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LLuvias bíblicas

Emilio Comas Paret, 02 de septiembre de 2014

Nací en un hogar pobre. Mis padres no fueron personas letradas, mi papá era analfabeto y mamá llegó solo a segundo grado. En la casa nunca hubo libros, solo algunas revistas y periódicos, los primeros libros los tuve ya cuando el triunfo de la Revolución. Pero mis padres eran cristianos, pertenecían a la Iglesia Bautista, y entonces tenían un libro, sagrado para ellos y entonces para mi, pero también prodigioso, fabuloso, lleno de poesía y de sentencias éticas, aunque también en otras ocasiones acusaba una deshumanización que asustaba: era la Biblia.

Yo mismo estudiaba, gracias al apoyo económico de mi tío Rogelio, en un buen colegio que era presbiteriano, y por supuesto, asistía todos los domingos a la escuela dominical de la Iglesia Bautista y en ocasiones también a la de la Iglesia Presbiteriana.

En ambas instituciones me enseñaron pasajes bíblicos, y algunos de ellos me gustaban en demasía. Historias como la de Jonás tragado y viviendo en el estómago de una ballena, o Sansón y Dalila, o David y Goliat, o la torre de Babel, las trompetas de Jericó que derribaron las murallas de la ciudad, y algo que me llamó mucho la atención: el número 7. Siete fueron los días en que Jehová hizo el mundo, siete es el día de descanso, siete son los pecados capitales, siete las trompetas de Jericó, siete los espíritus de Dios, siete las lámparas de fuego, siete las plagas que Jehová mandó contra el faraón egipcio, siete los sellos divinos, siete los ángeles de la ira, etc. En fin, la Biblia era un libro esplendoroso, lleno de realidad ficcionada y de misterios numerológicos. Y si mirábamos la poesía, tendríamos que hacer escala en los Salmos de David y los Proverbios de su hijo Salomón. Del primero se leen cosas como el Salmo 23: “Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer, junto a aguas de reposo me pastoreará…Aunque ande en valle de sombras no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”… Y de Salomón y sus Proverbios tenemos en el capítulo 15: “La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor”, o este otro, “Como la nieve en el verano y la lluvia en la siega, así conviene al necio la honra”.

En fin, este, “mi primer libro de literatura”, estoy seguro de que despertó el deseo de seguir leyendo y reflexionando y motivó luego la necesidad de exponer, a quien deseara leerlo, mis criterios y reflexiones. Al punto es que aún hoy sigo leyendo la Biblia, porque siempre encuentro algo nuevo en sus enseñanzas.

Pero en mis estudios bíblicos, principalmente del Antiguo Testamento, y más aún del llamado Pentateuco, que incluye los cinco primeros libros de la Biblia, empecé a encontrar cosas que me confundieron desde un inicio.

En estos textos, escritos por varios autores, aunque “inspirados todos por Dios”, se cuenta la historia del pueblo hebreo desde su fundación a partir de Adán y Eva, su introducción en Egipto por una gran hambruna, la salida de Egipto capitaneados por Moisés, el peregrinar cuarenta años en el desierto de Sinaí, y luego, en pleno plan de ocupación, la toma y destrucción de la Palestina, la tierra prometida por Jehová, (solo que estaba ocupada por pequeños reinos árabes), capitaneados por el ahora Jehová de los Ejércitos 

Motivado por la nueva agresión de Israel contra Gaza y el salvajismo que dicha agresión constituye, me dio por volver a releer algunos pasajes de esta historia bíblica, y aquí les copio algunos temas concurrentes como botón de muestra.

Conste que los copio de una Biblia que es versión de Casiodoro de Reina de 1569, revisada por Cipriano de Valera en 1602, y con otras revisiones en 1862, 1909 y 1960; y publicada por la Sociedad Bíblica Peruana en 1960. Es decir, la Biblia de los evangélicos, que es la que conozco y la que más me gusta; la católica, traducida por Nacar Kolunga es menos poética y tiene un lenguaje más pedestre.

En el libro de Números, página 168, capítulo 31, versículo 15 se narra: “y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres? He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricaran (prevaricar es faltar a las leyes de su religión), contra Jehová en lo tocante a Balaam – peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová. Matad  pues ahora, a todos los varones de entre los niños, matad también a toda mujer que haya conocido varón carnalmente, pero a todas las niñas que no hayan conocido varón, las dejareis con vida”.

Otro ejemplo: Libro de Deuteronomio, página 179, capítulo 2, versículo 34, “Tomamos entonces todas sus ciudades, y destruimos todas las ciudades, hombres, mujeres y niños; no dejamos ninguno.”

En el mismo libro la página 180, capítulo 3, versículo 6, dice: “Y los destruimos como hicimos a Sahón, rey de Hesbón, matando en toda ciudad a hombres, mujeres y niños”.

Otro ejemplo: Libro de Josué, páginas 224 y 225, capítulo 10, versículo 40: “Hirió pues Josué toda la región de las montañas, del Neguev, de los llanos y de las laderas, y a todos sus reyes, sin dejar nada, todo lo que tenía vida lo mató, como Jehová Dios de Israel se lo había mandado”.

Entonces amigos lectores, después de esta apurada lectura me entero por la televisión de la declaración de un joven israelí francotirador que se jacta de haber matado 13 niños palestinos, de que colonos hebreos se regocijan cuando ven caer las bombas sobre la casas en Gaza, y que un grupo de jóvenes fanáticos hebreos, canta y bailan una salmodia que dice: “mañana no habrá escuelas en Gaza… ya matamos a todos los niños”;  y por ello me pregunto lo siguiente: ¿Será que aquellas lluvias bíblicas trajeron estos lodos contemporáneos?       

Editado por: Heidy Bolaños