Aquellas viejas carretas
Que Agustín Acosta (1886-1979) sea un desconocido para la mayoría de los cubanos residentes en Cuba es responsabilidad de una errada política de promoción que, en determinado momento hizo la vista gorda ante figuras que, por distintas causas, habían abandonado el país después del triunfo de la revolución. Quien fuera considerado Poeta Nacional de Cuba desde 1955 hasta los primeros tiempos del período revolucionario, salió de Cuba rumbo a Estados Unidos en 1972, en pos de la reunificación familiar. Hasta su muerte siguió escribiendo una poesía marcada, como siempre en su caso, por la médula modernista, pero pletórica de esas sutilezas y excelencias que solo los grandes poetas en pleno dominio de su oficio alcanzan.
Apenas en 2005, gracias a la gestión de Ediciones Matanzas y a la labor investigativa de Yolanda C. Brito, nos fue posible leer sus últimas creaciones. Lástima que no se haya pensado en una edición más abundante, pues de ese estudio y compilación podemos los cubanos salir con la imagen completa de quien aportó al panteón nacional libros de tan fina factura como Ala (1915), Hermanita (1923), La zafra (1926), Los camellos distantes (1936) y Caminos de hierro (1963), además de otros títulos publicados fuera de Cuba y de la copiosa poesía dispersa que el referido volumen rescató.
Si Agustín Acosta solo hubiera escrito La zafra ya con ello tendría asegurado un lugar de significación en la literatura cubana. Incluso me atrevo a decir que en la literatura revolucionaria escrita en Cuba. Recuerdo que en mis años de escolar uno de sus poemas, “Las carretas de noche”, integraba el currículo de lecturas de cuarto grado, como lo integraba en otros grados, en la asignatura Educación Moral y Cívica, la décima a la bandera, acaso la mejor composición, junto a la de Bonifacio Byrne, que se le haya escrito a la enseña nacional:
Gallarda, hermosa, triunfal,
tras de múltiples afrentas,
de la patria representas
el romántico ideal.
Cuando agitas tu cendal
–¡sueño eterno de Martí!–
tal emoción siento en mí,
que indago al celeste velo
si en ti se prolonga el cielo
¡o el cielo surge de ti…!
Nunca antes –y muy pocas veces después– la épica que describía las labores azucareras fue expresada con tan alto acento como lo hizo Acosta en La zafra. Tras su aparición en 1926 a este libro se le consideró iniciador de la poesía social en Cuba. Sobre sus virtudes opinaron, con entusiasmo y agudeza, numerosas personalidades de la época, entre ellas Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Las palabras de Mella precisan la manera en que Acosta denuncia la penetración norteamericana: “El libro expresa políticamente el ideal, la protesta del colono que se siente amenazado, y del antiguo hacendado cubano, arruinado por el central norteamericano”. Veamos, a propósito, una décima del libro dedicada a la fábrica de azúcar:
¡Gigantesco acorazado
que va extendiendo su imperio
y edifica un cementerio
con las ruinas del pasado...!
Lazo extranjero apretado
con lucro alevoso y cierto;
lazo del verdugo experto
en torno al cuello nativo.
¡Mano que tumba el olivo
y se apodera del huerto...!
Por su parte don Fernando Ortiz recomendó: “Todo cubano debe leer La zafra, como antaño se leía a Luaces, a Plácido, a Milanés. Los que no saben leer oigan sus versos y aprendan de ellos la belleza de un apóstrofe nacional con audacias de blasfemia. Y deben cantarla en el tiple y gemirla por las guardarrayas, junto a los cañaverales”.1
Con toda justicia uno de los textos más recordados y mejor valorados entre los que integran La zafra es “Las carretas de noche”. Bien encaminados estaban la mayoría de los estudiosos cuando insistieron en destacar su valor onomatopéyico, lo vivo de la estampa, y también el protagonismo de un objeto de la utilería propia de las labores de la zafra azucarera. Hay en esos versos una voluntad de denuncia y a la vez de reivindicación del campesino, clase discriminada y apartada de los principales bienes y, claro, de los cenáculos literarios. Un somero análisis estilístico-estructural nos permite apreciar cómo, haciendo un inteligente uso del dodecasílabo al modo en que lo había hecho Rubén Darío, apoyado en los cuatro ejes rítmicos del verso con su monotonía característica, los versos del poema…” dejan escuchar, en un trasfondo, el lento vaivén de las carretas cuando, cargadas de caña, marchaban hacia el central azucarero. Y el ritornelo “rechinan… rechinan…” no hace otra cosa que reforzar ese sugestivo ritmo subterráneo. Al escuchar estos versos: Mientras lentamente los bueyes caminan, las viejas carretas rechinan… rechinan… vemos y sentimos con cada hemistiquio acentuado en quinta sílaba, al caer el acento, un nuevo tumbo del vehículo.
