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Arturo Sorhegui D´Mares: La Habana en el Mediterráneo americano

Luis Álvarez, 31 de marzo de 2015

La Habana en el Mediterráneo americano de Arturo Sorhegui D´Mares es una de las últimas propuestas editoriales de la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz. Se trata de un enjundioso ensayo que despertará especial interés para todo aquel que se acerque a las investigaciones sobre la ciudad y, en especial, al estudio de las ciudades cubanas, apenas investigadas hasta el presente en tanto núcleos de enorme valor cultural que mucho tienen aun que decir a historiadores, sociólogos, culturólogos, toda esa gama de investigadores de la cultura que deben acabar de entender que hoy no es posible desandar ciertas disciplinas sin una mirada múltiple sobre los fenómenos histórico-culturales.

La ciudad emerge en Cuba, como en todas partes del planeta, como un complejo entramado de sucesos que son el resultado de la cotidianidad. Tal carácter esencial es el que marca la diversidad histórica de una ciudad como La Habana, rara ciudad del Caribe donde va a carenar una geografía humana que le dará un tinte peculiar que todavía se conserva. Esa geografía humana, con sus intereses, gustos, orientaciones y desorientaciones, acaba por conformar una imagen propia de la ciudad.

Esa imagen se constituye gradualmente por una superposición heterotópica por, “ese nivel de organización general del espacio terrestre”1 que es típico de las colonias. Quizás sea esto lo que hace a este historiador hablar de la existencia de tres Habanas que se superponen en el tiempo. Esto es de un interés vital porque aun pululan ideas acerca de que los siglos que van desde el XVI al XVII son un largo período de tiempo en que nada de interés ocurre en la Isla y, en particular, en La Habana. Si se continúa con semejante visión, ¿cómo explicar la eclosión que se sucederá en el siglo XVIII insular? El proceso cultural, económico, histórico, de esa centuria abarca todos los sectores de una sociedad que ha venido perfilándose de manera intangible desde el punto y hora en que los primeros conquistadores decidieron asentarse en estas tierras. ¿Cómo explicar, entre otras cosas, el surgimiento del pensamiento cubano? Y eso para solo mencionar una de entre las varias interrogantes principales que están aun por recibir una respuesta cabal.

Es así como uno de los propósitos del libro de Sorhegui es demostrar cómo estos siglos fueron un período de condensación de las estructuras sociales, sacarocracia incluida, que aflorarían con una pujante fuerza un tiempo después. La historia es un proceso de tensiones y rupturas, continuidades y disociaciones, que acaban por develar el rostro de nuestra nacionalidad insular. Por esa razón el propio autor señala:

Evolución de tal envergadura, relacionada con la posible condición de ciudad moderna de La Habana, no ha sido aun objeto del interés que merece. Sin tratar de dar resultados definitivos para un problema historiográfico de esta trascendencia, nos proponemos analizar un fenómeno tangencial: el comportamiento de la expansión de la ciudad durante sus primeros momentos, después de su ubicación en la bahía homónima hacia 1520, y en especial en el siglo XVIII, cuando debió enfrentar, en su tercer estadio de evolución, las dificultades excepcionales que suponía quebrar, mediante el doblamiento de su espacio colindante, de más fácil acceso natural, las prohibiciones para la urbanización de la denominada zona de extramuros.2

Otro de los aspectos de interés de este apasionante libro es el estudio de la composición social de la población de aquellos siglos. Con los datos obtenidos de las Actas Parroquiales, del cotejo de las informaciones del padrón y del censo con dichas actas, sale a la luz una información que, de por sí, es de una imantación extraordinaria para cualquier estudioso de estos años, en especial del siglo XVIII. Todo esto con el criterio de que dicha muestra encierra sus propias limitaciones porque puede no estar completa, pero las posibles exclusiones dejan abiertas compuertas para cualquier otro investigador. No obstante, con los datos obtenidos Sorhegui arriba a conclusiones tan contundentes como la que cito a continuación: "Las transformaciones que hacia el último tercio del XVIII originaron en Occidente el surgimiento de una economía de plantación, con la consecuente entrada masiva de negros esclavos, tienen clara reproducción en extramuros en sus expresiones urbanas".3

