La Sociedad de Amigos de la República ante la crisis institucional cubana (1955-1958) V (Final)
Después de concluido el Dialógo Cívico los partidos de la oposición mantuvieron la unidad de consignas en torno a la Sociedad de Amigos de la República (SAR) en espera de una nueva coyuntura política que propiciase una convocatoria a elecciones generales inmediatas.
El 3 de abril de 1956 fue descubierta una conspiración de oficiales encabezada por el coronel Ramón Barquín. Aunque la conjura no estaba vinculada a organizaciones políticas, entre sus principales objetivos estaba convocar a elecciones generales luego de derrocar a Batista. Impactados por esta noticia, los miembros de la SAR emitieron una declaración en la que indirectamente justificaban la actitud de los militares insurgentes y reiteraban su llamado a unas elecciones generales inmediatas.1 No era del interés de la SAR promover conspiraciones ni fuera ni dentro del ejército, más bien presentaba estos sucesos como muestra inequívoca de que era necesario arribar a un arreglo político antes que continuase la inestabilidad sociopolítica del país.
El 29 de abril un grupo de jóvenes revolucionarios encabezados por Reynold García intentaron tomar por asalto el cuartel “Goicuría” en Matanzas. El ejército tenía noticias de los planes conspirativos y la guarnición del cuartel ya estaba preparada cuando irrumpieron los asaltantes. En un combate desigual los revolucionarios fueron víctimas de una cruel matanza. No fue hasta el 16 de junio que los partidos de oposición y la SAR se pudieron reunir. Los temas a tratar estaban vinculados al asalto al cuartel “Goicuría”; al respecto señalaban en un documento conjunto publicado: “En todo momento hemos proclamado que al cerrarse el camino de la solución nacional se justifica el ambiente conspirativo y se estimulan las acciones desesperadas”.2
A mediados de agosto de 1956, Cosme de la Torriente comenzó a sugerir que se debían aprovechar algunas de las disposiciones del Plan Vento pero sin que la oposición se comprometiera a asistir a unas elecciones parciales. Don Cosme pensaba que inscribir a los partidos y hacerlos participar en la reorganización no implicaba acceder a las elecciones parciales; esta maniobra trató de aprovechar cualquier coyuntura política futura para obligar al gobierno a pactar con la oposición. Se pretendía tenderle un cerco político a Batista que lo obligaría a convocar unas elecciones generales.
Para lograr esto, el primer paso sería inscribir a los partidos, después el gobierno debía confeccionar un nuevo código electoral, devolver las cédulas a sus destinatarios- quitándolas de las manos de los que la guardaban ilegalmente- y ofrecer las garantías que en ese momento se negaban a la oposición. Sería ese el momento en que la oposición reclamaría unas elecciones generales. Si el gobierno no accedía a estas demandas todos los partidos de la oposición se retirarían, boicoteando así las elecciones parciales. Pensaban que si se retiraban, ello obligaría a la dictadura a hacer concesiones importantes para no caer en una situación difícil.3
Sin embargo, esta nueva táctica que promovía Torriente tuvo que vencer numerosos obstáculos dentro del campo de la oposición. Tanto el Patido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) como el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) abstencionista se opusieron a los planes de Cosme. La profunda división de los partidos políticos de oposición obstruía la concreción de la firme unidad que se requería para ejecutar esa táctica. En el caso de la Ortodoxia, para inscribirse debía valerse de la fracción inscrita del partido, beneficiado por el decreto remache. Don Cosme quería aprovechar esta coyuntura para unir la tendencia de Emilio Ochoa con la de los ortodoxos históricos: pero previo a esto Federico Fernández Casas debía hacer entrega del partido inscripto a la facción de Ochoa. De esta forma Cosme de la Torriente aseguraría inscribir al Partido Ortodoxo para ejecutar su nueva táctica a través de la SAR.4
Esta táctica desarrollada por Torriente generó fuertes polémicas que de hecho quebrantaron la unidad de los partidos de la oposición adheridos a la SAR. Mientras el Partido Democráta y el PRC (A) electoralista apoyaban a Torriente en sus nuevos planes, otros líderes políticos lo cuestionaban. Pelayo Cuervo por el PPC (O) y Tony Varona por el PRC (A) abstencionista apoyaban las cláusulas iniciales planteadas por la SAR, pero entendían que había que plantearse la no admisión del Plan Vento en ninguna de sus partes: reorganización, inscripción, habilitación de cédulas, devolución de carnets, entre otras.5
Por otro lado, Pardo Llada por el Partido Nacionalista Revolucionario (PNR) se planteó la táctica de acudir a las elecciones parciales exigiendo amplias posibilidades, al extremo de incluir en estas elecciones a todos los cargos, menos los de Presidente y Vice-Presidente.6 A su entender, el Congreso que surgiera de estos comicios fijaría la fecha para unas elecciones presidenciales. Aunque todos convergían en apoyar las bases de la unidad, de hecho cada uno seguía un derrotero distinto y la unidad se tornaba imposible. El caos y la confusión reinaban en la filas de la oposición agrupada en torno a la SAR y a fin de cuentas si algo favorable obtuvo Batista del Plan Vento, fue precisamente la división que generó en las filas de estos oponentes.
