Décimas que son y no son
Tras leer El aeroplano amarillo, de Herbert Toranzo (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2012, Editorial Capiro, 2013), me interrogué sobre la manera en que muchos poetas abordan en la actualidad el trabajo con la décima. ¿Es realmente renovador el trabajo formal que intenta evadir la estructura cerrada?
Sobre este libro de Toranzo y el que le precedió: Al revés de lo contrario (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2008, Editorial Capiro, 2009), no vacilo en declarar mi alta valoración en cuanto a su sostenido aliento poético, con décimas que sintetizan tesis y vivencias, referencias, visiones y un universo conceptual abierto a la introspección profunda para escapar de ese decir llano con el que muchas veces se identifica a la estrofa. No obstante mi apego a tales virtudes, a ambos les tengo objeciones. Una especie de prurito de lector me impulsa a cuestionarme el trabajo formal en que se apoyan, sin que ello implique devaluación de su tesis poética.
No creo que ignorar los encabalgamientos y disponer las estrofas en prosa, o con los versos extendidos a lo largo de los períodos sintácticos, sea novedad relevante: constituye, si acaso, simple argucia, tímido guiño formal. Y ciertas lecturas recientes me obligan a ampliar el diapasón de mis razonamientos hacia una zona –al parecer mayoritaria– de los cultivadores de la décima, puesto que más de una decena de decimarios de escritura reciente, en cuya lectura debí concentrarme para los trabajos de un jurado, se explayan, incluso, más lejos en tales evisceraciones y las incorporan en superior magnitud cuantitativa. Los referidos manuscritos me permitieron comprobar cuánto se entusiasman los cultivadores de la espinela en tales acrobacias estructuralistas. En casi todos los cuadernos que optaban por el premio aprecié la perspectiva del enrarecimiento, en un afán para mí inútil de desdibujar la estrofa con la intención de ampliar su aliento hasta los más disímiles formatos.
Sobre Herbert Toranzo (a quien no quiero convertir en “material de estudio”) me falta por decir que esos ejercicios se manejan de manera bastante equilibrada, distribuidos en alternancia con variantes más apegadas a lo clásico, gracias a lo cual se deslizan con aceptables gracia y dinamismo dentro de un contexto decimístico que se mantiene bastante fiel a la preceptiva tradicional. Ese equilibrio habla bien de ambos cuadernos y hace que me anote entre los que consideran merecidos los premios que recibieron y les valieron la publicación. Ambos poemarios, sin duda, expresan en sus contenidos y pensamiento poético central una sensibilidad que, evidentemente, rebasó los cánones renovadores que signaron a las dos o tres promociones precedentes. Salvo el detalle formal sobre el cual he centrado mi discrepancia, considero que se integran al grupo de un movimiento que constituye la expresión de un nuevo instante, quizás el de más radical viraje, en la décima cubana desde que en 1972 apareciera el desconcertante Alrededor del punto, de Adolfo Martí Fuentes. Y aclaro que esa renovación no la percibo desde las peripecias formales sino desde un enfoque que rebasa al arte menor octosilábico, con el tono grave como elemento unificador.
Si el trabajo distributivo de la palabra al que se han apegado los nuevos cultivadores de la décima se apoyara en una crisis de la estrofa y la necesidad de desbordarla, los que lo hacen con ese método podrían recordar que ya la espinela (como todas las formas estróficas) fue desbordada por el verso libre, abandonada por los “poetas cultos” durante un largo período de arrebatos vanguardistas, y cíclicamente retomada –casi siempre con respeto– por los de casi todas las tendencias que a lo largo de los últimos cincuenta años hemos visto desfilar por la literatura cubana. Solo la promoción del coloquialismo y la antipoesía de los años sesenta, que se rebeló de manera furibunda contra los “buenos decires poéticos”, se mantuvo al margen de incluirla en sus poemarios dados a edición. Tales fueron los casos de Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Raúl Rivero, más otros que acudían a ella solo para hilvanar ejercicios lúdicos y –con ánimo paródico– componer aquellos simpáticos epitafios que, en una cuerda de ironía quevediana, han trascendido en la oralidad literaria nacional hasta los días de hoy.
La desarticulación de la estrofa no se concreta plenamente con las restructuraciones señaladas, pues en su inmensa mayoría los poetas, pese a que ordenan las frases, los morfemas, los versos, las oraciones de una manera heterodoxa en la página, esquivando el verso, mantienen la rima consonante que, o bien no cierra períodos sintácticos, o no concluye estrofa, o se extiende en una distensión constructiva para fingirse prosa. Ocurre, para mi percepción, que esa prevalencia de la rima consonante –aunque alguna que otra vez se acuda a la asonante– y la regularidad métrica –aunque alguna tímida polimetría aparezca– nos induce a una lectura que casi obliga a desatender la esencia poética en la ardua reconstrucción mental de la décima a que obliga tal ejercicio. Esta décima convoca, como su momento lo hizo Julio Cortazar con Rayuela, a un “lector macho” que en su subjetividad rehabilite el texto mientras lee. De ahí mi prurito de lector, pues el desdibujo no se consigue plenamente por el machacón repiquetear interno de los metros y las rimas. Precisamente por eso el texto, pese a su riqueza tropológica o conceptual, no funciona de manera efectiva como prosa, pues si nos desentendemos de la décima y tratamos de leer poesía en prosa, o en verso libre, los din-dan resuenan y les restan cualidades a la anatomía interna de la masa lingüística. Mientras, tampoco funcionan como estrofa –para lo cual habría que componerlas como tales– y en general crean un innecesario ruido comunicativo que, por demás, no siempre responde a una necesidad expresiva, puesto que solamente se traslada de posición física en la página un elemento formal y se deja intacta la esencia musical de la espinela.