Cuando el historiador de la literatura cubana del siglo se sumerge en este periodo colonial, no puede pasar por alto esta composición social y mucho menos las consecuencias de la economía de plantación. Estos factores van a constituir elementos imprescindibles para comprender ese “tránsito” de un siglo a otro y, las peculiaridades de nuestro romanticismo, cuando no para explicar una novela como Antonelli, de José Antonio Echeverría, como uno de nuestros primeros intentos de novela histórica y romántica. El siglo XIX, indeleblemente marcado por el Romanticismo —y también por las frustraciones que fueron secuela de la Revolución francesa— puso en un primer plano, en todo el mundo euro-occidental, la necesidad de construir la historia de las naciones y sus procesos. Fue un eje, a la vez estético e ideológico, del movimiento romántico. Por eso algunos de nuestros primeros novelistas voltearon sus cabezas hacia un pasado que, si no estaba construido urgía emprender su edificación. Y es que, en ocasiones la ficción se adelanta en mucho a la historia.

Otros temas como el surgimiento de una “aristocracia” colonial en el occidente de Cuba desde la temprana fecha del siglo XVI es recogido en este libro. Allí quedamos advertidos como lectores de que respecto de las centurias anteriores al XIX hay todavía mucha tela por donde cortar desde el punto de vista de la historiografía. Y tal afirmación queda demostrada cuando se nos demuestra la aparición, desde el siglo XVI, de los llamados “señores del hato”. Ellos fueron el embrión de la aristocracia criolla, incluso, lo que es más: ya ellos son una aristocracia que reproduce patrones de la España peninsular. Ellos son una mezcla de encomenderos, velazquistas y funcionarios de la Corona en la Isla que no solo darán lugar a esa aristocracia colonial sino que, marcarán esa rara simbiosis de la sociedad cubana a lo largo de los siglos. Porque para entender los procesos históricos de Cuba, jamás podrá perder el investigador su capacidad de asombro.

Todo esto le permite al ensayista develar algunas de las razones por las cuales los historiadores del siglo XIX quisieron minimizar la importancia que los primeros pobladores, al parecer, carentes del linaje deseado por los decimonónicos, no fueron tenidos en cuenta. Esto es una actitud meramente romántica. Había que construirse un pasado heroico y ese pasado heroico no podía haber sido edificado por criadores de puercos enriquecidos por su comercio o saqueadores y Adelantados de otras tierras además de la nuestra. Por tanto la reconstrucción de ese pasado lastró en mucho la visión exacta que sobre él se ha tenido hasta hoy. Pero esa fue solo una posición dominante entre muchas otras diversas que aparecieron después.

No se puede continuar trabajando una historia dogmática y prefabricada, sino que es hora ya de comenzar a pensar en la diversidad de los discursos históricos donde la Historia con mayúsculas, supuestamente unívoca y absoluta, tiende a desaparecer. Una renovación historiográfica es imprescindible, no por capricho de este o aquel, sino porque los procesos sociales son demasiado ricos para encerrarlos en cláusulas, conceptos y meras relaciones de causas y efectos.

Creo que en gran medida este libro de Sorhegui desbroza ese camino. Ya lo han hecho otros, cubanos o no, como es el caso de e textos como El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals o Cuando reinaba su majestad el azúcar, del norteamericano Roland T. Eli.

La Habana en el Mediterráneo americano, invita una nueva reflexión acerca de la ciudad cubana, su historia y los muchos rostros que la conforman. Rostros que acabaron por dar una fisonomía propia y por tanto muy peculiar a nuestro pasado que emerge como una inquietante cámara de ecos para invitarnos a escuchar y pensar en esos discursos plurales, porque desde otra óptica, es imposible comprender nuestras historias.

Notas

1 Michel Foucault: “De los espacios otros”. Conferencia dictada en el ciclo de estudios de arquitectura, 14 de marzo de 1967, publicada en Architecture Mouvement, Continité, n.5, octubre de 1984, p.5.
2 Arturo Sorhegui D´Mares: La Habana en el Mediterráneo americano, Ediciones IMAGEN CONTEMPORANEA, Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, La Habana, 2007, p.6.
3 Ibídem, p. 42.