Después del fracaso del Dialogo Cívico el Frente Unido de los partidos tradicionales había entrado en crisis: formalmente querían aparecer unidos en torno a las demandas de la SAR, pero en la práctica cada partido interpretaba estas demandas a su manera. La ausencia de Cosme de la Torriente acentuaría más esa situación. El 8 de septiembre de 1956 fallecía el presidente de la SAR y en su testamento político, entre otras cosas, expresó: “Unirse y reunirse es lo que deben hacer el Gobierno y la Oposición (...)Olviden sus cosas particulares y piensen en Cuba”.7 Cosme de la Torriente, hasta el último aliento sostuvo que la burguesía como clase representada políticamente por la oposición y el gobierno, debía concertar un arreglo político que asegurase la estabilidad de la República neocolonial. Ocupó el cargo de Cosme de la Torriente, Rogelio Pina.
El alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba dirigido por Frank País y el desembarco del “Granma” generarían una conmoción en el ambito político cubano. La SAR no fue ajena a ello y emitió otro manifiesto, donde insistía en proclamar que sólo bajo las bases que ella había sustentado se podría solucionar la grave crisis cubana. No le faltaba al documento un marcado matiz pacifista. Con motivo del desembarco del “Granma” sus líderes se reunieron con el Primer Ministro del régimen, Jorge Gracía Montes. Según la versión de Rogelio Pina, los dirigentes de la SAR habían planteado que era “inaplazable detener la efusión de sangre” y que habían “replanteado con toda su amplitud la solución definitiva de la crisis institucional de la República”.8
Todo parece indicar que el régimen de Batista, en el caso que no pudiera controlar la situación creada por el desembarco de los expedicionarios, tenía previsto iniciar contactos con la oposición como pantalla política que desviase la atención de la opinión pública y que les permitiese arremeter con mayor fuerza contra los rebeldes. Pero no les hizo falta porque finalmente los partes militares de la dictadura pusieron optimistas a los máximos personeros del régimen; aparentemente el foco rebelde había sido liquidado.
Después de estos intercambios con el primer ministro del régimen, la SAR entró en una etapa de decadencia política definitiva. Dicha entidad no constituía un vehículo idóneo para canalizar un entendimiento político por las siguientes razones: no existían posibilidades efectivas para llegar a una avenencia con el gobierno; la coyuntura histórica que se vivía conspiraba contra sus propósitos pues el momento era de lucha armada, no de demandas políticas; la oposición oficial se hallaba totalmente dividida y emprender un proceso unificador, como otrora lo hizo Cosme de la Torriente, resultaba harto difícil y por último, la SAR, después de tantos fracasos,estaba invalidada de obtener el apoyo del pueblo que cada día más se daba cuenta de que sólo una revolución derrocaría a la tiranía. Los líderes de la SAR intuyeron el fracaso de todas sus gestiones y aunque esta agrupación siguió existiendo, el eje de las demandas de paz pasó a lo que se dio en llamar “Tercera Fuerza”.
