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Sancti Spíritus: medio siglo de una ciudad mágica

Virgilio López Lemus, 18 de julio de 2014

Con sus calles estrechas del centro histórico, llenas de sorpresas arquitectónicas y dadas a un grado de intimidad sorprendente, Sancti Spíritus resulta una ciudad bendecida por la luz y el aire, llena de recuerdos y leyendas, arte y labor diaria de sus hijos. Se ha ido armando con singularidad y belleza. ¡Cuánto falta en ella por retomar y exaltar! Por ejemplo, su hermoso conglomerado alrededor de la placita de Jesús, su vieja iglesia en ruinas, donde culmina una calle principal llena de sonidos y de músicas de alas.

Sancti Spíritus tiene para mí la ternura del seno paterno: en la Plaza de Jesús y en 1908 nació mi padre Virgilio Bernardino, hijo de un sargento de la Guardia Rural y de una maestra de escuela, quienes debieron seguramente concurrir más de una vez a la Iglesia Mayor, cuyo atributo más significativo es la alta y gruesa torre, que de lejos pareciera nuncio de catedral, no de una sencilla parroquia. Desde mi infancia, me fascina el puente curvo encima del río Yayabo. Era yo un principiante de adolescente cuando pasaba sobre él, rumbo al trencito de vía estrecha que a la sazón, primeros años de la década de 1960, conectaba a la ciudad con su puerto lejanísimo llamado Tunas de Zaza, en la desembocadura del río Zaza, el más ancho que viera mi infancia.

A Diego Velázquez se le ocurrió que a esa altura, entre las bellas recién fundadas Puerto Príncipe y Trinidad, haría falta una villa de enlace en lo que se consideraba el centro geográfico de la Isla, y las feraces tierras, onduladas pero distantes del lomerío de la cordillera de Guamuhaya, lo invitaron a fundarla el 4 de junio de 1514. Es cierto que el hecho ocurrió a menos de una decena de kilómetros de donde se extiende hoy la ciudad, trasladada a las orillas del Yayabo en 1522. Sancti Spíritus tendrá motivos, pues, para duplicar la celebración de sus quinientos años.

Cuando transitaba en mi adolescencia por la ciudad, la encontraba algo enrevesada, no entendía bien el ritmo de sus calles, y el tráfico y comercio de la llamada República abrumaban un poco a mi recién saliente infancia fomentense. Luego, muchos años después, la comprendí plenamente en su gracia doble, de ciudad antigua que a la par no pierde el vigor del pasado, pero que se yergue en su constante presente y se extiende cada vez más. Los espirituanos y las espirituanas le han sabido ofrecer un rasgo que muchas ciudades modernas pierden: tipicidad, no tipicismo de ratos de turismo, sino identidad de forma de ser (y hasta de hablar), maneras peculiares de construir y hasta de pintar y cantar. Esto último me recuerda que es una capital de tríos, de grupos musicales afinadísimos y de calidades profesionales.

Si algo me encantaba cuando jovencito, era el Campanario de la Iglesia Parroquial Mayor, construida en 1680. Y luego la magia de pasar casi directamente, cien metros después, a un puente legendario y a la vez hermoso, poético, digno de una ciudad con leyendas. Una avenida más ancha y con paseo me permitía llegar a una breve estación ferroviaria, en cuyo andén esperaba aquel gascar que me llevaba por entre pueblecitos blancos hasta el paradero de Tayabacoa, donde mi padre administraba una tienda recién intervenida.

La mayor parte de sus edificios valiosos son de los siglos XVIII y XIX, y no pocos del siglo xx. Su Biblioteca provincial es un hermoso modelo de arte mixturado, y no hay que dejar de ver los caserones de los Museos de Arte Colonial ―residencia de los célebres Iznaga, procedentes de Bayamo y asentados en la región―, y de la Guayabera, este último a la vera del río, como sitio de verdadero encanto. La otrora casa de los Valle Iznaga era realmente un emporio de vivencias de una burguesía provinciana, pero exquisita en sus gustos cosmopolitas, residencia plena de decoraciones europeas enmarcadas por el cedro y la caoba cubanísimos. Esta mansión espirituana podía ligar a Sèvres y Limoges con las maderas del bosque cubano. Cuando en mi juventud pasaba por sus márgenes, sospechaba la belleza interior, que solo al ser convertida en museo, brinda a todos las riquezas de la emblemática mansión. Es un lujo del mejor arte poder apreciar juntas obras del suizo Leopold Luis Robert y del cubano Marianao Tobeñas. Pero Sancti Spíritus, rica en pintores de estirpe, clásicos, experimentales o naif, sigue aumentando sus fondos museables. Casi desde su primer siglo de vida, la ciudad ha tenido pintores de mérito que han hecho ver desde la gracia de sus techos de diversidad cromática, con sus tejas criollas o francesas, hasta el paisaje en torno, contrastante con el citadino.

