Para rescatar la memoria del guiñol de los Camejo
Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa Mendoza1 han publicado un libro de un valor singular, no solo para la historia del teatro cubano, sino también para la valoración de un período fundamental y nefasto para la cultura cubana. No temo equivocarme al afirmar que resulta una de las investigaciones teatrológicas de mejor calado en los últimos años. El libro consiste, por una parte, en el estudio histórico de un grupo teatral sin el que no se podría comprender el panorama escénico del país en la década del sesenta e inicios de los setenta, y, por otra, es un inteligente esbozo biográfico simultáneo de tres artistas dotados de una alta creatividad. Además, está orientado hacia el futuro, uno en el que todos tenemos el compromiso de impedir que se repita lo que ocurrió con el Teatro Nacional de Guiñol y otras vertientes esenciales de las artes en Cuba. Una investigación histórica, si se escribe con talento, dedicación y sentido de responsabilidad cultural, como es el caso, se constituye en memoria del pasado y advertencia constante para el porvenir. Es este el valor capital de este libro.
Para lograrlo, se apoya en una amplia base documental —fotos, cartas, programas teatrales—, y también en un fascinante proceso de recogida de testimonios orales. Todo ello, bien estructurado, consigue una veracidad que nos devuelve, en toda su fuerza y su dramatismo, la peripecia artística de los hermanos Camejo y Pepe Carril. En el prólogo, el destacado dramaturgo Abelardo Estorino se formula una pregunta desde las primeras páginas, antes de trazar la trayectoria ascendente del Teatro Nacional de Guiñol:
Resulta doloroso recordar y contar cómo la envidia, la mediocridad y la intolerancia de algunos oportunistas que ocupaban cargos burocráticos relacionados con la cultura lograron echar abajo un conjunto artístico. ¿Cómo es posible que consiguieran destruir con tanta acritud un movimiento en desarrollo? En el texto que sigue se cuenta en la voz de Norma Apán, administradora entonces del TNG, cómo el odio destruyó materialmente los inocentes muñecos de papier maché, madera, tejidos y otros materiales de desechos, convertidos gracias al amor en piezas de arte.2
Estorino atribuye todo esto a los prejuicios “la clase media arribista, conservadora y de mal gusto pequeño burgués, frente a las corrientes artísticas de avanzadas, y entonces promueven una imagen dulzona, inocua, incapaz de trasmitir una idea o luchar por una verdad”.3 Por mi parte, me parece que, mucho más allá de una supuesta y muy dudosa ejecutividad y fuerza de la clase media a fines de la década del sesenta, creo que hay que atribuir lo ocurrido a la banalidad del mal. No se pensó en las dimensiones de lo que se hacía, no se valoró: simplemente se procedió a ejecutar, como si fuera, en efecto, algo trivial, un proceso destructivo. El transcurrir del libro mismo no me deja dudas sobre ello.
Los autores han construido todo, indagación de los hechos y discurso, desde un diálogo entrañable, a lo cual dedicaron obviamente un lapso de bastantes años. Es una señal de su talento y tenacidad como investigadores. Pero esa larga duración en sí misma es opresiva, por razones que el texto pone de manifiesto:
El libro que ahora está ante el lector, es el resultado del diálogo mutuo que nos animó durante todo este tiempo. Un tiempo que, sin dudas, hubiera sido más corto de haber contado ambos con mayores comodidades para redactarlo, porque suele suceder entre nosotros esto, que proyectos que debieran haber sido defendidos por instituciones y focos investigativos llegan a la luz más como proyectos individuales, robados a la hora impar de las madrugadas, escritos más que como un deber como un acto de fe que nos exige no perder fuerzas.4
Quien pensase, a partir del título, que el libro se reduce a seguir la trayectoria estricta de los Camejo y Carril, se equivocaría de medio a medio; además de ello, los investigadores indagan en los difíciles, pero fundadores esfuerzos por crear una dramaturgia y una academia escénica nacionales a partir de los años 30 del siglo XX. La minuciosidad, pero también la pasión, que ponen en trazar ese panorama, me hizo pensar, por absurdo que parezca, en la fuerte novela de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, cuyos protagonistas están empeñados en rescatar la memoria de una poetisa fundadora. Con similar brío, y ajenos a la ficción —algunos de los hechos narrados superan toda imaginación posible—, Rubén Darío y Norge Espinosa recuperan no solo la memoria teatral de esas décadas, sino algo de mayor importancia: los vasos comunicantes entre artistas e intelectuales de diversos campos creativos. Una de las resultantes de este libro, es la percepción de una red de pensamiento y creación, una búsqueda grupal del bien de la nación, que tiene que servir de ejemplo necesario. Es una investigación que acierta plenamente en asociar el dato preciso, mecánico tal vez, pero importante, con la valoración contemporánea. Así, al revivir un proceso de formación de actores en una institución dedicada a ello, en que participan los Camejo, entonces estudiantes, los autores se detienen con razón para escribir:
Los alumnos aprendieron una ética de estudio y entrega que no terminaba con la última luz de la función, prolongándose [sic] en debates de cada crítica que sobre ellos se publicaba. Se forjaron en un riesgoso cruce de teoría y práctica, y el público, si bien pocas veces mayoritario, empezó a responder con una incipiente sensibilidad.5
Mito, verdad y retablo… permite al lector asomarse no solo a una labor escénica en las tablas, sino también al desarrollo de un pensamiento teatral colectivo, que logró en su tiempo un nivel de creatividad y de conceptualización como, lo confieso, no creo que haya vuelto a producirse en el panorama teatral cubano. La investigación es una pesquisa formidable y exitosa sobre el desarrollo a la vez de un proyecto y de una percepción especialísima del teatro —me atrevo a pensar que no solo el de estilo guiñol—, en la cual todos los recursos expresivos confluyen —música, diseño plástico, vestuario, actuación, texto— con un sentido único. Si Rubén Darío y Norge Espinosa aspiraban, además de recobrar la memoria de aquella peripecia, entusiasmarnos con la audacia y la experimentación del TNG, hay que decir que lo lograron. Debo atestiguar que, niño y adolescente en aquella época, la fascinación de los Camejo y Carril también me alcanzó, pues, como subrayan una y otra vez los investigadores, el suyo fue un proyecto de irradiación nacional verdadera. Tal vez ello ayudó a exacerbar más aún la voluntad de destruirlos.