Sé a cuánto me arriesgo con estos criterios, y que esos a quienes hoy objeto pueden tildarme de conservador. A lo largo de la historia universal es larga la lista de innovadores cuyas propuestas renovadoras fueron rechazadas, solo para que más tarde, en el reciclaje de una posteridad que las reconocería, superaran la reticencia de quienes –como yo hoy– sospecharon de sus posibles aportes. Pero me arriesgo por la certeza adquirida tras la lectura detenida de los doce poemarios referidos porque en todos ellos advierto el ariete de una moda, más que la asunción de una necesidad de incorporarle nuevas cualidades a una estructura, que suponen agotada mientras mantienen fidelidad a tres de sus cotas obligatorias: rima, medida y número de versos. Y es que precisamente, el que la “innovación” deje intacta la estructura y se concentre con tanto ahínco en distribuir las palabras de manera no convencional en la página en blanco, me induce a pensar que solo estoy ante el reciclaje de una voluntad creativa exacerbada por aquellos arranques estructuralistas que tras “Un golpe de dados”, de Mallamé, se extendieron por un apreciable período del siglo xx, con la diferencia de que la propuesta del francés llevaba incluidas lecturas de los silencios, de los blancos tipográficos, que en estos casos no siento discurrir con la misma efectividad.
Lo que más despierta mi inquietud ante este tipo de trabajo es la velocidad con que se va erigiendo norma, y en vez de aparecer esporádica y elegantemente en un decimario, a veces se apodera de toda su dimensión, de manera que no se lee como una posibilidad más, sino como propuesta casi obligatoria para que un poemario en décimas se considere “actualizado”.
Y lo lamentable, insisto, es que en todos los casos que me han servido para estos apresurados razonamientos, estoy ante poemarios atendibles que, de ninguna manera, necesitarían de esos “atrevimientos” para validarse desde lo medular poético que exhiben a partir una singularidad discursiva intrínseca que los distingue. No me cabe duda de que existe una nueva décima en Cuba, que ha sabido asimilar, e incluso superar, el lenguaje de la modernidad poética, y distanciándose de la estética parnasiana, tropologizante, paisajística, bucólica o épica que caracterizó a una larga etapa en la vida literaria de la nación, se ha centrado en temas y modos de decir urbanos, sapientes, de buceo en universos filosóficos complejos, como el de Nietzche, Unamuno, Ortega y Gasset, acaso deudores de una óptica que identifico como existencialista en lo filosófico y postmodernista en lo formal. Se apoya en un lenguaje de apariencia áspera, no pocas veces sarcástico, pero cuidadosamente estructurado en su armonía interna; un lenguaje por lo general no complaciente, sino cuestionador, o cuando menos, deudor de un escepticismo en boga en el pensamiento del cubano actual. El fingimiento, la simulación constituye otro de sus valores –muy apreciado precisamente en las corrientes postmodernas– y quizás pudiera instituirse como único sustento lógico, aunque endeble, para que las décimas se finjan prosa. Endeble, insisto, porque me parece que nunca esa prosa alcanza la calidad que como tal debía caracterizarla (quizá la cualidad menos despreciable para su fluir): el no incurrir en cacofonías, aliteraciones ni consonancias.
Aclaro, para finalizar, que tampoco estoy en contra de que esos trabajos se hagan con la décima, solo objeto el que se regularice como falso canon; la conversión en moda de determinado recurso formal acaba convirtiendo rápidamente en fósil su espíritu desacralizador. La décima, tal como ha venido trabajándose desde el Siglo de Oro hasta nuestros días tiene aún infinitas posibilidades para que –con o sin mixtura genérica– exprese la nueva sensibilidad de una época. Y creo que me he detenido demasiado en aclarar mi punto de vista sobre un tema que, estoy seguro, pronto devendrá simple tópico. Lo más importante es que los poetas a quienes hoy les pido mesura en muchos de esos experimentos, saben en qué sitio del lenguaje, de las vivencias y de los conceptos hallar la poesía, lo demás pudiera ser encandilamiento pasajero. O quién sabe si un real aporte que ahora, con cierta ceguera crítica, no alcanzo a percibir.
Santa Clara, 22 de junio de 2014