Los pequeños (inmensos) sitios
Todas las ciudades son pequeños sitios aquejados por sucesivas hipertrofias. Muchas conservan aún, fragmentado, el candor de lo silvestre. Desde el punto de vista antropológico se identifican con grandes extensiones llenas de espacios utilitarios donde el ser humano, en tanto espíritu, se dispersa como humo en la brisa. Se estructuran las ciudades, a través del cartesiano urbanismo, en inmensos trazados que establecen una cota simbólica tendente a sumar rinconcitos.
Puede usted vivir en México D.F., o en Madrid, o en La Habana y lo más parecido a la felicidad que esos sitios le comuniquen estará en proporción directa con la asunción de ínfimos y escondidos lugares donde se cobra conciencia de estar en el mundo y no en una acromegálica maqueta llena de reglas y convenciones. En la aberrante capital mexicana algunos de estos sitios pudieran ser, entre otros: Coyoacán, Ixtapaluca, o Ciudad Nezahualcóyotl (son solo ejemplos puntuales) que antes fueran pueblos y terminaron tragados por la voraz y gigantesca ameba; en Madrid pudieran ser Vallecas, Getafe o Carabanchel, donde sucede lo mismo. Y en La Habana: Arroyo Naranjo, La Víbora, Regla o El Vedado; los habitantes de esos espacios los sienten como la parcela entrañable donde realmente «viven» –si vida y apremio se contraponen– y dejan para las otras locaciones de la ciudad la condición de lugares donde se va a trabajar, a cumplir trámites o a que la vida convoque, solo por curiosidad y azar, otros horizontes. Vaya a donde vaya uno, siempre deja en su pequeño sitio, para usufructo en las horas apacibles de relax, sus esencias.
El ser humano, con más frecuencia de lo que supone, tiende al panteísmo, a la comunión con lo elemental del universo, y por ello magnifica su relación con la naturaleza. En virtud de esa devoción, en las grandes ciudades del mundo –donde la presencia de las instituciones facilita la dinámica cotidiana– los más ricos se fugan hacia las áreas suburbanas y además de sus hogares instalan también sus casas de descanso, sus cotos de caza y pesca, sus remansos para acoplarse con la pareja al calor de una chimenea. Las ciudades, por su parte, se llenan de árboles, de cafecitos y establecimientos muy coquetos; los balcones y azoteas se maquillan con macetas, palomares, artesanía exótica o típica, y los automóviles cada día, por voluntad de sus fabricantes, se deslizan más «silenciosos».
En los artistas, en general, y en los poetas de modo muy particular, el «virus» de la añoranza por el éxtasis panteísta se torna particularmente devastador, y engendra el síndrome de la morriña endémica. Según lo veo, toda la extensa e intensa obra de don Antonio Machado es jalada por aquel patio de Sevilla, con su huerto claro donde madura el limonero mientras el sujeto lírico dialoga –inmerso en lo fenomenológico– con una muchedumbre integrada por un solo hombre que es, siempre, el del casino provinciano que vio a Carancha recibir un día; o el inefable don Guido (de mozo muy jaranero), en cuyo honor las campanas doblan todo el día –din-dan. Vallejo, por otra parte, nunca abandonó, en su pugnaz sintaxis, aquel aire de niño que, adormecido en Santiago del Chuco, preguntaba por la tahona estuosa de aquellos sus bizcochos, mientras lloraba por Miguel, su hermano muerto, con quien no podía jugar a los escondidos ni untar sus zapatos con un poquito de saliva y tierra (pero con un poquito no más); Eliseo Diego, además de darle cuerpo a un oscuro esplendor describió la joven luz que, en Cuba, es mucho más que el tiempo y se detiene, con extraña delicia, en los contornos militares de todo. Rubén Darío –quizá el versificador mejor dotado entre sus contemporáneos– le dio rango de verso al buey que, en su infancia, vio echando vaho un día. Los astros que, para Neruda, tiritaban, azules, a lo lejos, parpadearon siempre en los cielos del Parral, o en los de Temuco. Y casi sin salir de Trocadero 162, Lezama fermentó con levadura metafórica todo un mundo, aunque sus límites espaciales y temporales solo se expandieran exponencialmente en lo íntimo de su inmensa humanidad.
