable espacio de renovación y confluencias artísticas. Ambrosio Fornet subraya la variedad de interesar que mostraba su grupo directivo, de manera que sus integrantes lo mismo admiraban a Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, T. S. Eliot o Paul Valéry, que a Hemingway y a Raymond Chandler. Es de gran interés, asimismo, la comparación que a lo largo del libro queda sugerida entre revistas de tanta difusión e interés como Carteles, Orígenes, Ciclón y Lunes. En su valoración del magacín, Antón Arrufat agrega:

El magazine aspiraba a adiestrar la sensibilidad y la inteligencia de sus lectores, de sus cientos de miles de lectores, a llevar a sus casas, gratuita, por debajo de las puertas y en cada edición del periódico del lunes, una visión del arte y la literatura, una manera, hasta cierto punto nueva en este país, de juzgar los problemas sociales, de tener en la mano a Borges y a Neruda. El arte del cine con la danza moderna, la vanguardia europea con la literatura cubana del siglo XIX. En es momento, éramos la protección del poder y al mismo tiempo, el poder nos protegía. No solo la ciudad letrada protege al poder, sino que el poder protege a la ciudad letrada.4

De modo que la búsqueda del rostro de Cabrera Infante en sus años juveniles conduce inmisericordemente a indagar en una época de fundación cultural, pero también de surgimiento de sordas luchas por adueñarse de las riendas de la vida cultural de la nación. Las entrevistas reunidas, en medida variable, pero constante, dan cuenta de ello: la trayectoria de Caín está por completo imbricada con los acontecimientos de esos años. Y he aquí entonces que el libro deja de ser un conjunto de entrevistas autónomas, para convertirse en un análisis conjunto de una época cuyas verdades, parciales o totales, habían permanecido por completo sumergidas y en silencio temeroso desde fines de la década del sesenta.

Es en este sentido que En busca de Caín cumple una función más alta que la de recuperar un breve período en la vida de un escritor de renombre internacional. Mirabal y Velazco han compulsado a una serie de protagonistas de aquellos tiempos, a develar sus personales puntos de vista, sus recuerdos y su valoración. El resultado es patente y estremecedor: no solo se nos devuelve un conjunto de acontecimientos en lo referente a la transformación de la cultura cubana a la caída de Batista. El paisaje nacional aparece sometido a una serie de alternancias de luz y sombra, de construcción y forcejeo entre varios factores por el control de la vida cultural. De las entrevistas se desprende una oposición entre Lunes de Revolución, el recién constituido ICAIC y el Consejo Nacional de Cultura, vale decir, entre Carlos Franqui, Alfredo Guevara y Edith García Buchaca. Es de lamentar, ciertamente, que Guevara no haya accedido a estar entre los entrevistados para este libro en el que su postura de aquellos años resulta tan reiteradamente evocada y juzgada por los entrevistados. Opinando sobre las contradicciones entre Lunes y el ICAIC, Fausto Canel opina:

También se enfrentaron por la inclinación de Alfredo a hacer en el ICAIC un cine al estilo del neorrealismo italiano de los años cuarenta y cincuenta. Guillermo consideraba que con la Nueva Ola surgiendo en Francia, el free cinema en Inglaterra, y el Cine Independiente en Nueva York, en 1959 hacer cine neorrealista ya no tenía sentido.5

Por su parte, la entrevista de Edith García Buchaca deja una impresión bien opresiva, por su sorprendente falta de conciencia crítica y su insostenible reduccionismo en cuanto a la capacidad de recepción cultural de la población cubana. Hay que subrayar que Lunes de Revolución, al suministrar en grandes tiradas lo más novedoso de la cultura a sus lectores, se puso en función de nutrir al país con perspectivas artísticas renovadoras. Fausto Canel señala una cuestión de gran importancia:

La labor cultural de Lunes fue amplia y ayudó a trasmitir (gratis) elementos de la cultura nacional e internacional que apoyaban y continuaban la labor educativa que desde un principio, con la Campaña de Alfabetización, había emprendido la Revolución. Los valores que reconozco en el magazine son esencialmente tres: libertad, curiosidad por todo lo nuevo y coraje.6

Esto respondía a una línea en la que concordaban los colaboradores principales del magacín. Había asimismo una convicción, sustentada en particular por Cabrera Infante, de que los lectores podrían acceder a los nuevos puntos de mira que la publicación les brindaba. Luis Agüero recuerda que dentro del mismo periódico gente como Lisandro Otero o Jaime Sarusky abogaba por que el magazine fuera lo que ahora se conoce como «un poco más light», refiriéndose en particular a ciertos textos de carácter teórico que sin duda estaban fuera del alcance del lector no especializado. Creo que en parte tenían razón, aunque Guillermo Cabrera Infante siempre respondía que eso era subestimar al lector.7

