De la Feria del Libro: tres en uno
En la pasada Feria Internacional del Libro, La Habana, 2015, tuve la oportunidad de oír ciertas reflexiones del poeta argentino Eduardo Kovalivker, quien argumentaba cómo la poesía había perdido su contacto con las grandes masas de lectores a partir del surgimiento del movimiento vanguardista francés, quien utilizando más el ingenio que el talento, intentó ser original, hacer una poesía nueva, distinta, desconocida y por lo mismo desatendida por la mayoría de los lectores al perder la capacidad de motivar la conciencia y mover la sensibilidad de las almas.
Y creo que tiene mucha razón Kovalivker, por cuanto aquellos intentos se mantienen hoy, y mucha de la poesía publicada, e incluso premiada, se ha vuelto coruscante, introvertida, indefinida, perdiendo la comunicación directa con el receptor. Y por eso no se lee, no interesa.
Pero es que en la propia feria, y como parte del trabajo realizado por la colección Sur de la UNEAC se presentaron tres poemarios que para nada se acercaban a los asertos citados por Kovalivker: textos cercanos a la vida y su eterno fluir, que ayudan a pensar y a sentir e incentivan el deseo de leerlos una y otra vez buscando nuevas aristas en su discurso bien hilvanado y diáfano.
El primero de ellos es Piel de mujer, de la escritora, periodista y promotora cultural mexicana Lina Zerón. Desde el mismo título la autora nos introduce en su discurso personal e intenso, desnudándose ante nuestros ojos siempre asombrados. Sufrimos entonces un lenguaje poético áspero, fuerte, desinhibido, pero también lleno de amor y erotismo, que aborda con valentía una feminidad sin feminismo, con cierto desenfado y siempre en defensa de ese derecho muchas veces mancillado de la propia existencia de la mujer, por lo cual su discurso no está exento de críticas contra la explotación, el maltrato, la violación, el desprecio, la subestimación. Critica descarnadamente al hombre que condiciona su amor, que no sabe o no quiere dar amor, temeroso de entregarse y disfrutar y sufrir y vivir, que es en definitiva lo que caracteriza un gran amor de pareja, sin condicionamientos fatuos y estúpidos de considerar a la mujer como propiedad del macho, y cortándole las alas a los que pretenden ser “los seductores irresistibles”. Defiende también con fuerza la verdadera amistad entre seres de sexos diferentes, libre de complejos condicionantes y estereotipos impuestos por el machismo más vulgar y torpe. No titubea la autora en asumir el “mudar de piel” de un amor a escondidas, poniendo de manifiesto la superficialidad de la moral burguesa establecida, y las normas sociales tan llenas de hipocresía y mala intención. Aborda la prostitución y critica la doble moral del hombre, asume la teatralidad de la mujer y termina bendiciendo a las hembras con fracturas y fragmentos. La vejez es asumida con cierta tristeza y también con cierto sarcasmo cuando menciona la decrepitud del hombre. Al final el texto nos ofrece unos “minicuentos” que son verdaderos poemas en prosa o prosa poética. En fin, Piel de mujer es un canto a la vida desde una visión femenina donde no existen escondites y sí una sinceridad que a los hombres a veces nos aterra y una ternura que nos llena también de complacencia.
El otro texto es Atrapados, del poeta, profesor universitario y promotor cultural salvadoreño Jorge Alberto Rodríguez Canales. La lectura de este poemario constituye una denuncia pública a las circunstancias que mueven la vida de determinados estratos sociales, en su lucha por tener una realización personal y familiar y crecer en relación a su status social. Hay poemas como “Deber social”, que lo demuestran con un realismo doliente: “muchas veces – al nacer– te entregan la pobreza, con todo y escritura pública”. La utilización de epigramas y el convertir en protagonistas a animales comunes como el sapo, el perro, el gato, la paloma, le dan al poemario una estatura hacia el sentido figurado y el propio lenguaje de la sugerencia, tan cercano a la poesía. Hay una definida intertextualidad que se manifiesta perennemente.