Las cosas sencillas son las verdaderas cosas grandes, sin el «beneficio» de la manufactura sofisticada, solo bendecidas, si acaso, por la artesanía o la desbastadura gruesa. Y lo son porque todas acaban resultando exclusivas, en distinta medida para cada cual. Y aporto una experiencia propia: el recuerdo que con mayor fruición atesoro de mis viajes a España es el del día en que visité un cortijo en Castro del Río (pueblo blanco cordobés) y entré en un olivar donde, desde el silencio y la energía flotante, todo me hablaba: las turgentes aceitunas, las rubicundas granadas, las furtivas y danzantes liebres, los monótonos y sobrecogedores Puertos de Cabra, que, vistos a lo lejos, me reintegraban una imagen más colorida –portaba la tonalidad de las palabras– de unos versos del «Romance sonámbulo»:
Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
En aquel olivar tuve el privilegio de bautizar a pedido de su dueño –el andaluz Juan José García Román– a su olivo más amado: un árbol impresionante, centenario me dijo, con el cual mi compadre conversaba en las tardes. Claro que le puse José Martí, y claro que enseguida tras mi regreso, me llegaron a Cuba noticias de su desmesurada productividad. Las cosas se apropian del alma de las personas y la expresan de inusitados modos.
Yendo a lo teórico, Jean Franco nos recuerda que Néstor García Canclini, al estudiar la crisis de lo popular derivada de fenómenos como la migración interna que desborda a las metrópolis, se preguntaba:
«¿Cómo estudiar a los millones de indígenas y campesinos que migran a las capitales, a los obreros subordinados a la organización industrial del trabajo y el consumo?»; «¿cómo analizar las manifestaciones que no caben en lo culto o lo popular?»; «¿cómo construir sociedades con proyectos democráticos compartidos por todos sin que [los proyectos] igualen a todos?». Es evidente que las preguntas se relacionan con dos problemas aparentemente diferentes: la cuestión de la fragmentación y la hibridez, y el problema de la creciente homogeneidad de lugares desprovistos de cualquier particularidad local o nacional, como por ejemplo los centros urbanos, los aeropuertos y los centros comerciales. Tanto la homogeneidad como la hibridez desafían las definiciones más viejas de identidad nacional y comunidad.1
Hay pueblitos que parecen altares, como hay costumbres que parecen liturgias; la visualidad y las actitudes que tales semejanzas alimentan se instituyen códigos de complicidad comunitaria, y en esa fusión los participantes se reconocen y se asignan autoridad: cada uno es rey y a la vez siervo en esa gleba que demarca los límites de sus impulsos ancestrales.
Conozco, en nuestra Cuba, asentamientos tan pequeños que ni siquiera pueblos se llaman. Se les conoce por bateyes, o caseríos, y sus nanoproyectos se complementan con magistral eficacia. Ejemplifico: buena parte de la chatarra que generan los centrales azucareros reporta utilidades para las múltiples reparaciones domésticas del poblado; el multioficio abunda, casi todo el mundo contempla –y hasta comenta– la puesta del sol, y los bienes de consumo se comparten, en calidad de préstamo o donación como si todas las casas fueran un único hogar. En las ciudades pequeñas, aquella dinámica cotidiana del batey tiene su parigual en la del barrio, mientras en otras más grandes podemos hallarla en la cuadra. Lo triste de ese viaje hacia el crecimiento es que en la línea de meta se alza la bandera de la incomunicación, pues mientras la urbe se va tornando más sofisticada e inabarcable, solo los vecinos del edificio, o solo el vecino del mismo piso, o solo el de al lado, nos conoce y cruza palabras, muchas veces protocolares, con nosotros. México D.F., por ejemplo, es una ciudad que rebasa los veinte millones de desconocidos, más de la mitad de los cuales son potenciales enemigos y el resto potenciales competidores o potenciales clientes.