Que Acosta escogiera ese metro para expresar el trabajoso acarreo no puede ser obra de la casualidad, sobre todo si sabemos que su oído estaba dotado de una especial sensibilidad para la música del lenguaje, con lo cual se equipara bastante a aquel Darío de “ya resuenan los claros clarines” o de “bajo el ala aleve del leve sombrero”, que lograba dibujar y estructurar melodías en las subconscientes relaciones de los morfemas con el sentido al que las palabras pretenden arribar. Se trata de un trabajo de fina orfebrería verbal que, con el arribo de las vanguardias posteriores, pareció caer en desuso, tildado de artificioso. Hoy nos hemos visto obligados a releer con deleite y reconocimiento aquellas composiciones que vuelven a cautivarnos y a darnos testimonio de la genialidad de su creador.
Volviendo al volumen Última poesía, se trata, según afirma la autora, de una selección de poemas que nunca antes se había publicado en Cuba, y al respecto refiere cómo accedió a esos textos: “Más de la mitad de de la obra literaria de Acosta, tanto en verso como en prosa, permanece inédita hasta el día de hoy. Los textos que publicamos en esta ocasión, han sido transcritos pacientemente desde sus originales que conservamos cuidadosamente, tanto en papel como en cintas grabadas por el autor.”2
En nota al pie, aclara la compiladora, que fue gracias al apoyo de Juan José Tápanes y su esposa, residentes en San Miguel de los Baños, Matanzas, que obtuvo las referidas cintas magnetofónicas. Según su indagación, Tápanes es hijo del poeta.
Vale resaltar el valor de este resultado investigativo, y en mi opinión sería justo aspirar a una edición más ambiciosa (mejor si por Ediciones Matanzas), sobre todo en lo tocante a la cantidad de ejemplares. O quizás, adicionar estos textos a una posible edición de la poesía completa de Agustín Acosta, que sin dudas, resultaría de enorme utilidad para que las actuales generaciones de cubanos conozcan una obra y una figura que por ninguna razón deber ser extraída del proceso de estructuración de nuestro imaginario simbólico.
Otro trabajo investigativo de notable valor para el propósito de que no pasemos por alto a este grande de las letras cubanas, es el que se recoge en el libro: Agustín Acosta Bello: aproximación a su vida y obra, de Mireya Cabrera Galán. Se trata de un estudio que organiza y entrega una copiosa y bien analizada información. Según creo, este libro no fue advertido en su momento de edición (año 2009) por muchos estudiosos, ni por el público, pues lo adquirí hace pocas semanas rebajado de precio en la librería Pepe Medina de Santa Clara, por 3.00 pesos cubanos. Quizás el ya mencionado desconocimiento de la figura y la obra de Acosta hayan conspirado contra la mejor venta del volumen. O quizás se deba a que algunos consideran su poética sujeta a una norma desactualizada y piensan que su lectura no les aportaría mucho. Lo cierto es que tanto este libro (galardonado con el premio de Biografía y Memorias en 2008) como el de Yolanda Brito es al menos una señal de que el olvido, en caso tan notable, comienza a revertirse.
El libro de Cabrera Galán se inicia con la emotiva evocación que hace Carilda Oliver Labra –quien lo acompañó al aeropuerto– del momento en que el poeta partiría. Comenta Carilda que en el tenso trayecto hacia la terminal aérea, le preguntó al maestro y amigo: “¿Usted ha notado que tres de los cantores nacionales de la bandera –Byrne, usted y yo– hemos nacido en la calzada de Tirry, en Matanzas?”, a lo que Acosta respondió humildemente: “Lo que he notado es que precisamente ahora, cuando nunca más rechinarán las carretas, es cuando me voy”.3
Aquella premonición del anciano sobre el silencio perpetuo de sus carretas en el momento en que, compulsado por la familia marchaba al exilio, felizmente solo se ha cumplido a medias. Hoy, en pleno siglo xxi, cuando la poesía cubana ha transitado por vanguardias sobre vanguardias, reinvención sobre reinvención, experimento sobre experimento, y la industria azucarera casi colapsó, aquellas viejas carretas, aún rechinan… rechinan… en lo más hondo de nuestra espiritualidad.
Santa Clara, 19 de diciembre de 2014
1 Julio Antonio Mella. Citado de “Mella y los intelectuales”, de José Antonio Portuondo, en Mella. 100 años. P.26.
2 Fernando Ortiz: “El poema de La Zafra”, en Revista de Bimestre Cubana, enero-febrero de 1927. p 5.
3 Prólogo de Yolanda C. Brito a Agustín Acosta: Última poesía; Ediciones Matanzas, Matanzas, 2005; ISBN: 959-268-067-1; pp. 11-12.
4 Carilda Oliver Labra: “Apoyado al timón espero el día”, en Mireya Cabrera Galán: Agustín Acosta Bello: aproximación a su vida y obra; Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2009. ISBN 978-959-1216-9; s/p.
Editado por: Diana Fernández Fernández