La “Tercera Fuerza” fue un movimiento de instituciones cívicas privadas que, representando el sentir de sectores importantes de la burguesía y la pequeña burguesía, promovió gestiones de paz y conciliación con el régimen. El impulsor, bajo cuerdas, de todas las gestiones fue José Miró Cardona, quien desde la SAR ya había planeado la táctica de movilizar a las instituciones cívicas para forzar al régimen a llegar a un acuerdo. Estas, por su parte, tenían la ventaja de que no necesitaban apelar a los partidos políticos de oposición, salvo si obtenía algún arreglo. Además no se verían afectadas por la división y las pugnas intestinas de dichos partidos. La SAR en lo adelante se limitaría a emitir manifiestos donde valoraba los distintos momentos políticos por los que atravesaba el país.
Batista, entendió que el frente de instituciones cívicas pretendía robarle el apoyo de las llamadas “clases económicas”. En los altos círculos oficiales se tenía entendido que las instituciones cívicas habían discutido las bases de un manifiesto que planteaba tres puntos destinados a cumplirse en lo sucesivamente:
1) Demandar un cambio radical de procedimientos por parte del Ejecutivo, con cese de la ola de persecuciones y víctimas, como inmediata contribución a la tranquilidad nacional.
2) Integración de un nuevo Consejo de Ministros, capaz de hacer operante el respeto a la Constitución y las leyes.
3) En caso de no producirse los cambios indicados, contemplar entonces la petición del cese del actual régimen, para dar paso a un gobierno de unidad nacional, comprometido a llevar al país a unas elecciones democráticas.9
Finalmente, las instituciones cívicas se vieron frenadas por las medidas represivas de la dictadura: su actividad hubo de limitarse forzosamente y se vieron reducidas a emitir declaraciones al igual que lo hacía la SAR.
A los mediacionistas sólo les quedaba un refugio: la Iglesia. Fue entonces que el Episcopado hizo una exhortación a fin de lograr “El establecimiento de un gobierno de unión nacional, que pudiera preparar el retorno de nuestra patria a una vida política pacífica y normal”.10
El 3 de marzo Batista dio su respuesta al llamado de la Iglesia. El jefe de Estado no veía otra solución que las urnas, en la forma unilateral ya prevista y convocada por su gobierno.
El Movimiento 26 de julio señalaba en un comunicado que rechazaba todo contacto con la Comisión de Conciliación en tanto el Episcopado no definía que se entendía por “Gobierno de Unión nacional” y que no aceptaría compartir un Consejo de Ministros con personeros de la dictadura.11
La gestión de la Iglesia se dio por terminada, fue el último esfuerzo mediacionista. Los ideólogos de la burguesía, que planteaban la posibilidad de que a su clase se les podía escapar de las manos la situación en que se encontraba Cuba, no tuvieron más remedio que cruzarse de brazos. Conscientes de esta realidad, José Miró Cardona en una conferencia de abogados del Estado de la Florida planteó:
Los hechos que vienen sucediéndose en Cuba en vilación reiterada de los derechos humanos desbordan los cauces de lo estrictamente político para afectar las bases de la nacionalidad y poner en peligro la existencia de la democracia occidental en todo el continente americano. Existe en mi país una férrea dictadura que, como toda dictadura, es el caldo de cultivo más apropiado para que germine y fructifique la simiente del comunismo repudiable y materialista que niega a Dios, a la patria y la familia.12
Citas y notas
1-El Mundo. La Habana, 19 de abril de 1956. En: Recortes Varios No. 38, Colección Facticia. Biblioteca Nacional “José Martí” p. 15.
2-Diario Nacional. La Habana, 16 de junio de 1956. En: Ibidem p. 24.
3-Prensa Libre. La Habana, 15 de agosto de 1956. En: Ibidem p.43.
4-Diario Nacional, 28 de septiembre de 1956. En: Ibidem p. 62.
5-Excelsior. La Habana, 13 de septiembre de 1956. En: Ibidem p. 53.
6-Prensa Libre, 7 de jullio de 1956. En: Ibidem p. 30.
7-El Mundo, 9 de diciembre de 1956p. a-4 col. 2.
8-El Mundo, 9 de diciembre de 1956. En: Ibidem p. 77.
9-Bohemia. La Habana, 16 de junio de 1957 , No. 24, p.89.
10-Bohemia, 9 de marzo de 1958 No.10 , p. 71.
11-Bohemia, 16 de marzo de 1958 , No. 11, p. 6 y 7.
12-Documento, copia mimeografiada, 15 de mayo de 1958. En: Ibidem p. 91.
Editado por: Dino Allende