Cuando la ciudad se mira como un todo se despersonaliza por obra y gracia de la pluralidad caótica. Hay quien ve en ese caos un rasgo aglutinador, de complicidad cultural, y se concentra en desentrañar y magnificar la especificidad de los numerosos mitos urbanos que en su entraña cobran cuerpo. Es un proceso factible y legítimo, hasta rico en matices, aunque no por ello menos deshumanizado en tanto acentúa el individualismo acérrimo que viene de la alienación y hacia ella va. A los antropólogos, etnólogos, sociólogos y demás estudiosos de la cultura les resulta cada vez más difícil identificar –dadas la hibridación y la mixtura– al sujeto representativo de las metrópolis abarrotadas, como bien afirma García Canclini en sus numerosos estudios sobre hibridación y en el párrafo arriba citado, donde Jean Franco lo cita. Casi se les hace imposible lograr generalizaciones que no razonen sobre la imposibilidad de hacerlas.
En un pequeño sitio de Cuba llamado Camajuaní, conocí en los años setenta a un poeta popular, que se desempeñaba como pistero en un abasto de gasolina. No era, ni se proponía ser, un intelectual. Entre uno y otro carro serviciado a veces se quedaba como lelo, y tras unos minutos de ausencia, soltaba de un tirón décimas, por lo general muy buenas, aunque –aclaro– no las cantaba, pues no era improvisador. Ese poeta se llamaba Jesús Pérez Pérez (le decían Chucho) y un día no resistí la tentación de copiar dos de aquellas décimas que al instante él tituló «La muerte de la tarde»:
Muere la tarde y en ella
el paisaje ha fallecido
y está de luto el vestido
que lleva puesta una estrella;
En toda la escena aquella
el sol no brilla ni arde,
pero, sin hacer alarde,
hay centenares de flores
que les tributan honores
a la muerte de la tarde.
La noche nos intimida
con su negra enredadera
como si se detuviera
el paisaje de la vida.
Se le da la despedida
a un día que ya se fue,
pero la luna se ve
con la mirada risueña
y mientras que el mundo sueña
ella se pone de pie.
Impresionante, ¿verdad? El poema se publicó en una antología local que editó el infatigable promotor René Batista Moreno en uno de sus ya míticos proyectos editoriales salidos de la nada. Hace dos o tres años, en una de mis idas a Camajuaní, pregunté por Chucho. Supe entonces que había muerto hacía más de treinta años. La noticia, aunque esperada, me produjo dolor, pero a la vez sentí la satisfacción de que fuera un joven de apenas veintiún años quien, al comentármela, me demostró que conocía al poeta y a su poesía. Me hizo feliz que siguiera contemplando la muerte de la tarde con los ojos del humilde poeta que nunca persiguió la trascendencia ni publicó un libro, pero le alimentaba el orgullo de la cercanía, no solo física. Recuerdo que mi interrogante la despejó de la siguiente forma: «¿Chucho…? Sí, el de “La muerte de la tarde”. Murió, precisamente con la tarde, en 1980». Chico ingenioso.
Grandes y hermosas ciudades del mundo así como muchos pequeños sitios y eventos naturales y cotidianos han recibido cantos y apologías. Otros esperan por el cantor que los reinvente y los inserte en el concierto de las cosas infinitas.
Santa Clara, 23 de enero de 2015
Notas:
[1] Jean Franco: “La globalización y la crisis de lo popular”; disponible en: http://www.nuevasoc.org.ve/n149/ens.htm.
Editado por: Diana Fernández Fernández