Las referencias a la guerra recientemente finalizada en El Salvador, junto a una evaluación marcadamente crítica a figuras caracterizadas por la abyección y sumidas en trastornos sociales complejos como la práctica de la prostitución, el sufrimiento que provoca la pobreza extrema y el hambre permanente, componen el sustrato básico del texto.
Hay un poema titulado “Confesión de la bestia” que es como una radiografía del discurso predominante. Lo cito:
Si me despojan de:
mis serpientes de odio,
mi imperio de soberbia
mis hienas de codicia,
mis escorpiones de egoísmo,
mis arañas de hipocresía
y mi jauría de lujuria
solamente quedará el vacío.
Casi al final ciertas imágenes proclaman determinadas críticas a la circunstancia política actual, como un rezago de la conflagración sufrida y las profundas secuelas que dejó. Atrapados termina y nos adentra en su mundo, convirtiéndonos también en protagonistas de esta saga. Nos hace tropezar con las circunstancias una y otra vez, poniendo de manifiesto la existencia de una vida terrible, trágica, pero no ajena a cierta noción de esperanza allá, al final del túnel.
El tercer poemario se titula Los días de la aldaba y su autor es el licenciado en Restauración y Museología ecuatoriano Marcos Rivadeneira Silva. En este texto la poesía es un flujo continuo que no se detiene nunca, a veces el fluir es más intenso y otras no, pero siempre fluye. Las palabras, como pájaros escapados de su jaula de papel, parten hacia la nada, hacia lo ignoto, y aunque uno insiste en atraparlos y hacerlos suyo, se alejan y se acercan con sus cantos sonoros y sus silencios, pero siempre en el batir de las alas. Al parecer su lectura es como mirar un cuadro de arte abstracto, que provoca sensaciones, recuerdos difusos, olvidados a voluntad, percepciones particulares para cada lector. Una parte del texto habla de sexo, amaneceres, olores, mentiras y recuerdos. Luego aborda la guerra y la muerte, circula por hospitales y la lluvia, los sueños y los anhelos truncos. “Me iré en septiembre” dice de la puerta clausurada, de la llave rota.
Los poemas de esta primera parte están escritos casi todos a párrafo francés, por lo que se leen como si fuera prosa, aunque con el encanto sugerente y propiciador de la poesía. Si se quiere tener una suerte de recuento de estos primeros textos léase del poema titulado “Ahora los lunes son todos iguales”:
Ahora que la imagen azul del televisor muestra la hilacha del cuerpo y, todos los trabajos están en oferta y, todas las comidas son industriales y, todos los destinos nacen con escopeta, ahora que los lunes son todos iguales, los niños nacen en nidos de árboles y, la niña que estremece mis dedos, se esparce como algodón de azúcar en las nubes creadas para cubrir el cielo de tanto azul, y tanto azul descolorido se deshace en el manto de nuestra eterna huída hacia ningún lado.
A partir del poema “El puente de la flor del Palacio Wenffel” la poesía como que se sosiega y pierde la fosforescencia y la hermeticidad de los inicios. Se habla de denuncia social aunque sin altisonancias impropias del medio, tal y como si fuera un mal asumido sin protestas. Luego viene el poema “Pueblo de Dios”, que es una breve, triste y sugerida historia ¿personal? El titulado “Puta” cuenta una vida sórdida y fuerte con la economía de palabras propia de la poesía.
Los dos poemas finales “El piano” y “La liebre” formulan breves resonancias de recuerdos que en realidad son más sensaciones que acontecimientos precisos, más forma que contenido, y como el iceberg muestran solo una séptima parte.
Los días de la aldaba y la puerta cerrada y la llave rota supuestamente dentro del llavín, que nos impide salir a enfrentarnos con la vida, que es el fragor cotidiano, quizás permita sentarnos en la butaca preferida, donde el sol se proyecta por sobre el hombro izquierdo, y leer, que como dijo nuestro Martí, también es crecer.
En fin, amigos lectores, les sugiero la lectura de estos tres textos si quieren enfrentarse a una poesía contundente, rotunda y que nos da una idea de qué se está escribiendo en otras latitudes de nuestro continente, cosa esta que las circunstancias nos hacen casi siempre difícil de conseguir.