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España por tres meses: Madrid (II Parte)

Virgilio López Lemus, 18 de junio de 2014

Los esposos Mariano y Teresa, me invitaron a que pasara un fin de semana con ellos en Ávila, nos fuimos debajo de una fuerte lluvia, llegamos lloviendo al Escorial, y seguimos bajo la lluvia tupida. En Ávila me fue muy bien, conocí la ciudad en sus sitios principales, incluidos Los Cuatro Postes, la basílica consagrada a Santa Teresa, las murallas… fue muy grato ver toda una suerte de parada civil y religiosa, no una procesión sino una banda orquestal con elegantes trajes, que cruzaban la muralla rumbo a la Plaza. Allí se reunió mucha gente, había un nutrido grupo de turistas y quedarme un rato me permitió ver con detenimiento los edificios en torno. Subí a las murallas, realmente más elevadas de lo que suponía y los amigos me hicieron varias fotos desde abajo, pero yo resulté luego un punto en medio de aquellas piedras legendarias.

Mariano y Teresa me llevaron el día siguiente, ya sábado, a Salamanca, donde vi la famosa Cátedra de fray Luis de León y la Catedral. Aunque también llovió mucho, dio tiempo para un grato paseo por el centro antiguo salamantino. En la Plaza a cuyo costado se encuentra la Catedral, bebimos algo en un bar allí mismo, me dejé impresionar por la fachada del Palacio de las Conchas, y busqué una rana en la urdimbre barroca de una de las puertas catedralicias. Es raro, dentro de la Catedral pasé todo el tiempo mareado, como queriéndome caer o perder el sentido, y a la salida se me quitó todo súbitamente. Parapsicología interesante, diría Villarroel.

El domingo lo dediqué a pasear por Ávila y a compartir con la familia abulense de Teresa, cuya abuela cumplió ese día ochenta y seis años. Por cierto, en ningún momento llovió en la estancia abulense, salvo cuando me asomé al patio donde la niña Teresa de Ávila jugaba en su época. Estando allí, de pronto se desató una tormenta y cayeron granizos. De regreso a Madrid, intentamos entrar en el Valle de los Caídos, pero lo impidió otra tormenta con granizos. Mi primera visita a Ávila me dejó muy bien impresionado, tanto por la acogida de la familia abulense como por la posibilidad de recorrer la ciudad en su parte histórica. Nunca había siquiera soñado visitar la cuna de santa Teresa.

En Madrid, concluí un cuaderno de poemas escrito en 1990, cuando visité Ronda, donde mi amigo Manuel Casillas lo editaría para mi regreso a su ciudad a fines de mayo. Hice varias visitas, una de ellas a un tenor llamado Enrique Viana, que Alberto Acosta-Pérez había conocido en el Gran Teatro de La Habana, y a los amigos profesores medievalistas Gaspar Garrote, Luisa Fernanda e Ignacio Díez, en sus respectivos apartamentos. También estuve en la casa y en el taller del pintor Fernando Somoza, a quien me había presentado Jorge Luis Arcos. Todos ellos fueron gratas personas, las visitas resultaron también muy agradables. Con Fernando Somoza simpaticé enseguida y conversamos mucho de su propia pintura, me obsequió una serigrafía.

Vi mucho cine, y caminé largamente las calles madrileñas en todas direcciones a partir de la Cibeles. No olvido los filmes Belle Epoque, Banquete de Bodas, La Edad de la Inocencia, Alegre ma non troppo, y Philadelphia, que me hicieron reír o reflexionar. Una tarde, me encontré con Teresa Fernández Mardones, quien hacía ocho meses que se había radicado en España, tras una crisis de oposición política en La Habana, de la que fue protagonista su esposo. Luego los visitaría en Valencia. Estaban alojados en un hotel del viejo Madrid, a donde me condujo la amiga, pero pronto noté que había una suerte de reunión de cubanos, porque algunos de ellos habían estado en La Habana en un encuentro universitario sobre temas de reunificación familiar, o algo así. No me quedé mucho rato, y me despedí de Teresa y su esposo.

Me di cuenta de que en Madrid no debía utilizar en los sitos de oficinas o para gestiones en general con los cubanos, tratos de cortesía: «podría hacerme el favor» o «tenga la bondad», pues esas cortesías latinoamericanas suenan allí algo ridículas y algunas damas hasta se disgustaban. A veces el trato oficial es áspero y sobre todo no debía sonreír a las funcionarias, para que no se sientan «acosadas». En la propia Biblioteca nacional tuve que aprender no solo a solicitar libros, sino a propiciar el trato adecuado para obtenerlos.  Trabajé allí con mucha comodidad y gran rendimiento de la información obtenida. Resultó gracioso ir a desayunar y pedir un pastelito, pero el mozo me preguntó con voz fuerte: «¿Usted lo que quiere es un bollo?» Como me turbé en la respuesta, no solo él, sino todos los concurrentes rieron mucho, de manera que supuse que le hacían este juego a otros latinoamericanos donde la tal denominación de aquellos pastelitos en España, significaba otra cosa. Es fabulosa la lexicografía hispánica.

Al mes de salir de Cuba, ya planeaba un mayo peregrino por Barcelona, Valencia, Ronda, Málaga y Sevilla. El 1º de mayo me fui a ver la gran manifestación en Puerta del Sol, y en la tarde asistí a mi única corrida de toros completa en la Plaza de las Ventas, invitado por mis amigos Micky y Alfredo. No emito juicios sobre la abominable matanza de los desdichados toros, el espectáculo es bello y tanta gente en la Plaza gritando a coro, me dio la sensación de estar dentro de un filme. Los domingos en la mañana me había aficionado a irme al Rastro de Madrid, a ver las ventas de mercadillo callejero muy interesantes y las reacciones populares de los viandantes. A veces me iba con mi anfitriona Angela AlCampo, a comprar víveres para una semana o más…

Una tarde cené con la Condesa de Monterrón y su esposo en un elegante restaurante de Madrid, al inicio de la Gran Vía, con busto de Franco y bandera española al lado. Llevé a la Condesa una carta de Dulce María Loynaz, quien me recomendó a estos señores, a quienes por fin no vi más, pues viajaban a Nueva York. Era, o es, un restaurante chic, el esposo de la Condesa resultó ser de origen cubano, ambos tenían no solo un trato muy agradable sino también muy sencillo, sin mucho miramiento clasista. Conversamos mucho acerca de la Virgen de la Caridad de Illescas, de doña Dulce María y de literatura cubana.

Los sitios de Madrid me fueron cada vez más familiares, mis referencias esenciales eran Plaza de Colón, Cibeles, Puerta del Sol y Plaza de España. Algunas veces me fui a leer al Retiro, o a las inmediaciones del templo de Deboh, entre árboles. Caminaba extensamente, plano de la ciudad en mano, y marcaba los sitios o calles que quería recorrer al día siguiente. Pronto tuve una imagen exacta de Madrid, que en verdad me gustaba mucho.

El 5 de mayo, me fui a Barcelona, lo que será motivo de otra crónica.


 

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