Poco a poco los autores van acercándose a la anatomía de los procesos que terminaron por destruir ese proyecto artístico insular. Toda historia, si es bien narrada, alcanza el diapasón y el magnetismo de una eficiente novela, con sus personajes —bien silueteados o confusos—, crisis y conflictos. Así este libro. Nora Badía aparece como uno de esos personajes ambiguos, tan frecuentes a fines de los sesenta y los setenta —¿o siempre?—. El libro narra la actividad múltiple de los Camejo, su sentido de que hacían labor artística general. Después de un viaje a Europa en 1962, Camejo trae diversos títeres que le han obsequiado, pero que él incorpora de inmediato a los fondos del TNG. Los autores relatan algo ominosamente significativo: “A la vuelta, se organizó una exposición con el material traído. Nora Badía [Nota: funcionaria del Consejo Nacional de Cultura que se ocupaba de la actividad teatral], sin embargo, reprochaba que no se hubiera contado con su departamento para organizar dicha muestra”.6 Es 1962, pero ya las bases están sentándose: la burocracia siempre se pone a sí misma por encima de cualquier función social: su autoridad es lo único que importa.
Resulta apasionante el análisis de cómo el grupo Camejo-Carril desarrolla una línea de teatro para adultos, combatida una y otra vez por los burócratas, a pesar de sus evidentes valores creativos. Esto se realizó desde una conciencia nítida de lo que significaba como proyecto para la entidad. Los autores traen a colación una significativa declaración de Carucha Camejo a la revista Bohemia en 1966:
En nuestra actividad para niños tenemos un público asiduo. Para ello el repertorio ha influido mucho: también la promoción en las escuelas. La lucha nuestra es dura, sobre todo con el teatro para adultos, ya que este lo iniciamos posteriormente y con una mayor competencia. Estamos haciendo tanteos en la selección del repertorio hasta que podamos […] lograr la línea adecuada a seguir.7
También en esa nueva línea de creación, tropezaron con la oposición violenta de la burocracia del Consejo Nacional de Cultura.
Los investigadores acompañan al trío Camejo-Carril durante su trayectoria cubana. Dialogan, valoran, se apasionan: es lo único que puede convertir a una investigación en experiencia viviente. Su libro es una lección para muchos otros temas que es imprescindible analizar en el trayecto de la cultura cubana de todo el siglo XX, y en particular, la segunda mitad.
Aprendamos con este libro que la cultura, para seguir adelante, necesita defender sus logros, solventar sus dilemas, y crecer para bien de la nación cubana. Pero no puedo terminar este balance, en que no tengo sino elogios para ambos autores, sin decir que la edición del libro es una de las más lamentables, descuidadas y poco profesionales que he tenido que enfrentar en los últimos años. Es dramático que libros de esta calidad, sean tratados como si fueran un informe cualquiera. Ningún libro merece una falta de atención tan marcada, pero que un texto de esta valía haya sido descuidado de tal manera, hace pensar en la urgencia absoluta de recuperar el nivel editorial que Cuba tuvo, y que ha perdido de una manera deplorable.
Notas
1 Ruben Darío Salazar y Norge Espinosa Mendoza: Mito, verdad y retablo: el guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, Ediciones Unión, La Habana, 2012.
2 Ibíd., p. 11.
3 Ibíd., p. 12.
4 Ibíd., p. 16.
5 Ibíd., p. 31.
6 Ibíd., p. 94.
7 Ápud ibíd., p. 109.