Por su parte, Edith García Buchaca asume la posición paternalista y censuradora típica de quienes, en cambio, prefieren siempre subestimar a los lectores y apelar a subterfugios culturales, que incluyen la simplificación y absolutización:

¿Cómo tú le vas a dar a un pueblo lo más polémico sin que ese pueblo tenga una formación para poder juzgarlo, asimilarlo? Cuando triunfa la Revolución no se conocía la gran cultura universal, la gente no había leído los clásicos extranjeros, y los cubanos, menos. Por eso empezamos a publicar junto con los nacionales, lo fundamental del ámbito internacional, primero las grandes figuras. Porque si no conoces esas, ¿cómo vas a tener capacidad para juzgar a escritores no consagrados o que utilizan formas y métodos de expresión no probados? Es confundir a la gente por gusto.8

Semejante voluntad de censura ha sido ajena a lo mejor de la cultura cubana. Martí, en su periodismo destinado a toda América Hispánica, divulgó y valoró lo más novedoso del arte de su tiempo, incluidas formas literarias, teatrales y musicales del Extremo Oriente: de aplicarle al Apóstol el criterio inquisitorial de Edith García Buchaca, es posible que todavía tuviésemos que expurgar ciertas páginas de Martí. Casal, por su parte, publicó juicios sobre artistas que, como el escritor Huysmans y el pintor Moreau, eran típicamente renovadores y, por así decirlo, estaban experimentando formas nuevas. Si el criterio de la mencionada señora sobre solo dar a conocer obras de figuras consagradas del arte, por la supuesta incapacidad del pueblo —¿no es curioso que un criterio tan elitista y menospreciador en una persona que blasonase de representar los intereses de las masas?— se hubiera aplicado en la revista Social, no hubieran aparecido en ella textos de entonces nuevos narradores soviéticos, ni otros comentarios sobre las artes de la recién constituida república de los soviets. La entrevista a esta funcionaria, tan poderosa en aquellos sesentas, como para enfrentarse primero a Lunes y, eliminado este, al propio ICAIC que antes la había acompañado en el enfrentamiento al magacín, no hace sino ratificar mucho de la rigidez censuradora que evocan otros entrevistados en el libro, quienes desmienten una y otra vez su fantástica noción personal de sí misma: “Si hay una persona que ha sido amplia en los asuntos de cultura he sido yo, entre otras cosas, porque es mi gusto”9. Una mirada a otro libro de importancia fundamental para comprender las contradicciones culturales en los años sesenta, la compilación de Graziella Pogolotti, Polémicas culturales de los 60, pone de manifiesto que la posición de Edith García Buchaca en relación con las ideas estéticas de los jóvenes cineastas del ICAIC estaba bien lejos de poder ser calificada de “amplia en los asuntos de cultura”10.

En busca de Caín, por razones obvias, ilumina también, a través de los recuerdos y valoraciones de los entrevistados, una serie de aristas de la discusión acerca de PM. Antón Arrufat rememora aquellos hechos alrededor de este documental y apunta:

Detrás de los conflictos que nos rodeaba había una franca lucha por el poder, de la que éramos en gran medida víctimas en vez de victimarios. Sin darnos cuenta de en lo que estábamos inmersos. En aquella reunión de Casa de las Américas donde se proyectó PM, uno de los asistentes, que todavía vive y que no sé cuánto perdón ha tenido que pedir, se levantó e hizo un discurso con la retórica inflamada de la época […]. Mirta Aguirre y mucha gente pronunció discursos terribles, terribles de retórica, porque en verdad PM no era nada ni hacía correr ningún peligro. Era, como en otros casos parecidos, un pretexto para entablar una lucha por el poder cultural11.

Una catarata de vivencias y evocaciones nos devuelven facetas que de otro modo hubieran permanecido ocultas, y que ahora regresan, a través del prisma de las diversas personas entrevistadas, para resucitarnos, aunque sea de forma fragmentada, una época febril, creadora y, también, angustiosa por sus contradicciones. Mirabal y Velazco cierran este libro impresionante y crítico con una pregunta que exige del lector no ya una simple opinión, sino una actitud y un hacer, equilibrado y valeroso, para el futuro cultural de la nación cubana.

Notas

1 Ediciones Unión, La Habana, 2010, 380 p.
2 Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: Buscando a Caín, Ed. ICAIC, La Habana, 2012.
3 "Entrevista a  Antón Arrufat" en: En busca de Caín, p. 184.
4 Ibíd., p. 172.
5 "Entrevista a Fausto Canel" en: ibíd., p. 222.
6 Ibíd., p. 224.
7 "Entrevista a Luis Agüero" en: ibíd., p. 202.
8 "Entrevista a Edith García Buchaca" en: ibíd., pp. 138-139.
9 Ibíd., p. 140.
10 Cfr. Graziella Pogolotti, comp.: Polémicas culturqles de los 60, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2006.
11  "Entrevista a Antón Arrufat" en: ibíd., p. 183.