Mi recuerdo de un Sancti Spíritus de los sesenta fija allí dos celebraciones enormes para mi vista de entonces: la feria agropecuaria y el carnaval llamado el Santiago. Este último me maravilló, y lo hallaba yo desordenado y algo báquico, pero sin dudas muy alegre, porque extrovertía el carácter afable y tan gozoso de los habitantes de la ciudad. Cuando regresé de visita ya entrada la década de 1980, para labores literarias en la reciente capital provincial, ese fuego carnavalesco se había atenuado en exceso. Ahora, sin embargo, era un lujo próximo la gran presa del Zaza, la mayor de Cuba, dado el caudal del segundo río en importancia de la nación cubana.

En la década de 1990 y principalmente ya en el nuevo siglo, mi relación con Sancti Spíritus se incrementó muchísimo, sobre todo con su importante núcleo de escritores, o de los municipios de la provincia espirituana, en especial de Fomento, Cabaiguán y Yaguajay. Nunca he sentido allí eso que llaman el ambiente excesivamente provinciano, porque el núcleo de artistas y escritores que habita en la ciudad es de muy inteligente mirada hacia el más allá regional. Hay poetas, narradores, ensayistas, periodistas y creadores teatrales y para la infancia que darían orgullo a una nación entera. Si bien mis elogios son interesados, porque los conozco a casi todos y los estimo mucho, advierto que damas y caballeros tan creativos me llenan de orgullo por mi terruño natal, apenas a unos 45 minutos de distancia del parque Serafín Sánchez, centro histórico de la ciudad. Entre ellos, alguna vez (2001) decidieron que yo podría ser algo así como Hijo Ilustre, honor que recibí con mucha alegría y bienestar, sobre todo por la memoria de mi padre, pero que siempre me ha dado algo de vergüenza, lo confieso, porque lo son más que yo los hijos directos que viven allí, artistas, escritores, deportistas, políticos, labradores, trabajadores de todos los sectores que dan el verdadero realce a la ciudad.

La unidad y concordia entre los intelectuales espirituanos garantiza que cada uno de ellos pueda brillar con su peculiaridad característica, pero que ofrezca la visión de una comunidad muy respetable en el desarrollo del arte nacional cubano. La inteligencia unitaria de este conjunto de artistas de la palabra y de diversas otras artes, empuja hacia un mayor grado de eficacia creativa y a que el respeto hacia ellos sea cada vez mayor. Puedo mencionar aquí una lista de escritores ―énfasis en los poetas― en verdad extraordinarios, pasando por un Rosendi o un Juanelo, gentes todas de elevado don y cultura, lectores infatigables que miran alto y firme más allá del mar. Una ciudad que tuvo como cuna a un intelectual español como Gabriel Morales Mendigutía, que se fue hacia España desde la villa, ya pasado los treinta años de edad, y se convirtió en un militar y arabista de grandes méritos, puede ver aun sus apellidos circulando entre los creadores que ya no me atrevo a llamar locales, porque hay calidades en sus obras que rebasan los círculos mágicos de la ciudad.

Orgullo por Sancti Spíritus en sus quinientos años de existencia. Sabemos que el ahora es solo un paso más en su existencia, crecerá en ella mucho más el esfuerzo por mantenerla siempre entre las más vivas ciudades de Cuba, aquella que dio lugar al llamado «punto espirituano» en la canturía oral, aquella que ha ofrecido gloria insurrecta en la manigua independentista y en los azarosos años de Revolución, y prestigio noble a la nación cubana. Crecerá sobre sus tejas, sobre el marrón de sus techados, crecerá entre el mar vegetal que la rodea, crecerá sobre todo en espíritu, ciudad amada que siempre crecerá.

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